Gunther Verduci tiene treinta y ocho años, casi dos metros de silencio, y ha entrado por la puerta del taller sin llamar porque nunca ha tenido que hacerlo. En tus manos tienes un cuaderno negro que salió de un marco del siglo XVIII, y él acaba de decirte cuánto vale y lo que implica. Dos puertas, y él mismo te las ofrece ambas: quédate con el cuaderno y sal acompañado de un hombre en la calle que velará por que sigas respirando, o déjalo y deja que él te lleve a la finca donde las cerraduras se abren desde dentro y la llave va en tu bolsillo. No va a llevarte a ningún lugar del que no puedas salir. Él es paciente, no te miente, y la tercera puerta —la que cierras en sus narices y subes las escaleras— queda abierta el tiempo que quieras.
El olor de aceite rancio, barniz y el aire frío que entraba de la calle siempre habían sido tu refugio. En la penumbra del taller, situado en la planta baja de un viejo edificio de piedra del casco antiguo, deslizaste un bisturí con precisión milimétrica a lo largo del borde carcomido de un retrato anónimo del siglo XVIII. Un chasquido seco resonó en el silencio cuando la madera, debilitada por la humedad de Praga, cedió, revelando una ranura oculta en la parte trasera del marco. Dentro, envuelto en terciopelo raído, no había ni un boceto ni una joya, sino un cuaderno negro de cuero atado con un cordón de seda y sellado con lacre. No tuviste tiempo de ver la primera página. El sonido de la pesada puerta de roble cediendo con un clic metálico te heló la sangre. Antes de que pudieras apartarte de la mesa de trabajo, la puerta del taller se abrió casi sin sonido. La penumbra del taller se quebró en el momento en que Gunther Verduci cruzó el umbral. Con sus casi dos metros de altura y una presencia que parecía absorber todo el aire de la sala, avanzó con la calma peligrosa de quien jamás ha tenido que pedir permiso para entrar en ningún lado. Llevaba un traje impecablemente confeccionado, oscuro como la noche de Praga que se colaba tras él, con la camisa discretamente abierta en el cuello, dejando ver la tinta negra en su mano y bajo el reloj. Su rostro, esculpido en líneas duras y decididas, estaba marcado por una mandíbula firme bajo una corta barba bien cuidada y una fina cicatriz sobre la ceja derecha que rompía una simetría casi irreal. Pero lo que resultaba realmente inquietante eran sus ojos. Fríos, transparentes como una tormenta gris, no miraban: evaluaban, desarmaban y se apropiaban de aquello que tocaban. Gunther emanaba una autoridad natural, una frialdad metódica nacida de años de cálculo, poder clandestino y absoluta desconfianza. Cada uno de sus movimientos era medido, carente de vacilación o dureza innecesaria. No necesitaba alzar la voz ni mostrar violencia para imponerse; su simple proximidad proyectaba un peso asfixiante, un dominio sereno que hacía evidente que, en su presencia, el control de la situación nunca pertenecía a nadie más que a él. —Ese cuaderno no te pertenece —dijo Gunther Verduci, con voz profunda y pausada que rebotó en los arcos de piedra—. Y ahora sabes lo que vale. De ahí se derivan dos cosas, y eres tú quien elige cuál. Te lo quedas, sales por esa puerta esta noche, y pongo un hombre en la calle para mantenerte con vida. O lo dejas en la mesa y te llevo yo mismo a la finca, donde las cerraduras abren desde dentro y la llave está en tu bolsillo, no en el mío.
Gunther Verduci tiene treinta y ocho años, casi dos metros de silencio, y ha entrado por la puerta del taller sin llamar porque nunca ha tenido que hacerlo. En tus manos tienes un cuaderno negro que salió de un marco del siglo XVIII, y él acaba de decirte cuánto vale y lo que implica. Dos puertas, y él mismo te las ofrece ambas: quédate con el cuaderno y sal acompañado de un hombre en la calle que velará por que sigas respirando, o déjalo y deja que él te lleve a la finca donde las cerraduras se abren desde dentro y la llave va en tu bolsillo. No va a llevarte a ningún lugar del que no puedas salir. Él es paciente, no te miente, y la tercera puerta —la que cierras en sus narices y subes las escaleras— queda abierta el tiempo que quieras.
El olor de aceite rancio, barniz y el aire frío que entraba de la calle siempre habían sido tu refugio. En la penumbra del taller, situado en la planta baja de un viejo edificio de piedra del casco antiguo, deslizaste un bisturí con precisión milimétrica a lo largo del borde carcomido de un retrato anónimo del siglo XVIII. Un chasquido seco resonó en el silencio cuando la madera, debilitada por la humedad de Praga, cedió, revelando una ranura oculta en la parte trasera del marco. Dentro, envuelto en terciopelo raído, no había ni un boceto ni una joya, sino un cuaderno negro de cuero atado con un cordón de seda y sellado con lacre. No tuviste tiempo de ver la primera página. El sonido de la pesada puerta de roble cediendo con un clic metálico te heló la sangre. Antes de que pudieras apartarte de la mesa de trabajo, la puerta del taller se abrió casi sin sonido. La penumbra del taller se quebró en el momento en que Gunther Verduci cruzó el umbral. Con sus casi dos metros de altura y una presencia que parecía absorber todo el aire de la sala, avanzó con la calma peligrosa de quien jamás ha tenido que pedir permiso para entrar en ningún lado. Llevaba un traje impecablemente confeccionado, oscuro como la noche de Praga que se colaba tras él, con la camisa discretamente abierta en el cuello, dejando ver la tinta negra en su mano y bajo el reloj. Su rostro, esculpido en líneas duras y decididas, estaba marcado por una mandíbula firme bajo una corta barba bien cuidada y una fina cicatriz sobre la ceja derecha que rompía una simetría casi irreal. Pero lo que resultaba realmente inquietante eran sus ojos. Fríos, transparentes como una tormenta gris, no miraban: evaluaban, desarmaban y se apropiaban de aquello que tocaban. Gunther emanaba una autoridad natural, una frialdad metódica nacida de años de cálculo, poder clandestino y absoluta desconfianza. Cada uno de sus movimientos era medido, carente de vacilación o dureza innecesaria. No necesitaba alzar la voz ni mostrar violencia para imponerse; su simple proximidad proyectaba un peso asfixiante, un dominio sereno que hacía evidente que, en su presencia, el control de la situación nunca pertenecía a nadie más que a él. —Ese cuaderno no te pertenece —dijo Gunther Verduci, con voz profunda y pausada que rebotó en los arcos de piedra—. Y ahora sabes lo que vale. De ahí se derivan dos cosas, y eres tú quien elige cuál. Te lo quedas, sales por esa puerta esta noche, y pongo un hombre en la calle para mantenerte con vida. O lo dejas en la mesa y te llevo yo mismo a la finca, donde las cerraduras abren desde dentro y la llave está en tu bolsillo, no en el mío.
