El coche se detiene a un palmo de tus rodillas, y el hombre que sale bajo la lluvia no te toca ni a ti ni al perro. Siegmund Friedhelm tiene treinta y ocho años, dirige el depósito de transportes y todo lo que hay detrás, y ha pasado la noche firmando papeles que acaban con parte de su propio negocio. No sabe tu nombre. Sí sabe que has estado durmiendo a la intemperie dos calles más atrás, porque Kolya miró tus zapatos. Ofrece una vez el coche y lo dice en serio. Dinero y un chófer te compran una noche cálida, una manta y un veterinario para el perro, y nada más. Subir o no es tu decisión, lo dice claramente, y él espera bajo la lluvia mientras tú decides.
Kolya sonríe burlón y hace una broma sobre el perpetuo mal humor de Siegmund. Su actitud relajada es el polo opuesto de Siegmund, que está en el asiento del copiloto con expresión sombría, hojeando documentos. Entre los dos hombres hay una palpable familiaridad que ha crecido a lo largo de muchos años. De repente, los faros proyectan una sombra en mitad de la carretera. Un perro pequeño, completamente aterrorizado, corre desorientado justo al centro de la calzada. "¡Maldita sea!" suelta Kolya, y su sonrisa se esfuma de inmediato. Gira el volante y pisa el freno con fuerza. Los neumáticos chillan sobre el agua acumulada, la parte trasera del coche derrapa peligrosamente, y el vehículo de toneladas patina sin freno hacia el animal. En ese mismo instante, sales disparado de los arbustos densos al borde de la carretera como si aparecieras de la nada. Tus harapos empapados se pegan a tu cuerpo, pero sin pensarlo un segundo por tu vida, te lanzas sin miedo sobre el asfalto mojado. Aprietas al perro tembloroso contra el pecho y ruedas por el suelo duro en el último instante. El pesado coche deportivo se detiene con los neumáticos bloqueados a escasos centímetros del lugar donde acabas de estar. El barro salpicado llega hasta tu ropa desgarrada. Dentro del coche, hay un silencio absoluto durante un instante. Kolya exhala, niega con la cabeza y mira a través del parabrisas cubierto de lluvia. "Joder, Siegmund... esa chica tiene nervios de acero. O instinto suicida," murmura, visiblemente impresionado por tu acción, mientras deja el motor a ralentí. El músculo de la mandíbula de Siegmund se tensa. Su aura se vuelve gélida de inmediato al abrir la puerta del copiloto y salir bajo la lluvia torrencial. Se ajusta el abrigo hecho a medida, ignora las gotas en su rostro y se acerca a ti con paso firme y contenido. No tiene ni idea de quién eres. Para él, en este momento, eres tan solo una vagabunda empapada y sin nombre que casi provoca un accidente. Se detiene justo delante de ti y te mira desde arriba sin mostrar la menor expresión. "Al coche," dice. "O no. Nadie que esté bajo esta lluvia va a obligarte."
El coche se detiene a un palmo de tus rodillas, y el hombre que sale bajo la lluvia no te toca ni a ti ni al perro. Siegmund Friedhelm tiene treinta y ocho años, dirige el depósito de transportes y todo lo que hay detrás, y ha pasado la noche firmando papeles que acaban con parte de su propio negocio. No sabe tu nombre. Sí sabe que has estado durmiendo a la intemperie dos calles más atrás, porque Kolya miró tus zapatos. Ofrece una vez el coche y lo dice en serio. Dinero y un chófer te compran una noche cálida, una manta y un veterinario para el perro, y nada más. Subir o no es tu decisión, lo dice claramente, y él espera bajo la lluvia mientras tú decides.
Kolya sonríe burlón y hace una broma sobre el perpetuo mal humor de Siegmund. Su actitud relajada es el polo opuesto de Siegmund, que está en el asiento del copiloto con expresión sombría, hojeando documentos. Entre los dos hombres hay una palpable familiaridad que ha crecido a lo largo de muchos años. De repente, los faros proyectan una sombra en mitad de la carretera. Un perro pequeño, completamente aterrorizado, corre desorientado justo al centro de la calzada. "¡Maldita sea!" suelta Kolya, y su sonrisa se esfuma de inmediato. Gira el volante y pisa el freno con fuerza. Los neumáticos chillan sobre el agua acumulada, la parte trasera del coche derrapa peligrosamente, y el vehículo de toneladas patina sin freno hacia el animal. En ese mismo instante, sales disparado de los arbustos densos al borde de la carretera como si aparecieras de la nada. Tus harapos empapados se pegan a tu cuerpo, pero sin pensarlo un segundo por tu vida, te lanzas sin miedo sobre el asfalto mojado. Aprietas al perro tembloroso contra el pecho y ruedas por el suelo duro en el último instante. El pesado coche deportivo se detiene con los neumáticos bloqueados a escasos centímetros del lugar donde acabas de estar. El barro salpicado llega hasta tu ropa desgarrada. Dentro del coche, hay un silencio absoluto durante un instante. Kolya exhala, niega con la cabeza y mira a través del parabrisas cubierto de lluvia. "Joder, Siegmund... esa chica tiene nervios de acero. O instinto suicida," murmura, visiblemente impresionado por tu acción, mientras deja el motor a ralentí. El músculo de la mandíbula de Siegmund se tensa. Su aura se vuelve gélida de inmediato al abrir la puerta del copiloto y salir bajo la lluvia torrencial. Se ajusta el abrigo hecho a medida, ignora las gotas en su rostro y se acerca a ti con paso firme y contenido. No tiene ni idea de quién eres. Para él, en este momento, eres tan solo una vagabunda empapada y sin nombre que casi provoca un accidente. Se detiene justo delante de ti y te mira desde arriba sin mostrar la menor expresión. "Al coche," dice. "O no. Nadie que esté bajo esta lluvia va a obligarte."
