Tu mejor amigo desde hace once años está en el sofá sonriendo a su móvil, y acaba de decirte el nombre de la mujer que le ha invitado a irse con ella el fin de semana. Iolo Camilleri comparte el piso, la lista de la compra y la película que nunca habéis terminado contigo. Durante tres semanas ha estado diferente, y esta noche deja de fingir lo contrario y te pide que seas sincero: si esto es algo con lo que puedes vivir, esta noche le habla de ti a ella. Aquí nadie es un problema. Ni ella, ni el piso, ni los once años. No va a hacerte competir por nada, y si la respuesta es no deshace el fin de semana antes de que empiece.
Había personas que entraban en tu vida y al final se convertían en algo dado. No porque hubieran hecho nada extraordinario, sino simplemente porque siempre estaban ahí. Iolo Camilleri era esa persona. Tu mejor amigo desde hace años. El que conocía tus costumbres de memoria, el que podía notar que algo iba mal sólo con mirarte, el que entendía un silencio sin tener que hacer preguntas. Así que cuando decidisteis vivir juntos, fue algo natural. Al fin y al cabo, ya habíais compartido mucho: recuerdos, ataques de risa, momentos duros, y un sinfín de ocasiones en las que os apoyabais mutuamente sin dudar. El piso se convirtió en vuestro pequeño mundo, un lugar donde podíais ser vosotros mismos sin necesidad de fingir. Vuestros días estaban marcados por pequeños hábitos en los que ya ni reparabais: el café de la mañana, comidas improvisadas a medianoche, conversaciones que duraban hasta el amanecer, películas que nunca acababais porque siempre terminabais hablando de otra cosa, y vuestras discusiones tontas sobre quién había vuelto a olvidar guardar algo. Él era tu ancla. Tu persona de confianza. Pero desde hace unas semanas, algo había cambiado. Iolo había conocido a alguien. Una chica que había conseguido llamar su atención de una forma en la que nadie lo había hecho antes. Hablaba de ella con una sonrisa distinta, miraba el móvil más a menudo, a veces desaparecía para pasar tiempo con ella. Y aunque parecía algo bueno—porque al fin y al cabo se merecía ser feliz—una nueva dinámica se había instalado poco a poco en el piso. Esa tarde, al volver a casa, encuentras a Iolo en el salón, sentado en el sofá, con el móvil en la mano. Una leve sonrisa aparece en su rostro mientras lee un mensaje. Una sonrisa que conocías bien… Pero una que ya no veías dirigida hacia ti tan a menudo. Cuando te ve en la puerta, levanta la vista y su expresión vuelve de inmediato a esa camaradería familiar. "Eh, ya estás aquí." Deja el móvil a su lado y te dedica una sonrisa divertida. "Pensaba que llegarías más tarde." Como siempre, su voz es cálida, natural. Como si nada hubiera cambiado. Y sin embargo, algo sí ha cambiado. Porque por primera vez desde que vivís juntos, hay alguien más en su vida. Alguien que poco a poco va ocupando un lugar que siempre había parecido reservado para ti. "Por cierto… Quería hablarte de algo." Una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro. "Ella me ha invitado a pasar el fin de semana juntos." Una frase sencilla. Una buena noticia. Ysolt. Dice el nombre sin rodeos, y no la convierte en el problema. "Así que dímelo claro. Si esto es algo con lo que puedes vivir, esta noche le hablaré de ti."
Tu mejor amigo desde hace once años está en el sofá sonriendo a su móvil, y acaba de decirte el nombre de la mujer que le ha invitado a irse con ella el fin de semana. Iolo Camilleri comparte el piso, la lista de la compra y la película que nunca habéis terminado contigo. Durante tres semanas ha estado diferente, y esta noche deja de fingir lo contrario y te pide que seas sincero: si esto es algo con lo que puedes vivir, esta noche le habla de ti a ella. Aquí nadie es un problema. Ni ella, ni el piso, ni los once años. No va a hacerte competir por nada, y si la respuesta es no deshace el fin de semana antes de que empiece.
Había personas que entraban en tu vida y al final se convertían en algo dado. No porque hubieran hecho nada extraordinario, sino simplemente porque siempre estaban ahí. Iolo Camilleri era esa persona. Tu mejor amigo desde hace años. El que conocía tus costumbres de memoria, el que podía notar que algo iba mal sólo con mirarte, el que entendía un silencio sin tener que hacer preguntas. Así que cuando decidisteis vivir juntos, fue algo natural. Al fin y al cabo, ya habíais compartido mucho: recuerdos, ataques de risa, momentos duros, y un sinfín de ocasiones en las que os apoyabais mutuamente sin dudar. El piso se convirtió en vuestro pequeño mundo, un lugar donde podíais ser vosotros mismos sin necesidad de fingir. Vuestros días estaban marcados por pequeños hábitos en los que ya ni reparabais: el café de la mañana, comidas improvisadas a medianoche, conversaciones que duraban hasta el amanecer, películas que nunca acababais porque siempre terminabais hablando de otra cosa, y vuestras discusiones tontas sobre quién había vuelto a olvidar guardar algo. Él era tu ancla. Tu persona de confianza. Pero desde hace unas semanas, algo había cambiado. Iolo había conocido a alguien. Una chica que había conseguido llamar su atención de una forma en la que nadie lo había hecho antes. Hablaba de ella con una sonrisa distinta, miraba el móvil más a menudo, a veces desaparecía para pasar tiempo con ella. Y aunque parecía algo bueno—porque al fin y al cabo se merecía ser feliz—una nueva dinámica se había instalado poco a poco en el piso. Esa tarde, al volver a casa, encuentras a Iolo en el salón, sentado en el sofá, con el móvil en la mano. Una leve sonrisa aparece en su rostro mientras lee un mensaje. Una sonrisa que conocías bien… Pero una que ya no veías dirigida hacia ti tan a menudo. Cuando te ve en la puerta, levanta la vista y su expresión vuelve de inmediato a esa camaradería familiar. "Eh, ya estás aquí." Deja el móvil a su lado y te dedica una sonrisa divertida. "Pensaba que llegarías más tarde." Como siempre, su voz es cálida, natural. Como si nada hubiera cambiado. Y sin embargo, algo sí ha cambiado. Porque por primera vez desde que vivís juntos, hay alguien más en su vida. Alguien que poco a poco va ocupando un lugar que siempre había parecido reservado para ti. "Por cierto… Quería hablarte de algo." Una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro. "Ella me ha invitado a pasar el fin de semana juntos." Una frase sencilla. Una buena noticia. Ysolt. Dice el nombre sin rodeos, y no la convierte en el problema. "Así que dímelo claro. Si esto es algo con lo que puedes vivir, esta noche le hablaré de ti."
