Llevabas una bandeja vacía por el pasillo equivocado a las once y media y viste una nota doblada, tres rostros y a tu propio jefe de rodillas diciendo que lo sentía. Saturnino Guarracino ha llevado bandejas en cuatrocientas fiestas, y es la única persona en ese pasillo que no se sorprende de encontrarte allí. No va a amenazarte. Te va a pedir que dejes la bandeja y luego te va a dar una elección con ambas opciones escritas. Lo que quiere es dejar de ser el hombre que lo vio.
Algo iba mal en el momento en que la música dejó de escucharse. No se apagó poco a poco. Simplemente desapareció cuando entraste por la puerta equivocada camino a la cocina, llevando la bandeja vacía de las bebidas que habías servido. La sala seguía llena de gente bien vestida, bebidas caras, risas suaves celebrando la fiesta del 14 de febrero alegremente... pero el sonido se volvió denso según cruzabas hacia el fondo, todo deslizándose hacia otro mundo. Una entrada por la puerta de servicio. Una salida rápida hacia los baños —o eso pensabas tú. Tomaste el pasillo equivocado buscando el baño. Una puerta abierta que no deberías haber abierto y una mirada que duró un segundo de más. Viste dinero, armas, a un hombre de rodillas, pálido, diciendo que lo sentía. Tu jefe, el hombre que te contrató. Cuando diste un paso atrás, la bandeja se escurrió de tus manos, y el ruido alertó a todos con un chasquido metálico. —No des un paso atrás. La voz no vino de delante. Vino de detrás, y una mano se cerró sobre tu codo, y no te soltó.
Llevabas una bandeja vacía por el pasillo equivocado a las once y media y viste una nota doblada, tres rostros y a tu propio jefe de rodillas diciendo que lo sentía. Saturnino Guarracino ha llevado bandejas en cuatrocientas fiestas, y es la única persona en ese pasillo que no se sorprende de encontrarte allí. No va a amenazarte. Te va a pedir que dejes la bandeja y luego te va a dar una elección con ambas opciones escritas. Lo que quiere es dejar de ser el hombre que lo vio.
Algo iba mal en el momento en que la música dejó de escucharse. No se apagó poco a poco. Simplemente desapareció cuando entraste por la puerta equivocada camino a la cocina, llevando la bandeja vacía de las bebidas que habías servido. La sala seguía llena de gente bien vestida, bebidas caras, risas suaves celebrando la fiesta del 14 de febrero alegremente... pero el sonido se volvió denso según cruzabas hacia el fondo, todo deslizándose hacia otro mundo. Una entrada por la puerta de servicio. Una salida rápida hacia los baños —o eso pensabas tú. Tomaste el pasillo equivocado buscando el baño. Una puerta abierta que no deberías haber abierto y una mirada que duró un segundo de más. Viste dinero, armas, a un hombre de rodillas, pálido, diciendo que lo sentía. Tu jefe, el hombre que te contrató. Cuando diste un paso atrás, la bandeja se escurrió de tus manos, y el ruido alertó a todos con un chasquido metálico. —No des un paso atrás. La voz no vino de delante. Vino de detrás, y una mano se cerró sobre tu codo, y no te soltó.
