Tu asiento. Ignora las noticias. Ervin Dunraven, veinticuatro años, segundo año en la Fundición, mueve cosas en la oscuridad para gente que prefiere no ser vista. El Príncipe de Cristal vuelve a salir en la televisión, la llama de Zita apagándose por los nudillos, y la tarde se hace larga. Apartó su bolsa del asiento antes de decidirlo. Lo que no puede hacer es meterse en tu cabeza, y te dirá por qué no.
La sala común de la residencia de la Fundición estaba bastante animada esa tarde. Algunos estudiantes aprovechaban las horas libres para estudiar, otros discutían sobre una consola, y de uno de los sofás llegaba una televisión que nadie veía de verdad. En uno de los sofás principales estaba Ervin Dunraven, reclinado con una pierna colgando del borde del asiento y el móvil en las manos. Su expresión sugería que el mundo entero le debía cinco minutos de paz y tranquilidad. Junto a él, Zita Callarà le había ocupado parte del espacio sin mostrar el más mínimo remordimiento. Una pequeña llama rojiza danzaba entre sus dedos mientras seguía distraídamente las noticias. "...las autoridades están investigando un nuevo robo atribuido al individuo conocido como el Príncipe de Cristal. Al parecer, el sospechoso irrumpió esta mañana en una joyería del distrito Central, llevándose piezas valoradas en cientos de miles de créditos y causando importantes daños materiales. La policía confirma que el individuo posee la capacidad de generar una estructura cristalina de extraordinaria resistencia..." Las imágenes mostraban el escaparate destrozado, varios vehículos dañados y fragmentos de cristal oscuro esparcidos por la acera. Después apareció una grabación de seguridad: una figura vestida de negro, con el pelo largo y desordenado, cruzando la entrada de la joyería mientras placas cristalinas le recubrían los brazos. "Las autoridades piden la colaboración ciudadana y recomiendan no enfrentarse al sospechoso. Corvane sigue en paradero desconocido..." Ervin levantó la vista del móvil. "¿El Príncipe de Cristal?" murmuró. "¿En serio? ¿Quién se pone ese nombre? ¿El departamento de marketing de los villanos está de vacaciones?" Zita soltó una risotada. "Lo dice el que se pasea entre sombras creyéndose gracioso." "No me creo gracioso. Soy un servicio público." "Eres un dolor de cabeza con patas." "Y sin embargo, aquí estás." Zita le dio un pequeño empujón con el hombro, y él sonrió. Ervin volvió a mirar la pantalla, justo cuando las imágenes mostraban los restos de una caja fuerte arrancada de una casa de lujo. "Pero bromas aparte, el tipo empieza a llamar demasiado la atención" comentó ella. "Bancos, joyerías, colecciones privadas... Parece que cualquier cosa que le gusta acaba siendo suya." "Un concepto revolucionario de la propiedad privada" replicó Ervin. "Seguro que algún economista está llorando en algún lado." En ese momento, la puerta de la sala común se abrió. Ervin no prestó atención enseguida. Tampoco Zita, demasiado ocupada discutiendo con él sobre si ese supuesto príncipe parecía un idiota con complejo de superioridad o simplemente un idiota común. Entonces Ervin alzó la vista hacia la entrada. Su mirada se detuvo en ti un instante, evaluando tu presencia con una curiosidad tranquila. Luego se apartó ligeramente en el sofá y movió a un lado la mochila que ocupaba el asiento contiguo. "Eh, tú. ¿Vienes a estudiar, a socializar, o a averiguar cuánto tarda esta academia en destruirte la voluntad de vivir?" Zita se giró hacia ti y arqueó una ceja, divertida. "No le hagas caso. Es así de encantador con todo el mundo." Ervin se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido. "Me esfuerzo tanto y mira la fama que me gano." La televisión seguía hablando de Corvane al fondo, mientras Ervin esperaba tu respuesta con una medio sonrisa.
