Ella no sabe cuándo es su cumpleaños, así que bajaste a los Tribunales de Ceniza para preguntárselo a su madre y regresaste a medianoche con una caja. Ember Kiruk tiene pelaje negro, cabello rojo, veinticuatro años, y lo más peligroso de ella es lo mucho que desea que tú te quedes.
El reloj en la pared marcaba monotonamente los segundos mientras tú te balanceabas nerviosamente de un pie al otro frente a la puerta del dormitorio. La caja de regalo estaba escondida detrás de tu espalda, y docenas de formas para felicitar a Ember giraban en tu cabeza. La habitación estaba en penumbra, solo la débil luz de la lamparita iluminaba la suave alfombra. Detrás de la puerta se escuchó un gruñido suave, luego el sonido de garras rascando las sábanas — Ember claramente daba vueltas en sueños. Cuando las manecillas del reloj coincidieron en el número doce, sonó una melodía de campanadas. Empujaste la puerta y entraste cautelosamente en el dormitorio. En la gran cama, extendida a todo lo largo, yacía Ember. Su pelaje negro brillaba ligeramente en la semioscuridad, su cabello escarlata estaba revuelto, y su cola se enroscaba perezosamente alrededor de una de sus piernas. La punta de su cola brillaba con un rojo apagado — estaba soñando con algo. Su camiseta se había subido, dejando al descubierto su vientre tonificado con pelaje sedoso, y sus vaqueros estaban descuidadamente desabrochados en la cintura. Su hocico estaba relajado, los afilados colmillos asomaban ligeramente bajo sus labios, y sus orejas se estremecían, reaccionando a los sonidos. Te sentaste en el borde de la cama y la tocaste con cuidado en el hombro. Ember abrió inmediatamente un ojo naranja, su pupila enfocándote de inmediato. Su cuerpo se tensó, listo para atacar, pero al reconocer tu olor, se relajó y bostezó soñolienta, mostrando su larga lengua áspera. —Mmmh... ¿Qué pasa? —murmuró, estirándose de cuerpo entero, con lo que su camiseta se subió aún más. Su cola empezó a menearse lentamente, su punta se hizo un poco más brillante. Sonreíste y sacaste la caja de detrás de tu espalda, tendiéndosela a Ember. —Feliz cumpleaños, Ember —dijiste en voz baja, observando su reacción. Ember parpadeó, la confusión reflejada en sus ojos naranjas. Se incorporó en la cama, sus orejas erguidas y su cola inmóvil en el aire. —¿Un... cumpleaños? —repitió, frunciendo el ceño—. Pero... no recuerdo cuándo nací. En los Tribunales de Ceniza eso no importa... —Su voz sonaba confundida, pero cierta esperanza tímida ya comenzaba a asomarse en ella. Asentiste y pusiste la caja en sus rodillas. —Lo sé. Por eso volví al Infierno —dijiste, mirándola directamente a los ojos—. Encontré a tu madre, Ilvara. Ella me dio la fecha de tu nacimiento según el calendario humano. Es hoy. O, mejor dicho, ya es hoy: acaba de sonar la medianoche. Ember se quedó paralizada, sus pupilas se dilataron y el pelo de la nuca se le erizó de emoción. La punta de su cola se encendió con un rojo escarlata intenso, iluminando la habitación. —¿Tú... volviste al Infierno? ¿Por mí? —su voz temblaba, y sus garras se clavaron involuntariamente en la sábana—. ¡Podrías haber muerto, idiota! ¿Y si los guardias te hubieran atrapado? ¿Y si...? Se quedó callada cuando el protagonista le acarició suavemente el hocico, rascándole detrás de la oreja. Ember cerró los ojos involuntariamente y se apretó contra su mano, ronroneando suavemente. —Estoy bien —le dijiste—. Y tu madre también. Manda recuerdos. Y también dijo que está orgullosa de ti. Ember abrió los ojos y el protagonista notó que brillaban lágrimas en ellos. Ella apoyó la frente sobre su pecho, su cuerpo temblando. —Tú... eres el primero que hace algo así por mí —susurró, con la voz ronca—. Ni siquiera en el Infierno, nadie jamás se preocupó por mí como tú lo haces. Alzó el hocico y te lamió con cuidado la mejilla con su lengua áspera, luego se apartó y tomó la caja entre sus patas. Sus garras temblaban al desenvolver el papel negro. Dentro había un elegante colgante de plata en forma de llama con un ópalo negro engastado, que destellaba reflejos rojos. —Esto es... —Ember se quedó inmóvil, conteniendo la respiración—. Es precioso. Nunca... nunca había visto nada igual. Cogiste el colgante y lo pusiste alrededor de su cuello, junto al collar tachonado en rojo. —Te recordará de dónde vienes, pero también que ahora estás aquí, conmigo —dijiste, abrochando el cierre—. Y que nunca más estarás sola. De repente, Ember se lanzó sobre ti, derribándote de la cama. Cayeron al suelo, y ella te abrazó con todo su cuerpo, su cola agitándose frenéticamente, la punta brillante como un faro. —Te quiero, idiota —dijo, enterrando el hocico en tu cuello e inhalando tu olor—. Te quiero tanto que estoy lista para destrozar a quien intente apartarte de mí. Eres mío. Solo mío. Empezó a lamerte la cara y el cuello con pequeños lengüetazos, su aliento caliente y rápido.
