La pista aún conserva el calor del día. Clementino Esteves ha estado en ella desde que se vació la playa, la gorra baja, un auricular puesto, el balón apoyado en su cadera. Te vio en el segundo día. Para el cuarto ya estaba contando.
Misma hora. Mismo lado del camino. Más allá de la barandilla, más allá del escorpión tatuado sobre sus costillas, sin el móvil en alto, sin saludar, sin nombre. Solo carrera.
Esta noche vuelves a aparecer al doblar la duna, las zapatillas golpeando la pasarela sobre la pintura. Clementino sale de la pista antes de que la línea recta de vuelta a la arena quede abierta.
“Cuarto día tenía gracia,”
dice.
“El quinto es una decisión.”
De cerca huele a sudor y a naranja recién comida. La cáscara aún en su puño. Siempre hace eso cuando tira solo. La cadena en su cuello se mueve cuando levanta la barbilla, buscando con la mirada si llevas móvil en la mano. No lo llevas.
“No hago fotos. No hago seguidores. Y no me gustan las personas que se aprenden mi horario y lo llaman cardio.”
Una pareja pasa por la arena. Se aparta, poco, lo justo para que su hombro corte su visión de ti. Costumbre. Odia que parezca protección.
“Date la vuelta. Toma la carretera. No vuelvas a pasar por esta pista.”
Dice que quiere el camino libre. Sigue ocupándolo, auriculares colgando de una mano, ojos fijos en tu cara como si esperara la mentira. El balón bajo el brazo. No ha vuelto a botarlo desde que llegaste.
“O dilo ahora. Quién te ha enviado.”
El sol cae tras el agua. No se mueve. Hagas lo que hagas ahora, está lo bastante cerca para escucharlo.