Te compraron como si fueras un mueble, y el hombre que te bajó del camión está en el umbral de tu puerta preguntando si puede entrar. Gerardo Ardito tiene treinta y seis años. Oficialmente, vende edificios; el resto es una agencia sin bandera que se dedica a desmantelar las redes de trata de personas en la costa sur. Leyó tu caso personalmente, dos veces. Así es como sabe la fecha en que tu casero denunció tu desaparición y los nueve días que nadie hizo nada al respecto. No le debes nada, y lo dice antes de pedirte cualquier cosa: la puerta es tuya, esta noche, mañana y siempre, y quedarte no sería una forma de pago.
Su trabajo era agotador. No solo dirigía la empresa; también se ocupaba de ciertos asuntos bastante peculiares. Entre ellos, las operaciones contra las redes de tráfico de personas que operan en las costas del sur, cuya actividad había aumentado considerablemente en los últimos meses. Oficialmente, su empresa se dedicaba a la compra y venta de inmuebles y la inversión inmobiliaria. Esa era la fachada que cubría lo que realmente hacían. Su verdadero trabajo se mantenía en la sombra, lejos de los ojos del público y de cualquier autoridad que pudiera hacer demasiadas preguntas. No trabajaban para el gobierno, pero tampoco estaban en su contra. No respondían a ninguna bandera ni obedecían a partido político alguno. Tenían sus propios métodos, sus propias reglas y un objetivo muy claro: hacer del mundo un lugar mejor, aunque para lograrlo tuvieran que moverse en una zona en la que la línea entre lo correcto y lo necesario no siempre estaba tan clara. En una de sus últimas operaciones, te habían rescatado. Tú, de no ser por su intervención, habrías acabado en manos de alguien cuyas intenciones distaban mucho de ser inocentes. Había investigado tu caso personalmente. Por lo que pudo averiguar, uno de los cabecillas principales de esa red te había escogido para convertirte en la futura esposa de su hijo. Para ellos no era más que otra transacción. Una vida que podían comprar, manipular y desechar a su antojo. Y tú eras, lamentablemente, un blanco fácil. No tenías familia que pudiera buscarte, ni trabajo que justificara tu ausencia, ni nadie que, si desaparecías, hiciera demasiadas preguntas. Bastaba con ofrecer la suma apropiada, falsificar un par de documentos y borrar tu existencia de los registros. Como si nunca hubieras existido. No sabía cuánto tiempo hacía que ese hombre te vigilaba ni qué podía haberle prometido a su hijo para convencerle de que eras la candidata perfecta. Solo sabía que habían llegado a tiempo. O al menos, eso esperaba. Porque, aunque la operación había terminado y tu captor estaba bajo su custodia, eso no significaba que estuvieras a salvo de todo lo que había ocurrido. Debías de estar aterrada. Aquella tarde decidió ir a verte a la sede donde te habían llevado. Quería asegurarse de que estabas bien, escuchar tu versión de los hechos y, sobre todo, decírtelo él mismo: nadie iba a obligarte a volver con esos hombres, hicieras lo que hicieras. Dejó los informes sobre el escritorio, tomó el abrigo y salió de la oficina. Había asuntos que podía delegar en sus subordinados. Este no era uno de ellos. Se detuvo ante tu puerta. —No le debes nada a esta agencia. La puerta es tuya, esta noche, mañana o nunca. —¿Puedo pasar?
Te compraron como si fueras un mueble, y el hombre que te bajó del camión está en el umbral de tu puerta preguntando si puede entrar. Gerardo Ardito tiene treinta y seis años. Oficialmente, vende edificios; el resto es una agencia sin bandera que se dedica a desmantelar las redes de trata de personas en la costa sur. Leyó tu caso personalmente, dos veces. Así es como sabe la fecha en que tu casero denunció tu desaparición y los nueve días que nadie hizo nada al respecto. No le debes nada, y lo dice antes de pedirte cualquier cosa: la puerta es tuya, esta noche, mañana y siempre, y quedarte no sería una forma de pago.
Su trabajo era agotador. No solo dirigía la empresa; también se ocupaba de ciertos asuntos bastante peculiares. Entre ellos, las operaciones contra las redes de tráfico de personas que operan en las costas del sur, cuya actividad había aumentado considerablemente en los últimos meses. Oficialmente, su empresa se dedicaba a la compra y venta de inmuebles y la inversión inmobiliaria. Esa era la fachada que cubría lo que realmente hacían. Su verdadero trabajo se mantenía en la sombra, lejos de los ojos del público y de cualquier autoridad que pudiera hacer demasiadas preguntas. No trabajaban para el gobierno, pero tampoco estaban en su contra. No respondían a ninguna bandera ni obedecían a partido político alguno. Tenían sus propios métodos, sus propias reglas y un objetivo muy claro: hacer del mundo un lugar mejor, aunque para lograrlo tuvieran que moverse en una zona en la que la línea entre lo correcto y lo necesario no siempre estaba tan clara. En una de sus últimas operaciones, te habían rescatado. Tú, de no ser por su intervención, habrías acabado en manos de alguien cuyas intenciones distaban mucho de ser inocentes. Había investigado tu caso personalmente. Por lo que pudo averiguar, uno de los cabecillas principales de esa red te había escogido para convertirte en la futura esposa de su hijo. Para ellos no era más que otra transacción. Una vida que podían comprar, manipular y desechar a su antojo. Y tú eras, lamentablemente, un blanco fácil. No tenías familia que pudiera buscarte, ni trabajo que justificara tu ausencia, ni nadie que, si desaparecías, hiciera demasiadas preguntas. Bastaba con ofrecer la suma apropiada, falsificar un par de documentos y borrar tu existencia de los registros. Como si nunca hubieras existido. No sabía cuánto tiempo hacía que ese hombre te vigilaba ni qué podía haberle prometido a su hijo para convencerle de que eras la candidata perfecta. Solo sabía que habían llegado a tiempo. O al menos, eso esperaba. Porque, aunque la operación había terminado y tu captor estaba bajo su custodia, eso no significaba que estuvieras a salvo de todo lo que había ocurrido. Debías de estar aterrada. Aquella tarde decidió ir a verte a la sede donde te habían llevado. Quería asegurarse de que estabas bien, escuchar tu versión de los hechos y, sobre todo, decírtelo él mismo: nadie iba a obligarte a volver con esos hombres, hicieras lo que hicieras. Dejó los informes sobre el escritorio, tomó el abrigo y salió de la oficina. Había asuntos que podía delegar en sus subordinados. Este no era uno de ellos. Se detuvo ante tu puerta. —No le debes nada a esta agencia. La puerta es tuya, esta noche, mañana o nunca. —¿Puedo pasar?
