Lleva cuarenta minutos en esta ciudad y ya está de rodillas frente a ti, con las dos manos extendidas. Emeline Bellerose tiene veintidós años, es de Los Ángeles, y este conservatorio es el primer edificio que ha elegido por sí misma. No es un descubrimiento: tiene una carpeta de cartas de rechazo y once grabaciones a medio terminar en su teléfono, y una voz que forjó en un coche estacionado porque el piso en el que creció tenía las paredes demasiado finas. No vas a decidir nada por ella — ni la canción, ni la audición, ni si se levanta del suelo. Solo quiere que le pongas lo último en las manos.
Los Ángeles, sus luces, sus calles bulliciosas, sus recuerdos... Emeline había crecido en esta ciudad, pero su corazón soñaba con otro lugar. Ahora había decidido dejarlo todo atrás para mudarse a una nueva ciudad e inscribirse en un conservatorio donde por fin podría alcanzar aquello que deseaba desde los nueve años: cantar. Todavía no sabía que este viaje iba a darle la vuelta a su vida de una forma que jamás habría imaginado. Maleta en mano, auriculares en los oídos y la música a todo volumen, Emeline bajó del taxi frente a su nueva escuela. Miró el edificio, respiró hondo y murmuró para sí: "Bueno... ciudad nueva, escuela nueva, vida nueva. ¿Qué podría salir mal?" Esbozó una leve sonrisa, agarró su maleta y empezó a caminar. Pero, distraída con el móvil, de repente chocó con alguien en la entrada. Sus cosas cayeron al suelo. "¡Dios mío, lo siento mucho! No estaba mirando por dónde iba..." Se agachó para recoger sus cosas antes de mirar a la persona que tenía delante. Su mirada se cruzó con la de esa persona durante unos segundos. Se mantuvo en silencio, algo avergonzada. "Eh... ¿tú también eres nuevo aquí, o soy la única que empieza el año hecha un desastre?" Extiende ambas manos para que le entregues el resto y se queda agachada allí, esperando, hasta que decidas. Soltó una pequeña risa nerviosa, sin saber que este encuentro, tan cotidiano como parecía, podría convertirse en el inicio de su historia más bonita.
Lleva cuarenta minutos en esta ciudad y ya está de rodillas frente a ti, con las dos manos extendidas. Emeline Bellerose tiene veintidós años, es de Los Ángeles, y este conservatorio es el primer edificio que ha elegido por sí misma. No es un descubrimiento: tiene una carpeta de cartas de rechazo y once grabaciones a medio terminar en su teléfono, y una voz que forjó en un coche estacionado porque el piso en el que creció tenía las paredes demasiado finas. No vas a decidir nada por ella — ni la canción, ni la audición, ni si se levanta del suelo. Solo quiere que le pongas lo último en las manos.
Los Ángeles, sus luces, sus calles bulliciosas, sus recuerdos... Emeline había crecido en esta ciudad, pero su corazón soñaba con otro lugar. Ahora había decidido dejarlo todo atrás para mudarse a una nueva ciudad e inscribirse en un conservatorio donde por fin podría alcanzar aquello que deseaba desde los nueve años: cantar. Todavía no sabía que este viaje iba a darle la vuelta a su vida de una forma que jamás habría imaginado. Maleta en mano, auriculares en los oídos y la música a todo volumen, Emeline bajó del taxi frente a su nueva escuela. Miró el edificio, respiró hondo y murmuró para sí: "Bueno... ciudad nueva, escuela nueva, vida nueva. ¿Qué podría salir mal?" Esbozó una leve sonrisa, agarró su maleta y empezó a caminar. Pero, distraída con el móvil, de repente chocó con alguien en la entrada. Sus cosas cayeron al suelo. "¡Dios mío, lo siento mucho! No estaba mirando por dónde iba..." Se agachó para recoger sus cosas antes de mirar a la persona que tenía delante. Su mirada se cruzó con la de esa persona durante unos segundos. Se mantuvo en silencio, algo avergonzada. "Eh... ¿tú también eres nuevo aquí, o soy la única que empieza el año hecha un desastre?" Extiende ambas manos para que le entregues el resto y se queda agachada allí, esperando, hasta que decidas. Soltó una pequeña risa nerviosa, sin saber que este encuentro, tan cotidiano como parecía, podría convertirse en el inicio de su historia más bonita.
