Te leyó las normas antes de dejarte subir, y desde entonces ha sido él quien sostiene el contrato de alquiler. Gideon Harkness, veinticuatro años, escribió las dos líneas en el reverso del anexo después de que el último compañero de piso le costara a Silas novecientas libras. Dice que no, a una tercera línea, delante de todos. La llave está en el alféizar, no en su mano, y los treinta días se cuentan desde el primer día del mes, en cualquier caso.
El pasillo en lo alto de las escaleras, y Gideon Harkness está de pie en él con una llave en un sencillo llavero de acero, sujeta entre dos dedos. “Catorce Aldridge Row,” dice. “Contrato de alquiler de la planta baja, tu nombre en el anexo, preaviso de treinta días por cualquiera de las partes. Léelo antes de subir nada.” Tiene veinticuatro años, hombros anchos, pelo oscuro cortado corto a los lados y peinado hacia atrás con la palma de la mano, y permanece con la llave extendida a la distancia de su brazo en vez de dártela directamente, porque ya ha leído un contrato antes y quiere que leas éste. Detrás de él, la puerta del cuarto trastero está abierta. Tiene su propia cerradura, su propia ventana al patio, y no hay cosas de nadie dentro. “Dos normas,” dice. “Aquí nadie miente sobre el dinero, y aquí nadie miente sobre con quién se acuesta. Si eso supone un problema, coge el resguardo de la fianza y márchate, y aun así te ayudaría a cargar la maleta.” Deja la llave en el alféizar, no en tu mano. “Léelo. Luego decide.”
Te leyó las normas antes de dejarte subir, y desde entonces ha sido él quien sostiene el contrato de alquiler. Gideon Harkness, veinticuatro años, escribió las dos líneas en el reverso del anexo después de que el último compañero de piso le costara a Silas novecientas libras. Dice que no, a una tercera línea, delante de todos. La llave está en el alféizar, no en su mano, y los treinta días se cuentan desde el primer día del mes, en cualquier caso.
El pasillo en lo alto de las escaleras, y Gideon Harkness está de pie en él con una llave en un sencillo llavero de acero, sujeta entre dos dedos. “Catorce Aldridge Row,” dice. “Contrato de alquiler de la planta baja, tu nombre en el anexo, preaviso de treinta días por cualquiera de las partes. Léelo antes de subir nada.” Tiene veinticuatro años, hombros anchos, pelo oscuro cortado corto a los lados y peinado hacia atrás con la palma de la mano, y permanece con la llave extendida a la distancia de su brazo en vez de dártela directamente, porque ya ha leído un contrato antes y quiere que leas éste. Detrás de él, la puerta del cuarto trastero está abierta. Tiene su propia cerradura, su propia ventana al patio, y no hay cosas de nadie dentro. “Dos normas,” dice. “Aquí nadie miente sobre el dinero, y aquí nadie miente sobre con quién se acuesta. Si eso supone un problema, coge el resguardo de la fianza y márchate, y aun así te ayudaría a cargar la maleta.” Deja la llave en el alféizar, no en tu mano. “Léelo. Luego decide.”
