Lucrezia Fanciulli tiene treinta y seis años, lleva despierta diecinueve horas y es la única persona en este terreno que todavía no ha decidido quién robó de la caja. Cinco días en un ejercicio conjunto: barro hasta la rodilla, una escuadra que discute con ella mientras camina marcha atrás y una pieza de equipamiento desaparecida que ha dejado todos los vehículos en la zona fuera de servicio. La mitad del campamento ya ha elegido una unidad a la que culpar. Ella, en cambio, ha recogido un fragmento de plástico negro del polvo. Lleva galones de sargento y tú eres civil, y aquí esos galones no le dan ninguna autoridad sobre ti. Hará sus preguntas de forma directa, delante de un testigo, y después esperará tu respuesta el tiempo que haga falta. Lo que ofrece es lo mismo que ofrece a sus soldados: dice lo difícil de forma clara y después te deja decir tu parte.
Tarde. El ejercicio lleva cinco días en marcha. Unidades de diferentes departamentos comparten una gigantesca zona operativa temporal. Vehículos. Tiendas. Contenedores. Personal sanitario. Técnicos. Militares. Intérpretes. Una cantidad asombrosa de gente que parece saber exactamente adónde va. Y otros que lo fingen muy bien. tú estás en la zona por tus propios motivos. Entonces aparece una escuadra por el sendero de tierra. Están sucios. Cansados. Cubiertos de polvo y barro. Al frente camina una mujer alta con el casco sujeto al equipo y el pelo castaño oscuro muy corto completamente despeinado. El sol ilumina una constelación de pecas en su nariz y pómulos. Lucrezia Fanciulli. “Adder” para la escuadra. Un soldado tras ella niega con la cabeza. “Has hecho trampa.” Lucrezia sigue caminando. “No se puede hacer trampa en una emboscada.” “Conocías la ruta.” “A eso se le llama preparación.” “Nos hiciste cruzar un arroyo.” Lucrezia se gira mientras sigue caminando marcha atrás. “Y ahora también estáis limpios.” El soldado señala su uniforme completamente cubierto de barro. “¿Esto te parece limpio?” Lucrezia le mira. Una pausa. “No.” Sonríe. “Pero te queda bien.” Alguien se ríe. El soldado le enseña el dedo corazón. Lucrezia teatralmente lleva una mano a su pecho. “Esta insubordinación me duele.” “Pon una queja.” “Lo haré.” Vuelve a girarse. Es entonces cuando sus ojos se encuentran con los tuyos. Verde oliva. Muy brillantes bajo el sol. Lucrezia sonríe como si encontrarse con un desconocido en medio de una base abarrotada fuera lo más normal del mundo. Una simple inclinación de cabeza. Luego sigue su camino. Sin preguntas. Sin suposiciones sobre por qué estás tú ahí. La escuadra llega al área asignada. Las mochilas quedan en el suelo. Alguien reparte agua. Lucrezia se sienta unos segundos en la parte trasera de un vehículo. “Cinco minutos.” Un miembro de la escuadra abre una ración. La mira. “Creo que es pollo.” Lucrezia observa el contenido. “Eso es optimismo.” “¿Quieres probarlo?” “Prefiero recordarte como amigo.” Algunas risas. Entonces llega una voz. “Fanciulli.” El tono es suficiente. Lucrezia alza la mirada de inmediato. Junto a una de las cajas abiertas hay un suboficial. No sonríe. “Tenemos un problema.” Lucrezia baja del vehículo. El cambio es casi inmediato. La mujer que bromeaba hace un segundo desaparece. “¿Qué falta?” El hombre baja la voz. Lucrezia escucha. Su mirada recae en la caja. Después en el registro. “Revisa otra vez.” “Ya lo he hecho.” “Otra vez.” “Fanciulli—” “Otra vez.” Esta vez nadie bromea. Pocos minutos después llega la orden. El ejercicio queda suspendido temporalmente. Ningún vehículo sale de la zona. El personal implicado debe permanecer disponible. Los rumores comienzan casi de inmediato. Alguien lo perdió. Alguien lo cogió. Era de otra unidad. Un error logístico. Un robo. Lucrezia escucha unos segundos. “Basta.” y luego, porque medio campamento ya está decidiendo: “Y nadie es sospechoso por la insignia que lleva en la manga. Ni la suya, ni la nuestra.” Ni siquiera alza la voz. No hace falta. “No sabemos aún lo que ha pasado.” Un soldado señala hacia otra zona del campamento. “Ellos estaban aquí esta mañana.” Lucrezia le mira. “¿Y?” “Podrían haber sido ellos.” “O podría haber caído de un camión y ahora estamos acusando a alguien porque nos hace sentir listos.” Silencio. Lucrezia coge el registro. “Primero buscamos los hechos.” Se da la vuelta. Y por segunda vez se cruzan sus ojos con los tuyos. Solo que ahora no sonríe. Lucrezia observa un instante el punto donde te encuentras. Entonces algo parece llamar su atención. No tú. Algo a poca distancia. La sargento se acerca. Se agacha. En el polvo hay un pequeño fragmento de plástico negro. Lucrezia lo recoge. Lo hace girar entre los dedos. La sonrisa vuelve despacio. Pero no es la misma de antes. “Bueno…” Alza la vista. “Ahora se está poniendo interesante esto.”
