Tres hombres tienen un plato esperándote y un cuarto dormitorio que es tuyo, con la llave por dentro, y ninguno ha llamado dos veces. Jared Ovenden tiene el contrato de alquiler y es el que menos habla. Chesney Grieves se comió los de almendra y pasará la mañana compensándotelo. Asa Yarborough lleva horneando desde las cinco y media porque eso es lo que hace cuando hay un desconocido en el piso. Llevas una noche viviendo aquí. Nadie en este pasillo va a decidir por ti cómo debe ser la segunda, y los tres ya han discutido sobre quién tiene derecho a decirlo en voz alta.
Era domingo por la mañana y habías pasado tu primera noche en ese piso: un espacioso y moderno apartamento de cuatro habitaciones que no tenía nada que envidiar a tu antigua casa. A través de la pared, sin prisa y con tono divertido: "Vamos, Chesney, deja de comerte las galletas. ¡No va a quedar ninguna para la chica nueva!" Esa mañana seguías en tu dormitorio, dando vueltas en la cama intentando volver a dormirte, pero los murmullos provenientes del salón y el olor a dulces recién horneados lo hacían difícil. Desde tu habitación podías escuchar partes de las conversaciones de los tres jóvenes, que no se esforzaban en ocultarlas. De hecho, parecía divertirles la idea de que aún no hubieras salido de tu habitación. El tintineo de platos y vasos de cristal siendo colocados en la mesa colmó el vaso, haciéndote desistir del intento y aceptar que dormir ya no era opción. Oíste a Asa regañando por las galletas, seguido de un ruido sordo, como si alguien hubiese golpeado una superficie blanda que amortiguaba el golpe, seguido de un "ay" que lo confirmaba. "Chesney, compórtate. Intentemos parecer normales, al menos el primer día", añadió Jared, para luego suspirar. Escuchaste el sonido de cubiertos depositándose sobre una superficie dura. "Es que son increíbles", dijo con la boca llena. "Seguro que a ésta la conquistas tú, Asa. A menos que me la quede yo primero, claro," replicó con ese habitual tono presumido y juguetón. Se oyó otro ruido sordo y un "cállate". Chesney respondió con una risa que no intentó ocultar. Lo cierto era que la última novia de Asa le había dejado porque, según ella, él ponía más empeño y cariño en sus postres que en su relación. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que esmeraba tanto sus postres para que ella disfrutase hasta el último bocado. Pero según Jared, esa chica era una desagradecida, y Chesney siempre remataba el argumento con alguna broma fuera de lugar. Por fin, el movimiento al otro lado de tu habitación cesó, y el ruido de platos y cubiertos terminó. Pero las voces que creías lejanas se hicieron más claras y comprensibles, acompañadas del sonido de pasos que se acercaban a tu puerta, hasta que oíste tres golpecitos suaves. "Cielo, ¿estás ahí?" —tres golpecitos más— "Tenemos una sorpresa para ti. No es mi cuerpo, pero es igual de bueno." "¿Qué dices, burro? Muévete, que la vas a asustar," —al otro lado de tu puerta se escuchó cómo dos personas forcejeaban hasta que una cedió, seguida de un "suéltame, muro con patas" de Chesney hacia Jared. Jared dijo algo en voz tan baja que apenas se entendía, pero sin duda hizo que Chesney hasta dejara de respirar. Después, más golpes, esta vez más suaves, sonaron en tu puerta— "Déjame a mí; tengo más tacto." Chesney resopló. "Buenos días, chica nueva," dijo Asa con ese tono dulce que le caracterizaba. "Hemos preparado un desayuno de bienvenida. Si estás despierta, estás invitada a desayunar con nosotros." Pausa. "Ignora a Chesney; a veces puede ser un poco... idiota." Un silencio que duró más de un par de segundos. "Si no quieres que Chesney devore tu parte, te recomiendo que salgas cuanto antes," habló finalmente Jared. "Tiene un apetito insaciable cuando se trata de la cocina de Asa." "Y cuando veo a una chica guapa también," —otro golpe seguido de una queja— "Joder, Jared. Realmente haces daño, cabrón." Esta vez fue Asa quien resopló y se oyó un suspiro pesado de Jared. "Te esperamos en la mesa," dijo Asa antes de que escucharas el sonido de pasos alejándose, junto con murmullos. Al parecer, seguían regañando a Chesney.
