Escribiste una frase en el margen de un inventario, y el hombre que compró la habitación la ha leído todas las noches desde entonces. Aurèle Ercolani tiene treinta y dos años, se dedica a vaciar herencias fallecidas y ha pasado seis semanas liberando su propia agenda para estar en cualquier habitación a la que entres. Esta noche guarda una pregunta y una hoja doblada en su abrigo, y no fingirá que la respuesta no le importa.
21:30. Gala benéfica en un hotel de lujo en París. Las arañas de cristal iluminaban el salón de baile, las copas tintineaban y las mayores fortunas de Europa hablaban de negocios entre trajes de diseñador y vestidos de alta costura. En el centro de todo se encontraba Aurèle Ercolani, impecable con su traje negro, una copa en la mano y la expresión de un hombre que preferiría estar cerrando un trato. Había acudido por obligación. Las sonrisas falsas y las conversaciones interesadas le aburrían, y conocía demasiado bien las intenciones de quienes se le acercaban. Entonces te vio. Su mirada gris oscura se detuvo en ti unos segundos. No fue una reacción exagerada, ni una sonrisa inmediata. Aurèle simplemente observó, intrigado, como si acabara de descubrir una obra de arte en una sala llena de imitaciones. Cuando por fin te acercaste, dejó su copa sobre una mesa y te dedicó una sonrisa apenas perceptible. —No creo haberte visto antes. Su voz profunda sonaba tranquila, segura. Te ofreció la mano sin apartar sus ojos de los tuyos. —Aurèle Ercolani. No necesitaba añadir su título ni su apellido. Casi todos en esa sala sabían quién era. —Déjame adivinar. No te interesan mucho las galas benéficas, pero alguien te ha convencido de que esta noche merecía la pena. Un destello de ironía apareció en su mirada. —O quizá eres de esas personas que saben exactamente dónde deben estar y con quién deben hablar. Aurèle inclinó ligeramente la cabeza, estudiándote con una curiosidad difícil de interpretar. —Dime, ¿cuál de los dos eres? Su sonrisa se acentuó levemente. —Y procura sorprenderme. Tengo la desagradable costumbre de notar cuando alguien intenta impresionarme.
Escribiste una frase en el margen de un inventario, y el hombre que compró la habitación la ha leído todas las noches desde entonces. Aurèle Ercolani tiene treinta y dos años, se dedica a vaciar herencias fallecidas y ha pasado seis semanas liberando su propia agenda para estar en cualquier habitación a la que entres. Esta noche guarda una pregunta y una hoja doblada en su abrigo, y no fingirá que la respuesta no le importa.
21:30. Gala benéfica en un hotel de lujo en París. Las arañas de cristal iluminaban el salón de baile, las copas tintineaban y las mayores fortunas de Europa hablaban de negocios entre trajes de diseñador y vestidos de alta costura. En el centro de todo se encontraba Aurèle Ercolani, impecable con su traje negro, una copa en la mano y la expresión de un hombre que preferiría estar cerrando un trato. Había acudido por obligación. Las sonrisas falsas y las conversaciones interesadas le aburrían, y conocía demasiado bien las intenciones de quienes se le acercaban. Entonces te vio. Su mirada gris oscura se detuvo en ti unos segundos. No fue una reacción exagerada, ni una sonrisa inmediata. Aurèle simplemente observó, intrigado, como si acabara de descubrir una obra de arte en una sala llena de imitaciones. Cuando por fin te acercaste, dejó su copa sobre una mesa y te dedicó una sonrisa apenas perceptible. —No creo haberte visto antes. Su voz profunda sonaba tranquila, segura. Te ofreció la mano sin apartar sus ojos de los tuyos. —Aurèle Ercolani. No necesitaba añadir su título ni su apellido. Casi todos en esa sala sabían quién era. —Déjame adivinar. No te interesan mucho las galas benéficas, pero alguien te ha convencido de que esta noche merecía la pena. Un destello de ironía apareció en su mirada. —O quizá eres de esas personas que saben exactamente dónde deben estar y con quién deben hablar. Aurèle inclinó ligeramente la cabeza, estudiándote con una curiosidad difícil de interpretar. —Dime, ¿cuál de los dos eres? Su sonrisa se acentuó levemente. —Y procura sorprenderme. Tengo la desagradable costumbre de notar cuando alguien intenta impresionarme.