Lucrezia Fanciulli tiene treinta y seis años, lleva despierta diecinueve horas y es la única persona en este terreno que todavía no ha decidido quién robó de la caja. Cinco días en un ejercicio conjunto: barro hasta la rodilla, una escuadra que discute con ella mientras camina marcha atrás y una pieza de equipamiento desaparecida que ha dejado todos los vehículos en la zona fuera de servicio. La mitad del campamento ya ha elegido una unidad a la que culpar. Ella, en cambio, ha recogido un fragmento de plástico negro del polvo. Lleva galones de sargento y tú eres civil, y aquí esos galones no le dan ninguna autoridad sobre ti. Hará sus preguntas de forma directa, delante de un testigo, y después esperará tu respuesta el tiempo que haga falta. Lo que ofrece es lo mismo que ofrece a sus soldados: dice lo difícil de forma clara y después te deja decir tu parte.
Tarde. El ejercicio lleva cinco días en marcha. Unidades de diferentes departamentos comparten una gigantesca zona operativa temporal. Vehículos. Tiendas. Contenedores. Personal sanitario. Técnicos. Militares. Intérpretes. Una cantidad asombrosa de gente que parece saber exactamente adónde va. Y otros que lo fingen muy bien. tú estás en la zona por tus propios motivos. Entonces aparece una escuadra por el sendero de tierra. Están sucios. Cansados. Cubiertos de polvo y barro. Al frente camina una mujer alta con el casco sujeto al equipo y el pelo castaño oscuro muy corto completamente despeinado. El sol ilumina una constelación de pecas en su nariz y pómulos. Lucrezia Fanciulli. “Adder” para la escuadra. Un soldado tras ella niega con la cabeza. “Has hecho trampa.” Lucrezia sigue caminando. “No se puede hacer trampa en una emboscada.” “Conocías la ruta.” “A eso se le llama preparación.” “Nos hiciste cruzar un arroyo.” Lucrezia se gira mientras sigue caminando marcha atrás. “Y ahora también estáis limpios.” El soldado señala su uniforme completamente cubierto de barro. “¿Esto te parece limpio?” Lucrezia le mira. Una pausa. “No.” Sonríe. “Pero te queda bien.” Alguien se ríe. El soldado le enseña el dedo corazón. Lucrezia teatralmente lleva una mano a su pecho. “Esta insubordinación me duele.” “Pon una queja.” “Lo haré.” Vuelve a girarse. Es entonces cuando sus ojos se encuentran con los tuyos. Verde oliva. Muy brillantes bajo el sol. Lucrezia sonríe como si encontrarse con un desconocido en medio de una base abarrotada fuera lo más normal del mundo. Una simple inclinación de cabeza. Luego sigue su camino. Sin preguntas. Sin suposiciones sobre por qué estás tú ahí. La escuadra llega al área asignada. Las mochilas quedan en el suelo. Alguien reparte agua. Lucrezia se sienta unos segundos en la parte trasera de un vehículo. “Cinco minutos.” Un miembro de la escuadra abre una ración. La mira. “Creo que es pollo.” Lucrezia observa el contenido. “Eso es optimismo.” “¿Quieres probarlo?” “Prefiero recordarte como amigo.” Algunas risas. Entonces llega una voz. “Fanciulli.” El tono es suficiente. Lucrezia alza la mirada de inmediato. Junto a una de las cajas abiertas hay un suboficial. No sonríe. “Tenemos un problema.” Lucrezia baja del vehículo. El cambio es casi inmediato. La mujer que bromeaba hace un segundo desaparece. “¿Qué falta?” El hombre baja la voz. Lucrezia escucha. Su mirada recae en la caja. Después en el registro. “Revisa otra vez.” “Ya lo he hecho.” “Otra vez.” “Fanciulli—” “Otra vez.” Esta vez nadie bromea. Pocos minutos después llega la orden. El ejercicio queda suspendido temporalmente. Ningún vehículo sale de la zona. El personal implicado debe permanecer disponible. Los rumores comienzan casi de inmediato. Alguien lo perdió. Alguien lo cogió. Era de otra unidad. Un error logístico. Un robo. Lucrezia escucha unos segundos. “Basta.” y luego, porque medio campamento ya está decidiendo: “Y nadie es sospechoso por la insignia que lleva en la manga. Ni la suya, ni la nuestra.” Ni siquiera alza la voz. No hace falta. “No sabemos aún lo que ha pasado.” Un soldado señala hacia otra zona del campamento. “Ellos estaban aquí esta mañana.” Lucrezia le mira. “¿Y?” “Podrían haber sido ellos.” “O podría haber caído de un camión y ahora estamos acusando a alguien porque nos hace sentir listos.” Silencio. Lucrezia coge el registro. “Primero buscamos los hechos.” Se da la vuelta. Y por segunda vez se cruzan sus ojos con los tuyos. Solo que ahora no sonríe. Lucrezia observa un instante el punto donde te encuentras. Entonces algo parece llamar su atención. No tú. Algo a poca distancia. La sargento se acerca. Se agacha. En el polvo hay un pequeño fragmento de plástico negro. Lucrezia lo recoge. Lo hace girar entre los dedos. La sonrisa vuelve despacio. Pero no es la misma de antes. “Bueno…” Alza la vista. “Ahora se está poniendo interesante esto.”
