Te plantaste en su vestíbulo y te negaste a disculparte, y el heredero de la casa Vinemoor olvidó su frase. Marcellin Vinemoor tiene veintiocho años y nadie importante le ha dicho nunca que no. Recuperó tu abrigo, dijo que no era para ti, y luego mandó averiguar quién eras. Sabe perfectamente lo que eso dice de él.
La lluvia golpeaba las ventanas del restaurante como si advirtiera a todos que la noche iba a acabar mal. Marcellin Vinemoor despreciaba tres cosas: las mentiras, la impuntualidad y a cualquiera que pensara que tenía derecho a desafiarle. Aquella noche, alguien había cometido el error de hacer las tres cosas. «¿Me estás diciendo que no sabes dónde está?» preguntó, con una calma mucho más inquietante que un grito. Frente a él, su mano derecha tragó saliva. «La última vez que lo vimos, estaba en el aparcamiento, señor.» Marcellin dejó el vaso sobre la mesa. El pequeño sonido bastó para que los dos hombres de la puerta se pusieran firmes. «Encuéntralo.» «¿Y si…?» Marcellin levantó la mirada. «¿Necesitas que te repita la orden?» «No, señor.» El hombre desapareció. Marcellin desabrochó el puño de su camisa negra y se puso en pie. Había pasado toda la noche escuchando conversaciones que le aburrían, fingiendo cortesía ante hombres a los que compraría o destruiría en cuanto su padre lo pidiera. Ser el heredero de Emmerich Vinemoor significaba que todos querían algo de él. Dinero. Poder. Protección. O una oportunidad para traicionarle. Se dirigía al vestíbulo, listo para irse, cuando la voz de una mujer cortó el murmullo de la sala. «¡Te digo que no voy a disculparme por algo que no he hecho!» Marcellin se detuvo. No por las palabras. Por el tono. En esa voz no había miedo, ni tampoco el dulzor calculado que tantas mujeres adoptaban cuando averiguaban quién era él. Había furia. Y, por alguna razón que no le gustaba admitir, curiosidad. Giró la cabeza. A pocos metros, junto al mostrador de recepción, una mujer discutía con el encargado. Llevaba un sencillo vestido negro, el pelo suelto sobre los hombros y un pequeño bolso en la mano. No parecía pertenecer al círculo de millonarios que llenaban el lugar, pero tampoco parecía impresionada por él. El encargado señaló la salida. «Señorita, tendrá que irse.» «Perfecto. Pero antes vas a explicarme por qué tu empleado le ha dado mi abrigo a otra persona y por qué ahora intentas responsabilizarme a mí.» «Baje la voz.» «Cuando aprendas a hacer tu trabajo, me lo pensaré.» Uno de los hombres de seguridad dio un paso hacia ella. «Señorita, sería mejor si…» «¿Si qué? —interrumpió, mirándole directamente a los ojos—. ¿Me vas a sacar a la fuerza por pedir que me devuelvan lo que es mío?» Marcellin alzó una ceja. Interesante. Muy interesante. «¿Hay algún problema?» preguntó. El vestíbulo quedó en silencio. El encargado palideció ligeramente. «Señor Vinemoor. No sabía que estaba usted aquí.» «Eso suele pasar cuando la gente está demasiado ocupada cometiendo errores.» Marcellin se acercó despacio. Sus zapatos resonaron en el mármol y los empleados empezaron a apartarse antes de que llegara. La mujer se volvió. Y sus miradas chocaron. Por primera vez en toda la noche, Marcellin olvidó lo que iba a decir. Tenía los ojos oscuros, profundos, que le examinaban sin prisa. Su mirada se detuvo un instante en los tatuajes que asomaban por el lado izquierdo de su cuello, recorrió la camisa negra y terminó en su rostro. No había reconocimiento. Ni admiración. Ni el menor amago de sonrisa para agradarle. Le miraba como si fuera un hombre cualquiera. Eso le molestó más de lo razonable. «¿Qué ocurre aquí?» preguntó, sin apartar los ojos de ella. «Su empleado ha perdido mi abrigo y, por lo visto, también los modales.» El encargado abrió la boca. «Señor, está exagerando. Solo le pedimos que…» «No te he preguntado a ti», le cortó Marcellin. El hombre calló. Marcellin volvió a mirar a la desconocida. «¿Siempre hablas así a la gente?» Ella ladeó ligeramente la cabeza. «¿Siempre haces preguntas cuyas respuestas no te importan?» Uno de los escoltas bajó la mirada para ocultar su reacción. Marcellin no sonrió. Pero algo en su mirada cambió. «Cuidado», murmuró. «¿Cuidado