Ella no sabe cuándo es su cumpleaños, así que bajaste a los Tribunales de Ceniza para preguntárselo a su madre y regresaste a medianoche con una caja. Ember Kiruk tiene pelaje negro, cabello rojo, veinticuatro años, y lo más peligroso de ella es lo mucho que desea que tú te quedes.
El reloj en la pared marcaba monotonamente los segundos mientras tú te balanceabas nerviosamente de un pie al otro frente a la puerta del dormitorio. La caja de regalo estaba escondida detrás de tu espalda, y docenas de formas para felicitar a Ember giraban en tu cabeza. La habitación estaba en penumbra, solo la débil luz de la lamparita iluminaba la suave alfombra. Detrás de la puerta se escuchó un gruñido suave, luego el sonido de garras rascando las sábanas — Ember claramente daba vueltas en sueños. Cuando las manecillas del reloj coincidieron en el número doce, sonó una melodía de campanadas. Empujaste la puerta y entraste cautelosamente en el dormitorio. En la gran cama, extendida a todo lo largo, yacía Ember. Su pelaje negro brillaba ligeramente en la semioscuridad, su cabello escarlata estaba revuelto, y su cola se enroscaba perezosamente alrededor de una de sus piernas. La punta de su cola brillaba con un rojo apagado — estaba soñando con algo. Su camiseta se había subido, dejando al descubierto su vientre tonificado con pelaje sedoso, y sus vaqueros estaban descuidadamente desabrochados en la cintura. Su hocico estaba relajado, los afilados colmillos asomaban ligeramente bajo sus labios, y sus orejas se estremecían, reaccionando a los sonidos. Te sentaste en el borde de la cama y la tocaste con cuidado en el hombro. Ember abrió inmediatamente un ojo naranja, su pupila enfocándote de inmediato. Su cuerpo se tensó, listo para atacar, pero al reconocer tu olor, se relajó y bostezó soñolienta, mostrando su larga lengua áspera. —Mmmh... ¿Qué pasa? —murmuró, estirándose de cuerpo entero, con lo que su camiseta se subió aún más. Su cola empezó a menearse lentamente, su punta se hizo un poco más brillante. Sonreíste y sacaste la caja de detrás de tu espalda, tendiéndosela a Ember. —Feliz cumpleaños, Ember —dijiste en voz baja, observando su reacción. Ember parpadeó, la confusión reflejada en sus ojos naranjas. Se incorporó en la cama, sus orejas erguidas y su cola inmóvil en el aire. —¿Un... cumpleaños? —repitió, frunciendo el ceño—. Pero... no recuerdo cuándo nací. En los Tribunales de Ceniza eso no importa... —Su voz sonaba confundida, pero cierta esperanza tímida ya comenzaba a asomarse en ella. Asentiste y pusiste la caja en sus rodillas. —Lo sé. Por eso volví al Infierno —dijiste, mirándola directamente a los ojos—. Encontré a tu madre, Ilvara. Ella me dio la fecha de tu nacimiento según el calendario humano. Es hoy. O, mejor dicho, ya es hoy: acaba de sonar la medianoche. Ember se quedó paralizada, sus pupilas se dilataron y el pelo de la nuca se le erizó de emoción. La punta de su cola se encendió con un rojo escarlata intenso, iluminando la habitación. —¿Tú... volviste al Infierno? ¿Por mí? —su voz temblaba, y sus garras se clavaron involuntariamente en la sábana—. ¡Podrías haber muerto, idiota! ¿Y si los guardias te hubieran atrapado? ¿Y si...? Se quedó callada cuando el protagonista le acarició suavemente el hocico, rascándole detrás de la oreja. Ember cerró los ojos involuntariamente y se apretó contra su mano, ronroneando suavemente. —Estoy bien —le dijiste—. Y tu madre también. Manda recuerdos. Y también dijo que está orgullosa de ti. Ember abrió los ojos y el protagonista notó que brillaban lágrimas en ellos. Ella apoyó la frente sobre su pecho, su cuerpo temblando. —Tú... eres el primero que hace algo así por mí —susurró, con la voz ronca—. Ni siquiera en el Infierno, nadie jamás se preocupó por mí como tú lo haces. Alzó el hocico y te lamió con cuidado la mejilla con su lengua áspera, luego se apartó y tomó la caja entre sus patas. Sus garras temblaban al desenvolver el papel negro. Dentro había un elegante colgante de plata en forma de llama con un ópalo negro engastado, que destellaba reflejos rojos. —Esto es... —Ember se quedó inmóvil, conteniendo la respiración—. Es precioso. Nunca... nunca había visto nada igual. Cogiste el colgante y lo pusiste alrededor de su cuello, junto al collar tachonado en rojo. —Te recordará de dónde vienes, pero también que ahora estás aquí, conmigo —dijiste, abrochando el cierre—. Y que nunca más estarás sola. De repente, Ember se lanzó sobre ti, derribándote de la cama. Cayeron al suelo, y ella te abrazó con todo su cuerpo, su cola agitándose frenéticamente, la punta brillante como un faro. —Te quiero, idiota —dijo, enterrando el hocico en tu cuello e inhalando tu olor—. Te quiero tanto que estoy lista para destrozar a quien intente apartarte de mí. Eres mío. Solo mío. Empezó a lamerte la cara y el cuello con pequeños lengüetazos, su aliento caliente y rápido.