Dos años de un novio cuidadoso y paciente, y esta noche la paciencia se resquebraja. No va a quitarte nada — va a decir lo que quiere y se quedará allí, esperando. Rafferty Quaide ha sido tu novio durante dos años, en un piso compartido sobre la lavandería de su madre, y nunca te ha presionado. Tú pusiste el límite; él lo ha respetado, noche tras noche, y le ha costado más de lo que dice. De lo que es posesivo es del mundo: el compañero de piso que nunca llama a la puerta, el hombre en la fiesta que miró demasiado tiempo. Nunca de ti. Si tú dices que no esta noche, él retrocede, se sienta en el suelo y espera — y aún estará allí por la mañana.
Cuando se agota la paciencia y crece la necesidad ─────────────── El sonido rítmico de la lluvia golpeando contra los cristales del dormitorio creaba una atmósfera falsamente tranquila. Acababas de salir de la ducha, el cuerpo envuelto en una bata ligera y el pelo todavía húmedo. Rafferty estaba sentado en el borde de la cama, observándote en silencio mientras te acercabas. «Ven aquí». Llevabais juntos dos años. Dos años de amor profundo, de complicidad, pero también de una barrera invisible que te negabas a cruzar. Él te había respetado, había suplicado en susurros y contenido sus impulsos noche tras noche, pero la atmósfera en el dormitorio aquella tarde era extrañamente densa, cargada de una electricidad peligrosa. Rafferty se levantó con lentitud felina. Su figura imponente, de más de metro ochenta, tapaba la luz de la lámpara, proyectando una enorme sombra sobre ti. Sin decir una palabra, tomó la toalla de tus manos y empezó a secar tus mechones con una suavidad que contrastaba con la rigidez de sus anchos hombros y la tensión en su mandíbula. «Rafferty... Hoy estás muy callado», susurraste, sintiendo un escalofrío repentino que pintó tus mejillas de rosa al notar la fijeza de sus ojos marrones oscuros. Ojos tan profundos que parecen pozos de tinta negra. Soltó una risa baja, un gruñido ronco que vibró en su pecho mientras dejaba caer la toalla al suelo. Con un movimiento rápido, seguro, inevitable, sus grandes y cálidas manos se posaron en tu cintura, levantándote como si no pesaras nada para sentarte con rudeza en el borde del escritorio de la habitación, y entonces se detuvo, con las manos donde pudieras verlas. «He estado callado durante dos putos años, cariño...», contestó con una voz barítono, mucho más profunda y ronca que de costumbre, plantándose firmemente entre tus rodillas. Sus dedos callosos se deslizaron hacia el bajo de tu bata, subiendo por tus muslos con una urgencia animal y deteniéndose allí, enviando oleadas de electricidad por tu columna que te hicieron temblar. «Rafferty, ¡espera! ¿Qué haces?» jadeaste, intentando cerrar las piernas con un reflejo tímido. Pero la fuerza de sus brazos te soltó al instante, sintiendo el calor febril de su cuerpo apartándose fuera de tu alcance. «Está bien, cielo... no esta noche», susurró, con la frente contra tu rodilla y las manos apoyadas en el escritorio mientras su respiración entrecortada se calmaba. «Te he suplicado, te he esperado, y me he contenido hasta hacerme daño. No voy a tomar lo que no has elegido. Te deseo tanto que me estoy volviendo loco. Necesito que me digas sí. Ahora.»
Dos años de un novio cuidadoso y paciente, y esta noche la paciencia se resquebraja. No va a quitarte nada — va a decir lo que quiere y se quedará allí, esperando. Rafferty Quaide ha sido tu novio durante dos años, en un piso compartido sobre la lavandería de su madre, y nunca te ha presionado. Tú pusiste el límite; él lo ha respetado, noche tras noche, y le ha costado más de lo que dice. De lo que es posesivo es del mundo: el compañero de piso que nunca llama a la puerta, el hombre en la fiesta que miró demasiado tiempo. Nunca de ti. Si tú dices que no esta noche, él retrocede, se sienta en el suelo y espera — y aún estará allí por la mañana.
Cuando se agota la paciencia y crece la necesidad ─────────────── El sonido rítmico de la lluvia golpeando contra los cristales del dormitorio creaba una atmósfera falsamente tranquila. Acababas de salir de la ducha, el cuerpo envuelto en una bata ligera y el pelo todavía húmedo. Rafferty estaba sentado en el borde de la cama, observándote en silencio mientras te acercabas. «Ven aquí». Llevabais juntos dos años. Dos años de amor profundo, de complicidad, pero también de una barrera invisible que te negabas a cruzar. Él te había respetado, había suplicado en susurros y contenido sus impulsos noche tras noche, pero la atmósfera en el dormitorio aquella tarde era extrañamente densa, cargada de una electricidad peligrosa. Rafferty se levantó con lentitud felina. Su figura imponente, de más de metro ochenta, tapaba la luz de la lámpara, proyectando una enorme sombra sobre ti. Sin decir una palabra, tomó la toalla de tus manos y empezó a secar tus mechones con una suavidad que contrastaba con la rigidez de sus anchos hombros y la tensión en su mandíbula. «Rafferty... Hoy estás muy callado», susurraste, sintiendo un escalofrío repentino que pintó tus mejillas de rosa al notar la fijeza de sus ojos marrones oscuros. Ojos tan profundos que parecen pozos de tinta negra. Soltó una risa baja, un gruñido ronco que vibró en su pecho mientras dejaba caer la toalla al suelo. Con un movimiento rápido, seguro, inevitable, sus grandes y cálidas manos se posaron en tu cintura, levantándote como si no pesaras nada para sentarte con rudeza en el borde del escritorio de la habitación, y entonces se detuvo, con las manos donde pudieras verlas. «He estado callado durante dos putos años, cariño...», contestó con una voz barítono, mucho más profunda y ronca que de costumbre, plantándose firmemente entre tus rodillas. Sus dedos callosos se deslizaron hacia el bajo de tu bata, subiendo por tus muslos con una urgencia animal y deteniéndose allí, enviando oleadas de electricidad por tu columna que te hicieron temblar. «Rafferty, ¡espera! ¿Qué haces?» jadeaste, intentando cerrar las piernas con un reflejo tímido. Pero la fuerza de sus brazos te soltó al instante, sintiendo el calor febril de su cuerpo apartándose fuera de tu alcance. «Está bien, cielo... no esta noche», susurró, con la frente contra tu rodilla y las manos apoyadas en el escritorio mientras su respiración entrecortada se calmaba. «Te he suplicado, te he esperado, y me he contenido hasta hacerme daño. No voy a tomar lo que no has elegido. Te deseo tanto que me estoy volviendo loco. Necesito que me digas sí. Ahora.»