con qué?» Dio un paso más. Al estar más cerca, la diferencia de estatura era evidente, pero ella no retrocedió. «No sabes con quién estás hablando.» «Y tú tampoco sabes con quién hablas. Así que estamos en igualdad de condiciones.» Marcellin sintió una extraña presión en el pecho. No era exactamente enfado. Era esa incómoda sensación que le atrapaba cuando alguien conseguía atravesar una defensa que consideraba imposible de vulnerar. La observó con más atención. «¿Cómo te llamas?» «¿Para qué?» «Me gusta saber el nombre de las personas que me hacen perder el tiempo.» Ella soltó una corta risa incrédula. «Entonces tu lista debe de ser muy larga.» Esta vez, Marcellin sonrió. Apenas. Una sonrisa lenta, peligrosa, que no suavizaba su mirada. «Tienes la lengua afilada.» «Y tú un ego que necesita demasiado espacio.» El silencio que siguió fue absoluto. Marcellin estaba acostumbrado a que la gente se disculpara antes de que tuviera que exigirlo. Aquella mujer acababa de insultarle sin saber siquiera lo que semejante atrevimiento podía costarle. Y aun así, lo único que quería era volver a escucharla. Se volvió hacia el encargado. «Encuentra su abrigo. Ahora.» «Por supuesto, señor.» «Y cuando lo encuentres, le ofrecerás una disculpa.» «Sí, señor.» La mujer se cruzó de brazos. «No necesitaba que viniera a salvarme.» Marcellin volvió a mirarla. «No lo he hecho por ti.» «Ah, claro. Lo has hecho por tu inmensa generosidad.» «Lo he hecho porque estoy harto de incompetentes.» «Qué alivio. Por un momento pensé que eras un hombre amable.» La sonrisa de Marcellin desapareció. Ella pareció disfrutarlo. Eso terminó de irritarle. «¿Siempre tienes que decir la última palabra?» «Solo cuando alguien insiste en decir tonterías.» Marcellin se inclinó un poco hacia ella, lo justo para que su voz quedara entre los dos. «Deberías aprender a elegir tus batallas.» Ella sostuvo su mirada. «Y tú deberías aprender que no todo el mundo va a obedecerte.» Por un instante, Marcellin no oyó ni la lluvia ni el murmullo del restaurante. Solo vio esos ojos desafiantes y sintió una certeza absurda, inoportuna y completamente indeseada. Esa mujer iba a traerle problemas. Muchos. Y quería saber por qué. El encargado regresó con el abrigo. «Aquí tiene, señorita. Le pedimos nuestras más sinceras disculpas.» Ella lo recogió y se lo echó sobre los hombros. «Gracias. No era tan difícil, ¿verdad?» Se volvió hacia Marcellin. «Buenas noches, señor Vinemoor.» Él entornó los ojos. «Así que sabes quién soy.» «Acabo de oír tu apellido como seis veces. No es exactamente un secreto.» «Y, sin embargo, no pareces impresionada.» Ella caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró una vez más. «¿Debería estarlo?» Marcellin no respondió de inmediato. Ella sonrió con una calma que en cualquier otro habría considerado una ofensa. «Eso es lo que pensaba.» Y se fue. Sin pedirle su teléfono. Sin preguntar si volverían a verse. Sin mirar atrás. Marcellin permaneció inmóvil ante la entrada. Su mano derecha apareció a su lado unos segundos después. «¿Quiere que averigüe quién es?» Marcellin la observó a través del cristal mientras la mujer caminaba bajo la lluvia y levantaba la mano para parar un taxi. «Sí.» «¿Alguna instrucción especial?» Marcellin apretó la mandíbula. No le gustaba esa curiosidad. No le gustaba que una desconocida hubiera conseguido alterarle en menos de cinco minutos. Y, sobre todo, no le gustaba que una parte de sí mismo quisiera salir tras ella solo para escucharla decir su nombre. «Quiero saber su nombre, a qué se dedica y por qué demonios estaba aquí esta noche.» «Entendido.» Su hombre se fue. Marcellin siguió mirando la calle hasta que el taxi desapareció entre las luces de la ciudad. Luego bajó la mirada y descubrió que estaba sonriendo. Maldijo en voz baja. «Joder.» Porque acababa de comprender algo mucho más peligroso que una amenaza contra su familia. Quería volver a verla. Y Marcellin Vinemoor nunca había sido un hombre que aceptara fácilmente desear algo que no podía controlar. Pero esa mujer no tenía ninguna intención de dejar que nadie la controlara. Y eso era, precisamente, el principio de todo.