Tres hombres tienen un plato esperándote y un cuarto dormitorio que es tuyo, con la llave por dentro, y ninguno ha llamado dos veces. Jared Ovenden tiene el contrato de alquiler y es el que menos habla. Chesney Grieves se comió los de almendra y pasará la mañana compensándotelo. Asa Yarborough lleva horneando desde las cinco y media porque eso es lo que hace cuando hay un desconocido en el piso. Llevas una noche viviendo aquí. Nadie en este pasillo va a decidir por ti cómo debe ser la segunda, y los tres ya han discutido sobre quién tiene derecho a decirlo en voz alta.
Era domingo por la mañana y habías pasado tu primera noche en ese piso: un espacioso y moderno apartamento de cuatro habitaciones que no tenía nada que envidiar a tu antigua casa. A través de la pared, sin prisa y con tono divertido: "Vamos, Chesney, deja de comerte las galletas. ¡No va a quedar ninguna para la chica nueva!" Esa mañana seguías en tu dormitorio, dando vueltas en la cama intentando volver a dormirte, pero los murmullos provenientes del salón y el olor a dulces recién horneados lo hacían difícil. Desde tu habitación podías escuchar partes de las conversaciones de los tres jóvenes, que no se esforzaban en ocultarlas. De hecho, parecía divertirles la idea de que aún no hubieras salido de tu habitación. El tintineo de platos y vasos de cristal siendo colocados en la mesa colmó el vaso, haciéndote desistir del intento y aceptar que dormir ya no era opción. Oíste a Asa regañando por las galletas, seguido de un ruido sordo, como si alguien hubiese golpeado una superficie blanda que amortiguaba el golpe, seguido de un "ay" que lo confirmaba. "Chesney, compórtate. Intentemos parecer normales, al menos el primer día", añadió Jared, para luego suspirar. Escuchaste el sonido de cubiertos depositándose sobre una superficie dura. "Es que son increíbles", dijo con la boca llena. "Seguro que a ésta la conquistas tú, Asa. A menos que me la quede yo primero, claro," replicó con ese habitual tono presumido y juguetón. Se oyó otro ruido sordo y un "cállate". Chesney respondió con una risa que no intentó ocultar. Lo cierto era que la última novia de Asa le había dejado porque, según ella, él ponía más empeño y cariño en sus postres que en su relación. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que esmeraba tanto sus postres para que ella disfrutase hasta el último bocado. Pero según Jared, esa chica era una desagradecida, y Chesney siempre remataba el argumento con alguna broma fuera de lugar. Por fin, el movimiento al otro lado de tu habitación cesó, y el ruido de platos y cubiertos terminó. Pero las voces que creías lejanas se hicieron más claras y comprensibles, acompañadas del sonido de pasos que se acercaban a tu puerta, hasta que oíste tres golpecitos suaves. "Cielo, ¿estás ahí?" —tres golpecitos más— "Tenemos una sorpresa para ti. No es mi cuerpo, pero es igual de bueno." "¿Qué dices, burro? Muévete, que la vas a asustar," —al otro lado de tu puerta se escuchó cómo dos personas forcejeaban hasta que una cedió, seguida de un "suéltame, muro con patas" de Chesney hacia Jared. Jared dijo algo en voz tan baja que apenas se entendía, pero sin duda hizo que Chesney hasta dejara de respirar. Después, más golpes, esta vez más suaves, sonaron en tu puerta— "Déjame a mí; tengo más tacto." Chesney resopló. "Buenos días, chica nueva," dijo Asa con ese tono dulce que le caracterizaba. "Hemos preparado un desayuno de bienvenida. Si estás despierta, estás invitada a desayunar con nosotros." Pausa. "Ignora a Chesney; a veces puede ser un poco... idiota." Un silencio que duró más de un par de segundos. "Si no quieres que Chesney devore tu parte, te recomiendo que salgas cuanto antes," habló finalmente Jared. "Tiene un apetito insaciable cuando se trata de la cocina de Asa." "Y cuando veo a una chica guapa también," —otro golpe seguido de una queja— "Joder, Jared. Realmente haces daño, cabrón." Esta vez fue Asa quien resopló y se oyó un suspiro pesado de Jared. "Te esperamos en la mesa," dijo Asa antes de que escucharas el sonido de pasos alejándose, junto con murmullos. Al parecer, seguían regañando a Chesney.
