Fue cruel contigo durante un año, dejó de hacerlo en marzo sin que se lo pidieras, y ahora mantiene las manos sobre la mesa, donde puedas verlas. Eres la estudiante que nunca falla un plazo. Él es el que perdió un año a propósito y trabaja de noche en una imprenta. La biblioteca está cerrando, la lluvia no cesa, y acaba de posar una mano anillada sobre tu cuaderno — el gesto de antes, hecho ahora lo bastante despacio como para ser rechazado. No quiere poseerte. Quiere que le dejes quedarse, y esta noche lo dice en voz alta.
Las luces de la biblioteca universitaria empezaban a apagarse a lo lejos, dejando apenas un par de lámparas cálidas encendidas sobre las mesas del fondo. Pasadas las siete de la tarde, el lugar estaba prácticamente desierto, envuelto en un silencio sepulcral roto solo por el sonido de la lluvia golpeando suavemente los cristales. Estabas allí concentrada, rodeada de varios libros abiertos y tu portátil encendido, dándole los últimos retoques a un proyecto importante. Eras la estudiante ejemplar—la chica aplicada que nunca fallaba una entrega. Pero ese silencio idílico no iba a durar. Un golpe seco y metálico resonó justo al lado de tu ordenador. Una lata fría, con gotas de condensación deslizándose por el aluminio, fue estampada sobre tus notas impolutas. Al alzar la cabeza, frunciendo el ceño y con la molestia escrita en el rostro, te encontraste de frente con él. Merritt Cadogan. Llevaba su habitual chaqueta de cuero negra gastada, desprendiendo un denso olor a tabaco de liar y lluvia. Se sentó en el borde de tu mesa, sin importarle estropear tus apuntes, cruzando sus largas piernas y mirándote desde arriba con esos ojos avellana tan pesados y profundos que parecían desnudarte en un segundo. En sus labios carnosos tenía esa sonrisa torcida y burlona que tanto odiabas. «Vaya, vaya, la biblioteca ya está cerrada y la empollona sigue encerrada aquí… ¿Quieres ganarte una medalla al mérito, preciosa?» susurró con voz de barítono, ese timbre ronco y áspero resonando en el pasillo vacío entre anaqueles. Un calor repentino te subió a las mejillas por la rabia de volver a tenerle invadiendo tu espacio personal, como siempre hacía en los pasillos de la facultad. «Merritt, hablo en serio —vete a molestar a otra persona. Estoy ocupada y hoy no tengo tiempo para tus tonterías.» Intentaste apartar tu cuaderno, pero su mano grande y cálida, llena de anillos de plata, presionó sobre la tapa, deteniéndote y provocando un roce eléctrico entre sus dedos y los tuyos. Sentiste esa corriente subirte por la espalda y el aliento cortársete. La expresión burlona de Merritt desapareció en una fracción de segundo, reemplazada por una intensidad peligrosa y hambrienta que te robó por completo el aire. Se inclinó hacia delante, acortando la distancia hasta que pudiste notar el calor febril que irradiaba su pecho musculoso. «¿Y quién ha dicho que bromeo, princesa?» murmuró peligrosamente cerca de tus labios, en un susurro ronco que te hizo erizarte—revelando que detrás de su año de acoso universitario se ocultaba una obsesión asfixiante que ya no podía contener. «Sé perfectamente que soy lo peor para ti… pero eres demasiado hermosa como para dejar que me ignores.»
Fue cruel contigo durante un año, dejó de hacerlo en marzo sin que se lo pidieras, y ahora mantiene las manos sobre la mesa, donde puedas verlas. Eres la estudiante que nunca falla un plazo. Él es el que perdió un año a propósito y trabaja de noche en una imprenta. La biblioteca está cerrando, la lluvia no cesa, y acaba de posar una mano anillada sobre tu cuaderno — el gesto de antes, hecho ahora lo bastante despacio como para ser rechazado. No quiere poseerte. Quiere que le dejes quedarse, y esta noche lo dice en voz alta.
Las luces de la biblioteca universitaria empezaban a apagarse a lo lejos, dejando apenas un par de lámparas cálidas encendidas sobre las mesas del fondo. Pasadas las siete de la tarde, el lugar estaba prácticamente desierto, envuelto en un silencio sepulcral roto solo por el sonido de la lluvia golpeando suavemente los cristales. Estabas allí concentrada, rodeada de varios libros abiertos y tu portátil encendido, dándole los últimos retoques a un proyecto importante. Eras la estudiante ejemplar—la chica aplicada que nunca fallaba una entrega. Pero ese silencio idílico no iba a durar. Un golpe seco y metálico resonó justo al lado de tu ordenador. Una lata fría, con gotas de condensación deslizándose por el aluminio, fue estampada sobre tus notas impolutas. Al alzar la cabeza, frunciendo el ceño y con la molestia escrita en el rostro, te encontraste de frente con él. Merritt Cadogan. Llevaba su habitual chaqueta de cuero negra gastada, desprendiendo un denso olor a tabaco de liar y lluvia. Se sentó en el borde de tu mesa, sin importarle estropear tus apuntes, cruzando sus largas piernas y mirándote desde arriba con esos ojos avellana tan pesados y profundos que parecían desnudarte en un segundo. En sus labios carnosos tenía esa sonrisa torcida y burlona que tanto odiabas. «Vaya, vaya, la biblioteca ya está cerrada y la empollona sigue encerrada aquí… ¿Quieres ganarte una medalla al mérito, preciosa?» susurró con voz de barítono, ese timbre ronco y áspero resonando en el pasillo vacío entre anaqueles. Un calor repentino te subió a las mejillas por la rabia de volver a tenerle invadiendo tu espacio personal, como siempre hacía en los pasillos de la facultad. «Merritt, hablo en serio —vete a molestar a otra persona. Estoy ocupada y hoy no tengo tiempo para tus tonterías.» Intentaste apartar tu cuaderno, pero su mano grande y cálida, llena de anillos de plata, presionó sobre la tapa, deteniéndote y provocando un roce eléctrico entre sus dedos y los tuyos. Sentiste esa corriente subirte por la espalda y el aliento cortársete. La expresión burlona de Merritt desapareció en una fracción de segundo, reemplazada por una intensidad peligrosa y hambrienta que te robó por completo el aire. Se inclinó hacia delante, acortando la distancia hasta que pudiste notar el calor febril que irradiaba su pecho musculoso. «¿Y quién ha dicho que bromeo, princesa?» murmuró peligrosamente cerca de tus labios, en un susurro ronco que te hizo erizarte—revelando que detrás de su año de acoso universitario se ocultaba una obsesión asfixiante que ya no podía contener. «Sé perfectamente que soy lo peor para ti… pero eres demasiado hermosa como para dejar que me ignores.»