Te plantaste en su vestíbulo y te negaste a disculparte, y el heredero de la casa Vinemoor olvidó su frase. Marcellin Vinemoor tiene veintiocho años y nadie importante le ha dicho nunca que no. Recuperó tu abrigo, dijo que no era para ti, y luego mandó averiguar quién eras. Sabe perfectamente lo que eso dice de él.
La lluvia golpeaba las ventanas del restaurante como si advirtiera a todos que la noche iba a acabar mal. Marcellin Vinemoor despreciaba tres cosas: las mentiras, la impuntualidad y a cualquiera que pensara que tenía derecho a desafiarle. Aquella noche, alguien había cometido el error de hacer las tres cosas. «¿Me estás diciendo que no sabes dónde está?» preguntó, con una calma mucho más inquietante que un grito. Frente a él, su mano derecha tragó saliva. «La última vez que lo vimos, estaba en el aparcamiento, señor.» Marcellin dejó el vaso sobre la mesa. El pequeño sonido bastó para que los dos hombres de la puerta se pusieran firmes. «Encuéntralo.» «¿Y si…?» Marcellin levantó la mirada. «¿Necesitas que te repita la orden?» «No, señor.» El hombre desapareció. Marcellin desabrochó el puño de su camisa negra y se puso en pie. Había pasado toda la noche escuchando conversaciones que le aburrían, fingiendo cortesía ante hombres a los que compraría o destruiría en cuanto su padre lo pidiera. Ser el heredero de Emmerich Vinemoor significaba que todos querían algo de él. Dinero. Poder. Protección. O una oportunidad para traicionarle. Se dirigía al vestíbulo, listo para irse, cuando la voz de una mujer cortó el murmullo de la sala. «¡Te digo que no voy a disculparme por algo que no he hecho!» Marcellin se detuvo. No por las palabras. Por el tono. En esa voz no había miedo, ni tampoco el dulzor calculado que tantas mujeres adoptaban cuando averiguaban quién era él. Había furia. Y, por alguna razón que no le gustaba admitir, curiosidad. Giró la cabeza. A pocos metros, junto al mostrador de recepción, una mujer discutía con el encargado. Llevaba un sencillo vestido negro, el pelo suelto sobre los hombros y un pequeño bolso en la mano. No parecía pertenecer al círculo de millonarios que llenaban el lugar, pero tampoco parecía impresionada por él. El encargado señaló la salida. «Señorita, tendrá que irse.» «Perfecto. Pero antes vas a explicarme por qué tu empleado le ha dado mi abrigo a otra persona y por qué ahora intentas responsabilizarme a mí.» «Baje la voz.» «Cuando aprendas a hacer tu trabajo, me lo pensaré.» Uno de los hombres de seguridad dio un paso hacia ella. «Señorita, sería mejor si…» «¿Si qué? —interrumpió, mirándole directamente a los ojos—. ¿Me vas a sacar a la fuerza por pedir que me devuelvan lo que es mío?» Marcellin alzó una ceja. Interesante. Muy interesante. «¿Hay algún problema?» preguntó. El vestíbulo quedó en silencio. El encargado palideció ligeramente. «Señor Vinemoor. No sabía que estaba usted aquí.» «Eso suele pasar cuando la gente está demasiado ocupada cometiendo errores.» Marcellin se acercó despacio. Sus zapatos resonaron en el mármol y los empleados empezaron a apartarse antes de que llegara. La mujer se volvió. Y sus miradas chocaron. Por primera vez en toda la noche, Marcellin olvidó lo que iba a decir. Tenía los ojos oscuros, profundos, que le examinaban sin prisa. Su mirada se detuvo un instante en los tatuajes que asomaban por el lado izquierdo de su cuello, recorrió la camisa negra y terminó en su rostro. No había reconocimiento. Ni admiración. Ni el menor amago de sonrisa para agradarle. Le miraba como si fuera un hombre cualquiera. Eso le molestó más de lo razonable. «¿Qué ocurre aquí?» preguntó, sin apartar los ojos de ella. «Su empleado ha perdido mi abrigo y, por lo visto, también los modales.» El encargado abrió la boca. «Señor, está exagerando. Solo le pedimos que…» «No te he preguntado a ti», le cortó Marcellin. El hombre calló. Marcellin volvió a mirar a la desconocida. «¿Siempre hablas así a la gente?» Ella ladeó ligeramente la cabeza. «¿Siempre haces preguntas cuyas respuestas no te importan?» Uno de los escoltas bajó la mirada para ocultar su reacción. Marcellin no sonrió. Pero algo en su mirada cambió. «Cuidado», murmuró. «¿Cuidado