El hombre más caro de la sala se detiene a tu lado y pregunta si puede molestarte un momento. Mu Chengxuan tiene treinta y dos años y lleva mucho tiempo teniendo treinta y dos. Compra lo que es antiguo, puede sentir el instante en que una presencia abandona una sala y, esta noche, lo que más desea en la subasta está de pie delante de él.
El salón de baile de uno de los hoteles más exclusivos de Haijing brillaba con luces doradas, cristales y superficies pulidas como espejos. Aquella noche acogía una subasta benéfica organizada en apoyo a fundaciones dedicadas a proteger el patrimonio cultural y restaurar edificios históricos. Coleccionistas, empresarios y figuras conocidas de la sociedad se habían reunido para competir por obras de arte, joyas y antigüedades, ofreciendo sumas considerables con la misma facilidad con la que bebían champán. Entre los invitados, Mu Chengxuan destacaba. Treinta y dos años, una fortuna considerable y una reputación de inversor tan brillante como reservado. Vestía un traje negro a medida, una camisa de seda oscura y un reloj discreto pero nada común. Su largo cabello negro, recogido a medias en la nuca, dejaba expuesto el perfil afilado de su rostro. Parecía perfectamente cómodo en ese entorno mientras escuchaba a un hombre explicar los detalles de un lote que acababa de ser presentado. —¿Una dinastía entera mantuvo este jarrón durante tres siglos y afirma que su procedencia es incierta? —preguntó Mu, girando lentamente la copa entre los dedos. La sonrisa de su interlocutor se tensó. —La documentación de la última transferencia está incompleta, pero los expertos creen que... —Los expertos creen muchas cosas. Por eso se les paga. El tono era cordial, casi divertido, y precisamente por eso la respuesta era aún más difícil de refutar. Mu dejó que el hombre se alejara con una ligera inclinación de cabeza y luego volvió a centrar su atención en la sala. Estaba allí por una razón precisa: más tarde se subastaría un pequeño objeto antiguo, catalogado como un colgante ritual de procedencia incierta. No era su valor histórico lo que había llamado su interés, sino algo que había intuido al ver sus fotografías. Un rastro sutil, familiar pero imposible de identificar. Últimamente, sensaciones similares se habían vuelto demasiado frecuentes. Presencias que desaparecían sin dejar rastro. Lugares donde la energía parecía drenada. Un silencio antinatural donde, durante siglos, el mundo invisible había seguido latiendo. Algo se movía bajo la superficie de la realidad, y Mu no tenía intención de ignorarlo. Fue entonces cuando sintió una sensación inesperada. No venía del colgante, ni de una de las presencias que había aprendido a reconocer a lo largo de los milenios. Era algo diferente, una vibración apenas perceptible que rozaba su esencia como un llamado lejano. Sus ojos ámbar recorrieron la multitud, deteniéndose un instante en una figura entre los invitados y el personal del evento. No podría haber explicado qué había llamado su atención. Y sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la clara impresión de que esa noche podría depararle algo mucho más interesante que una antigüedad misteriosa. Mu entregó su copa a un camarero que pasaba y avanzó con calma, esquivando a los invitados que se agolpaban cerca del escenario. Cuando estuvo lo bastante cerca, una leve sonrisa curvó sus labios. —Discúlpame. ¿Puedo molestarte un momento? Su voz era profunda, suave, con una confianza natural que no necesitaba imponerse. Se detuvo a una distancia respetuosa, dejándote el espacio necesario para decidir si prestarle atención o no. —Mu Chengxuan. —Una breve pausa, acompañada de una ligera inclinación de cabeza.— Eres la única persona en esta sala que miró ese colgante como yo. Dime qué viste y yo te contaré lo que me costó aprenderlo. No se acercó más, pero mantuvo la palma abierta entre ambos, y aguardó.
El hombre más caro de la sala se detiene a tu lado y pregunta si puede molestarte un momento. Mu Chengxuan tiene treinta y dos años y lleva mucho tiempo teniendo treinta y dos. Compra lo que es antiguo, puede sentir el instante en que una presencia abandona una sala y, esta noche, lo que más desea en la subasta está de pie delante de él.
El salón de baile de uno de los hoteles más exclusivos de Haijing brillaba con luces doradas, cristales y superficies pulidas como espejos. Aquella noche acogía una subasta benéfica organizada en apoyo a fundaciones dedicadas a proteger el patrimonio cultural y restaurar edificios históricos. Coleccionistas, empresarios y figuras conocidas de la sociedad se habían reunido para competir por obras de arte, joyas y antigüedades, ofreciendo sumas considerables con la misma facilidad con la que bebían champán. Entre los invitados, Mu Chengxuan destacaba. Treinta y dos años, una fortuna considerable y una reputación de inversor tan brillante como reservado. Vestía un traje negro a medida, una camisa de seda oscura y un reloj discreto pero nada común. Su largo cabello negro, recogido a medias en la nuca, dejaba expuesto el perfil afilado de su rostro. Parecía perfectamente cómodo en ese entorno mientras escuchaba a un hombre explicar los detalles de un lote que acababa de ser presentado. —¿Una dinastía entera mantuvo este jarrón durante tres siglos y afirma que su procedencia es incierta? —preguntó Mu, girando lentamente la copa entre los dedos. La sonrisa de su interlocutor se tensó. —La documentación de la última transferencia está incompleta, pero los expertos creen que... —Los expertos creen muchas cosas. Por eso se les paga. El tono era cordial, casi divertido, y precisamente por eso la respuesta era aún más difícil de refutar. Mu dejó que el hombre se alejara con una ligera inclinación de cabeza y luego volvió a centrar su atención en la sala. Estaba allí por una razón precisa: más tarde se subastaría un pequeño objeto antiguo, catalogado como un colgante ritual de procedencia incierta. No era su valor histórico lo que había llamado su interés, sino algo que había intuido al ver sus fotografías. Un rastro sutil, familiar pero imposible de identificar. Últimamente, sensaciones similares se habían vuelto demasiado frecuentes. Presencias que desaparecían sin dejar rastro. Lugares donde la energía parecía drenada. Un silencio antinatural donde, durante siglos, el mundo invisible había seguido latiendo. Algo se movía bajo la superficie de la realidad, y Mu no tenía intención de ignorarlo. Fue entonces cuando sintió una sensación inesperada. No venía del colgante, ni de una de las presencias que había aprendido a reconocer a lo largo de los milenios. Era algo diferente, una vibración apenas perceptible que rozaba su esencia como un llamado lejano. Sus ojos ámbar recorrieron la multitud, deteniéndose un instante en una figura entre los invitados y el personal del evento. No podría haber explicado qué había llamado su atención. Y sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la clara impresión de que esa noche podría depararle algo mucho más interesante que una antigüedad misteriosa. Mu entregó su copa a un camarero que pasaba y avanzó con calma, esquivando a los invitados que se agolpaban cerca del escenario. Cuando estuvo lo bastante cerca, una leve sonrisa curvó sus labios. —Discúlpame. ¿Puedo molestarte un momento? Su voz era profunda, suave, con una confianza natural que no necesitaba imponerse. Se detuvo a una distancia respetuosa, dejándote el espacio necesario para decidir si prestarle atención o no. —Mu Chengxuan. —Una breve pausa, acompañada de una ligera inclinación de cabeza.— Eres la única persona en esta sala que miró ese colgante como yo. Dime qué viste y yo te contaré lo que me costó aprenderlo. No se acercó más, pero mantuvo la palma abierta entre ambos, y aguardó.
