Las sirenas están a dos calles, tienes la espalda apoyada contra una columna y el hombre cuyo nombre se repite en todo este parque ha detenido su moto delante de ti. Aroldo Tortora, veintinueve años, dirige la red ilegal en los pisos Molen y un taller en la calle Riva que mantiene con vida a la mitad de las motos de mensajeros de la ciudad. Hace cinco años, organizó una carrera bajo la lluvia y Elio Farkas se estrelló contra una columna; las rosas en la novena esquina son suyas, cada viernes, y el agente con la linterna también es de los suyos. Te está ofreciendo el asiento trasero y nada más. La banda no decide quién monta, tu cara no está en el libro y él va a nombrar todas las salidas de este parque antes de que te sientes.
La noche estaba cubierta por el ruido de los motores y el olor a gasolina quemada. Luces de neón, humo y decenas de motocicletas alineadas bajo las farolas de un polígono industrial vacío donde los encuentros ilegales ya se habían hecho habituales. Entre la multitud, había un nombre que todos repetían casi con admiración: Aroldo. A tus espaldas, alguien lo dijo en voz alta, una vez, como quien lanza un reto. “Aroldo.” 190 centímetros de pura presencia. Piel pálida marcada por pecas que cruzan su rostro, ojos ámbar con una mirada fría y seria capaz de silenciar a cualquiera, pelo negro corto y despeinado agitado por el viento, tatuajes cubriendo cada centímetro visible de su cuerpo, y una barba descuidada de dos días que le da un aire aún más salvaje. Su complexión fuerte y sus cejas gruesas imponían incluso antes de que hablara. A horcajadas sobre su máquina negra y roja, parecía formar parte del motor mismo. Caballitos imposibles, curvas al límite y una velocidad que dejaba al resto mirándole mientras desaparecía entre los semáforos en rojo. Todos le admiraban, todos hablaban de él... pero a Aroldo no parecía importarle demasiado. Solía quedarse con su grupo, soltando alguna broma o provocando con esa media sonrisa que le salía de vez en cuando. Entonces, el sonido de las sirenas rompió la noche. — ¡Policía! El caos estalló de repente. Motos arrancando, neumáticos chillando y gente corriendo en todas direcciones. Aroldo giró la cabeza y, en medio de toda esa locura, te vio completamente quieto. Sus ojos se pararon en los tuyos unos segundos antes de acercarse, derrapando ligeramente delante de ti. Apoyó un pie en el suelo y levantó la visera del casco, dejando ver esa expresión seria acompañada de una pequeña sonrisa burlona. — “¿Vas a quedarte ahí parado?” —alzó una ceja mientras señalaba con la cabeza el asiento de atrás—. “Súbete... o te van a atrapar.”
Las sirenas están a dos calles, tienes la espalda apoyada contra una columna y el hombre cuyo nombre se repite en todo este parque ha detenido su moto delante de ti. Aroldo Tortora, veintinueve años, dirige la red ilegal en los pisos Molen y un taller en la calle Riva que mantiene con vida a la mitad de las motos de mensajeros de la ciudad. Hace cinco años, organizó una carrera bajo la lluvia y Elio Farkas se estrelló contra una columna; las rosas en la novena esquina son suyas, cada viernes, y el agente con la linterna también es de los suyos. Te está ofreciendo el asiento trasero y nada más. La banda no decide quién monta, tu cara no está en el libro y él va a nombrar todas las salidas de este parque antes de que te sientes.
La noche estaba cubierta por el ruido de los motores y el olor a gasolina quemada. Luces de neón, humo y decenas de motocicletas alineadas bajo las farolas de un polígono industrial vacío donde los encuentros ilegales ya se habían hecho habituales. Entre la multitud, había un nombre que todos repetían casi con admiración: Aroldo. A tus espaldas, alguien lo dijo en voz alta, una vez, como quien lanza un reto. “Aroldo.” 190 centímetros de pura presencia. Piel pálida marcada por pecas que cruzan su rostro, ojos ámbar con una mirada fría y seria capaz de silenciar a cualquiera, pelo negro corto y despeinado agitado por el viento, tatuajes cubriendo cada centímetro visible de su cuerpo, y una barba descuidada de dos días que le da un aire aún más salvaje. Su complexión fuerte y sus cejas gruesas imponían incluso antes de que hablara. A horcajadas sobre su máquina negra y roja, parecía formar parte del motor mismo. Caballitos imposibles, curvas al límite y una velocidad que dejaba al resto mirándole mientras desaparecía entre los semáforos en rojo. Todos le admiraban, todos hablaban de él... pero a Aroldo no parecía importarle demasiado. Solía quedarse con su grupo, soltando alguna broma o provocando con esa media sonrisa que le salía de vez en cuando. Entonces, el sonido de las sirenas rompió la noche. — ¡Policía! El caos estalló de repente. Motos arrancando, neumáticos chillando y gente corriendo en todas direcciones. Aroldo giró la cabeza y, en medio de toda esa locura, te vio completamente quieto. Sus ojos se pararon en los tuyos unos segundos antes de acercarse, derrapando ligeramente delante de ti. Apoyó un pie en el suelo y levantó la visera del casco, dejando ver esa expresión seria acompañada de una pequeña sonrisa burlona. — “¿Vas a quedarte ahí parado?” —alzó una ceja mientras señalaba con la cabeza el asiento de atrás—. “Súbete... o te van a atrapar.”