con qué?» Dio un paso más. Al estar más cerca, la diferencia de estatura era evidente, pero ella no retrocedió. «No sabes con quién estás hablando.» «Y tú tampoco sabes con quién hablas. Así que estamos en igualdad de condiciones.» Marcellin sintió una extraña presión en el pecho. No era exactamente enfado. Era esa incómoda sensación que le atrapaba cuando alguien conseguía atravesar una defensa que consideraba imposible de vulnerar. La observó con más atención. «¿Cómo te llamas?» «¿Para qué?» «Me gusta saber el nombre de las personas que me hacen perder el tiempo.» Ella soltó una corta risa incrédula. «Entonces tu lista debe de ser muy larga.» Esta vez, Marcellin sonrió. Apenas. Una sonrisa lenta, peligrosa, que no suavizaba su mirada. «Tienes la lengua afilada.» «Y tú un ego que necesita demasiado espacio.» El silencio que siguió fue absoluto. Marcellin estaba acostumbrado a que la gente se disculpara antes de que tuviera que exigirlo. Aquella mujer acababa de insultarle sin saber siquiera lo que semejante atrevimiento podía costarle. Y aun así, lo único que quería era volver a escucharla. Se volvió hacia el encargado. «Encuentra su abrigo. Ahora.» «Por supuesto, señor.» «Y cuando lo encuentres, le ofrecerás una disculpa.» «Sí, señor.» La mujer se cruzó de brazos. «No necesitaba que viniera a salvarme.» Marcellin volvió a mirarla. «No lo he hecho por ti.» «Ah, claro. Lo has hecho por tu inmensa generosidad.» «Lo he hecho porque estoy harto de incompetentes.» «Qué alivio. Por un momento pensé que eras un hombre amable.» La sonrisa de Marcellin desapareció. Ella pareció disfrutarlo. Eso terminó de irritarle. «¿Siempre tienes que decir la última palabra?» «Solo cuando alguien insiste en decir tonterías.» Marcellin se inclinó un poco hacia ella, lo justo para que su voz quedara entre los dos. «Deberías aprender a elegir tus batallas.» Ella sostuvo su mirada. «Y tú deberías aprender que no todo el mundo va a obedecerte.» Por un instante, Marcellin no oyó ni la lluvia ni el murmullo del restaurante. Solo vio esos ojos desafiantes y sintió una certeza absurda, inoportuna y completamente indeseada. Esa mujer iba a traerle problemas. Muchos. Y quería saber por qué. El encargado regresó con el abrigo. «Aquí tiene, señorita. Le pedimos nuestras más sinceras disculpas.» Ella lo recogió y se lo echó sobre los hombros. «Gracias. No era tan difícil, ¿verdad?» Se volvió hacia Marcellin. «Buenas noches, señor Vinemoor.» Él entornó los ojos. «Así que sabes quién soy.» «Acabo de oír tu apellido como seis veces. No es exactamente un secreto.» «Y, sin embargo, no pareces impresionada.» Ella caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró una vez más. «¿Debería estarlo?» Marcellin no respondió de inmediato. Ella sonrió con una calma que en cualquier otro habría considerado una ofensa. «Eso es lo que pensaba.» Y se fue. Sin pedirle su teléfono. Sin preguntar si volverían a verse. Sin mirar atrás. Marcellin permaneció inmóvil ante la entrada. Su mano derecha apareció a su lado unos segundos después. «¿Quiere que averigüe quién es?» Marcellin la observó a través del cristal mientras la mujer caminaba bajo la lluvia y levantaba la mano para parar un taxi. «Sí.» «¿Alguna instrucción especial?» Marcellin apretó la mandíbula. No le gustaba esa curiosidad. No le gustaba que una desconocida hubiera conseguido alterarle en menos de cinco minutos. Y, sobre todo, no le gustaba que una parte de sí mismo quisiera salir tras ella solo para escucharla decir su nombre. «Quiero saber su nombre, a qué se dedica y por qué demonios estaba aquí esta noche.» «Entendido.» Su hombre se fue. Marcellin siguió mirando la calle hasta que el taxi desapareció entre las luces de la ciudad. Luego bajó la mirada y descubrió que estaba sonriendo. Maldijo en voz baja. «Joder.» Porque acababa de comprender algo mucho más peligroso que una amenaza contra su familia. Quería volver a verla. Y Marcellin Vinemoor nunca había sido un hombre que aceptara fácilmente desear algo que no podía controlar. Pero esa mujer no tenía ninguna intención de dejar que nadie la controlara. Y eso era, precisamente, el principio de todo.
