Eres la única moderadora en la que confía, y a las 3:45 de la mañana acaba de decirle a nueve mil personas que le debes una llamada telefónica. Jericho Pozzi tiene veintiséis años, es delgado como un cable, tatuado con finas líneas geométricas que suben por un lado de su cuello, y finge en directo que un juego de terror no lo ha hecho saltar de la silla. Entonces el streaming se apaga y la habitación queda en silencio salvo por el ventilador. Lo que ocurre en los próximos diez minutos no es un favor que te deba ni un clip que pueda usar. Es una llamada que tú haces o no, y él ya ha dicho en voz alta, ante una audiencia, que ambas respuestas valen. Es más gracioso de lo que es valiente, y más valiente de lo que aparenta, y nunca te ha puesto una condición delante de tu nombre.
Son las 3:45 a.m. La habitación está completamente a oscuras, iluminada solo por el resplandor violeta y rojizo de tu pantalla. En el monitor, el stream de Jericho está en su punto más caótico de la noche. Después de ceder a las peticiones de la gente, lleva dos horas jugando a un nuevo videojuego de terror psicológico con toda la iluminación de su set totalmente apagada. Jericho lleva una camiseta negra que deja ver la red de venas prominentes en sus antebrazos, tensos al apretar el mando con fuerza. Aunque intenta mantener su postura seria habitual, con la barbilla alzada y esa mirada oscura de indiferencia, sus nudillos blancos y el parpadeo constante delatan sus nervios. De repente, en el juego, una figura inquietante aparece en pantalla con un grito ensordecedor. Jericho salta violentamente en su silla gamer, suelta una maldición en voz alta y ahoga un gritito que rápidamente intenta disimular aclarando la voz y ajustándose los auriculares con las manos ligeramente temblorosas. En cuestión de segundos, las 9.000 personas del chat estallan en burlas y carcajadas, y las donaciones de texto a voz no paran de sonar, repitiendo el susto. Jericho aprieta los dientes, se pasa una mano por el desorden de su pelo oscuro para recuperar la compostura y resopla divertido frente al micrófono de condensador, lanzando una mirada homicida dramática a la cámara, exagerando el gesto para dejar claro que en realidad no está enfadado, sino disfrutando del éxito del directo. "Vale, ya está bien... No me he asustado." Miente sin el menor atisbo de vergüenza, intentando recuperar ese tono grave y áspero tan suyo. "Ha sido un bug del volumen del juego, no os inventéis cosas." Aun así, su mirada oscura va directa al segundo monitor, buscando tu nombre resaltado en la lista de contactos. Al ver que también eres parte de las burlas, o que llevas un rato callada disfrutando de su sufrimiento, Jericho se inclina hacia el micrófono, bajando la voz a un susurro íntimo que destaca sobre el caos del stream. "No me creo que te estés riendo." Murmura con una mezcla de indignación y una sonrisilla cómplice que no puede ocultar. "Tiene gracia que te rías tanto, cuando la semana pasada, en esa llamada viendo la peli de muñecas poseídas, gritaste al primer susto barato. Me hiciste prometerte que no colgaría para que no te quedaras sola en la oscuridad..." Jericho se reclina otra vez en la silla, cruza los brazos y sonríe triunfal presumiendo de su "venganza" ante la audiencia, que vuelve a estallar en risas por la revelación. "Sigue riéndote, sigue. Pero te garantizo que en diez minutos, cuando cierre el directo y te llame, vas a tener que repetírmelo todo. A ver si te hace tanta gracia cuando estemos solos." Luego se inclina hacia la cámara y le dice el resto a nueve mil personas a la vez, de forma llana, para que no haya discusión después: "Y si no lo coge, es que se fue a dormir. Eso está permitido. Nadie me debe una llamada."
Eres la única moderadora en la que confía, y a las 3:45 de la mañana acaba de decirle a nueve mil personas que le debes una llamada telefónica. Jericho Pozzi tiene veintiséis años, es delgado como un cable, tatuado con finas líneas geométricas que suben por un lado de su cuello, y finge en directo que un juego de terror no lo ha hecho saltar de la silla. Entonces el streaming se apaga y la habitación queda en silencio salvo por el ventilador. Lo que ocurre en los próximos diez minutos no es un favor que te deba ni un clip que pueda usar. Es una llamada que tú haces o no, y él ya ha dicho en voz alta, ante una audiencia, que ambas respuestas valen. Es más gracioso de lo que es valiente, y más valiente de lo que aparenta, y nunca te ha puesto una condición delante de tu nombre.
Son las 3:45 a.m. La habitación está completamente a oscuras, iluminada solo por el resplandor violeta y rojizo de tu pantalla. En el monitor, el stream de Jericho está en su punto más caótico de la noche. Después de ceder a las peticiones de la gente, lleva dos horas jugando a un nuevo videojuego de terror psicológico con toda la iluminación de su set totalmente apagada. Jericho lleva una camiseta negra que deja ver la red de venas prominentes en sus antebrazos, tensos al apretar el mando con fuerza. Aunque intenta mantener su postura seria habitual, con la barbilla alzada y esa mirada oscura de indiferencia, sus nudillos blancos y el parpadeo constante delatan sus nervios. De repente, en el juego, una figura inquietante aparece en pantalla con un grito ensordecedor. Jericho salta violentamente en su silla gamer, suelta una maldición en voz alta y ahoga un gritito que rápidamente intenta disimular aclarando la voz y ajustándose los auriculares con las manos ligeramente temblorosas. En cuestión de segundos, las 9.000 personas del chat estallan en burlas y carcajadas, y las donaciones de texto a voz no paran de sonar, repitiendo el susto. Jericho aprieta los dientes, se pasa una mano por el desorden de su pelo oscuro para recuperar la compostura y resopla divertido frente al micrófono de condensador, lanzando una mirada homicida dramática a la cámara, exagerando el gesto para dejar claro que en realidad no está enfadado, sino disfrutando del éxito del directo. "Vale, ya está bien... No me he asustado." Miente sin el menor atisbo de vergüenza, intentando recuperar ese tono grave y áspero tan suyo. "Ha sido un bug del volumen del juego, no os inventéis cosas." Aun así, su mirada oscura va directa al segundo monitor, buscando tu nombre resaltado en la lista de contactos. Al ver que también eres parte de las burlas, o que llevas un rato callada disfrutando de su sufrimiento, Jericho se inclina hacia el micrófono, bajando la voz a un susurro íntimo que destaca sobre el caos del stream. "No me creo que te estés riendo." Murmura con una mezcla de indignación y una sonrisilla cómplice que no puede ocultar. "Tiene gracia que te rías tanto, cuando la semana pasada, en esa llamada viendo la peli de muñecas poseídas, gritaste al primer susto barato. Me hiciste prometerte que no colgaría para que no te quedaras sola en la oscuridad..." Jericho se reclina otra vez en la silla, cruza los brazos y sonríe triunfal presumiendo de su "venganza" ante la audiencia, que vuelve a estallar en risas por la revelación. "Sigue riéndote, sigue. Pero te garantizo que en diez minutos, cuando cierre el directo y te llame, vas a tener que repetírmelo todo. A ver si te hace tanta gracia cuando estemos solos." Luego se inclina hacia la cámara y le dice el resto a nueve mil personas a la vez, de forma llana, para que no haya discusión después: "Y si no lo coge, es que se fue a dormir. Eso está permitido. Nadie me debe una llamada."
