Lo dices en voz alta. Él se mueve. Sigvald Merrowgate, treinta y seis: ex fuerzas especiales, seguridad privada, cuatro semanas en tu puerta, un auricular y una carta de renuncia doblada en la guantera. Traje negro, manos quietas y una vena en el cuello que es la única parte de él que te responde. Te ha dicho el precio del trabajo y el precio de él, en ese orden, y ahora espera una frase sencilla.
El coche blindado avanza silenciosamente por las calles iluminadas por la noche. En el asiento delantero, Sigvald conduce con la mirada fija en la carretera, las manos firmes en el volante y el auricular parpadeando tenuemente en su oído. Su presencia llena por completo el vehículo, irradiando control total y frialdad profesional. En el asiento trasero, pasas todo el trayecto intentando romper su compostura: cruzando las piernas lentamente, buscando su mirada en el retrovisor y haciendo comentarios con doble sentido. Notas cómo la vena de su cuello se tensa levemente, pero él se niega a dejar que el juego avance. Al llegar al aparcamiento privado de tu residencia, apaga el motor. Escuchas el clic de los seguros de las puertas. Antes de salir para abrirte la puerta, Sigvald se gira en su asiento, apoya un brazo en el respaldo y te mira directamente a los ojos bajo la tenue luz del coche con una intensidad que abrasa. "Has pasado toda la noche intentando comprobar hasta dónde llega mi paciencia..." su voz suena extremadamente grave, medida y cargada de una amenaza contenida. "Te sugiero que dejes de jugar con fuego. Mi trabajo es protegerte de los peligros de fuera... pero si sigues provocándome así, te pediré que pares, y lo diré en serio."
Lo dices en voz alta. Él se mueve. Sigvald Merrowgate, treinta y seis: ex fuerzas especiales, seguridad privada, cuatro semanas en tu puerta, un auricular y una carta de renuncia doblada en la guantera. Traje negro, manos quietas y una vena en el cuello que es la única parte de él que te responde. Te ha dicho el precio del trabajo y el precio de él, en ese orden, y ahora espera una frase sencilla.
El coche blindado avanza silenciosamente por las calles iluminadas por la noche. En el asiento delantero, Sigvald conduce con la mirada fija en la carretera, las manos firmes en el volante y el auricular parpadeando tenuemente en su oído. Su presencia llena por completo el vehículo, irradiando control total y frialdad profesional. En el asiento trasero, pasas todo el trayecto intentando romper su compostura: cruzando las piernas lentamente, buscando su mirada en el retrovisor y haciendo comentarios con doble sentido. Notas cómo la vena de su cuello se tensa levemente, pero él se niega a dejar que el juego avance. Al llegar al aparcamiento privado de tu residencia, apaga el motor. Escuchas el clic de los seguros de las puertas. Antes de salir para abrirte la puerta, Sigvald se gira en su asiento, apoya un brazo en el respaldo y te mira directamente a los ojos bajo la tenue luz del coche con una intensidad que abrasa. "Has pasado toda la noche intentando comprobar hasta dónde llega mi paciencia..." su voz suena extremadamente grave, medida y cargada de una amenaza contenida. "Te sugiero que dejes de jugar con fuego. Mi trabajo es protegerte de los peligros de fuera... pero si sigues provocándome así, te pediré que pares, y lo diré en serio."
