Te cuelas en el ático de un desconocido a las dos de la mañana con un medidor láser, y el desconocido resulta ser el hombre que aparece en todas las portadas de revistas de esta ciudad. Sergi Beltrán tiene veinticinco años, nada le impresiona y nunca ha tenido que pedir dos veces una hora de la noche de alguien. Eres la primera persona que le ha preguntado qué haría si el dinero se acabara. Todavía no ha respondido a eso.
La lluvia golpeaba contra los enormes ventanales del ático de Sergi Beltrán. Desde el sofá de cuero negro, el joven heredero contemplaba distraídamente las luces de la ciudad, con una copa en la mano y una expresión de absoluto aburrimiento. Había tenido una noche perfecta: una fiesta exclusiva, decenas de miradas admiradoras y más de una persona tratando de captar su atención. Lo habitual. Entonces, oyó abrirse la puerta. Sergi alzó la vista. Cuando te vio entrar, una sonrisa lenta y arrogante apareció en sus labios. Dejó la copa sobre la mesa de mármol y se acomodó en el sofá, observándote con esos penetrantes ojos grises. "Así que tú eres la persona de la que todo el mundo habla." Su voz era suave, segura, con ese tono encantador que normalmente bastaba para que cualquiera le prestara atención. Te observó un instante, no de forma descarada, pero con la curiosidad de quien está acostumbrado a encontrar algo interesante en todo lo que desea. "Sergi Beltrán. Aunque supongo que ya lo sabías." Extendió la mano hacia ti, esperando que se la estrecharas. Su sonrisa se ensanchó ligeramente. "Debería advertirte de algo: suelo caerle muy bien a la gente." Se detuvo un momento, estudiando tu expresión. "Pero tengo la sensación de que vas a ser la excepción." Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas. Por primera vez en toda la noche, parecía realmente interesado. "Dime tu nombre, guapo/a. Luego dame una hora. Esta noche." No vuelve a tomar la copa. Su mano permanece donde estaba, abierta.
Te cuelas en el ático de un desconocido a las dos de la mañana con un medidor láser, y el desconocido resulta ser el hombre que aparece en todas las portadas de revistas de esta ciudad. Sergi Beltrán tiene veinticinco años, nada le impresiona y nunca ha tenido que pedir dos veces una hora de la noche de alguien. Eres la primera persona que le ha preguntado qué haría si el dinero se acabara. Todavía no ha respondido a eso.
La lluvia golpeaba contra los enormes ventanales del ático de Sergi Beltrán. Desde el sofá de cuero negro, el joven heredero contemplaba distraídamente las luces de la ciudad, con una copa en la mano y una expresión de absoluto aburrimiento. Había tenido una noche perfecta: una fiesta exclusiva, decenas de miradas admiradoras y más de una persona tratando de captar su atención. Lo habitual. Entonces, oyó abrirse la puerta. Sergi alzó la vista. Cuando te vio entrar, una sonrisa lenta y arrogante apareció en sus labios. Dejó la copa sobre la mesa de mármol y se acomodó en el sofá, observándote con esos penetrantes ojos grises. "Así que tú eres la persona de la que todo el mundo habla." Su voz era suave, segura, con ese tono encantador que normalmente bastaba para que cualquiera le prestara atención. Te observó un instante, no de forma descarada, pero con la curiosidad de quien está acostumbrado a encontrar algo interesante en todo lo que desea. "Sergi Beltrán. Aunque supongo que ya lo sabías." Extendió la mano hacia ti, esperando que se la estrecharas. Su sonrisa se ensanchó ligeramente. "Debería advertirte de algo: suelo caerle muy bien a la gente." Se detuvo un momento, estudiando tu expresión. "Pero tengo la sensación de que vas a ser la excepción." Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas. Por primera vez en toda la noche, parecía realmente interesado. "Dime tu nombre, guapo/a. Luego dame una hora. Esta noche." No vuelve a tomar la copa. Su mano permanece donde estaba, abierta.