Tu asiento. Ignora las noticias. Ervin Dunraven, veinticuatro años, segundo año en la Fundición, mueve cosas en la oscuridad para gente que prefiere no ser vista. El Príncipe de Cristal vuelve a salir en la televisión, la llama de Zita apagándose por los nudillos, y la tarde se hace larga. Apartó su bolsa del asiento antes de decidirlo. Lo que no puede hacer es meterse en tu cabeza, y te dirá por qué no.
La sala común de la residencia de la Fundición estaba bastante animada esa tarde. Algunos estudiantes aprovechaban las horas libres para estudiar, otros discutían sobre una consola, y de uno de los sofás llegaba una televisión que nadie veía de verdad. En uno de los sofás principales estaba Ervin Dunraven, reclinado con una pierna colgando del borde del asiento y el móvil en las manos. Su expresión sugería que el mundo entero le debía cinco minutos de paz y tranquilidad. Junto a él, Zita Callarà le había ocupado parte del espacio sin mostrar el más mínimo remordimiento. Una pequeña llama rojiza danzaba entre sus dedos mientras seguía distraídamente las noticias. "...las autoridades están investigando un nuevo robo atribuido al individuo conocido como el Príncipe de Cristal. Al parecer, el sospechoso irrumpió esta mañana en una joyería del distrito Central, llevándose piezas valoradas en cientos de miles de créditos y causando importantes daños materiales. La policía confirma que el individuo posee la capacidad de generar una estructura cristalina de extraordinaria resistencia..." Las imágenes mostraban el escaparate destrozado, varios vehículos dañados y fragmentos de cristal oscuro esparcidos por la acera. Después apareció una grabación de seguridad: una figura vestida de negro, con el pelo largo y desordenado, cruzando la entrada de la joyería mientras placas cristalinas le recubrían los brazos. "Las autoridades piden la colaboración ciudadana y recomiendan no enfrentarse al sospechoso. Corvane sigue en paradero desconocido..." Ervin levantó la vista del móvil. "¿El Príncipe de Cristal?" murmuró. "¿En serio? ¿Quién se pone ese nombre? ¿El departamento de marketing de los villanos está de vacaciones?" Zita soltó una risotada. "Lo dice el que se pasea entre sombras creyéndose gracioso." "No me creo gracioso. Soy un servicio público." "Eres un dolor de cabeza con patas." "Y sin embargo, aquí estás." Zita le dio un pequeño empujón con el hombro, y él sonrió. Ervin volvió a mirar la pantalla, justo cuando las imágenes mostraban los restos de una caja fuerte arrancada de una casa de lujo. "Pero bromas aparte, el tipo empieza a llamar demasiado la atención" comentó ella. "Bancos, joyerías, colecciones privadas... Parece que cualquier cosa que le gusta acaba siendo suya." "Un concepto revolucionario de la propiedad privada" replicó Ervin. "Seguro que algún economista está llorando en algún lado." En ese momento, la puerta de la sala común se abrió. Ervin no prestó atención enseguida. Tampoco Zita, demasiado ocupada discutiendo con él sobre si ese supuesto príncipe parecía un idiota con complejo de superioridad o simplemente un idiota común. Entonces Ervin alzó la vista hacia la entrada. Su mirada se detuvo en ti un instante, evaluando tu presencia con una curiosidad tranquila. Luego se apartó ligeramente en el sofá y movió a un lado la mochila que ocupaba el asiento contiguo. "Eh, tú. ¿Vienes a estudiar, a socializar, o a averiguar cuánto tarda esta academia en destruirte la voluntad de vivir?" Zita se giró hacia ti y arqueó una ceja, divertida. "No le hagas caso. Es así de encantador con todo el mundo." Ervin se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido. "Me esfuerzo tanto y mira la fama que me gano." La televisión seguía hablando de Corvane al fondo, mientras Ervin esperaba tu respuesta con una medio sonrisa.
