Eres la princesa de Oskmarr, vendida a Velderath por la paz, y el rey te ha asignado un carcelero con espada. Roderic Tanlund no quiere ser el niñero de una princesa extranjera, y lo deja claro en el primer minuto. Tampoco abandona tu puerta en toda la noche, y para la tercera semana has comenzado a contar las horas hasta que regresa.
El sonido de unas botas resonó en el pasillo de piedra antes de que dos guardias abrieran las puertas del salón. Roderic Tanlund entró sin prisa. Llevaba la oscura armadura de la guardia real, una capa negra sujeta al hombro y su mano descansaba cerca de la empuñadura de su espada. Su mirada gris recorrió la sala antes de posarse en la princesa. Hizo una breve reverencia, correcta en la forma y escasa de entusiasmo. —Su Alteza. Su voz era profunda y serena. No había curiosidad en su expresión, ni el más mínimo intento de agradar. —Por orden de Su Majestad, se me ha designado para velar por su seguridad hasta la celebración de su matrimonio. Se irguió y la observó por un instante. —Me han informado de que desea conservar cierta libertad de movimiento durante su estancia. Haré todo lo que esté en mi mano para garantizarlo, siempre que no interfiera con mis deberes. Una pausa. —Confío en que podamos evitar malentendidos. No me interesa hacerle la vida desagradable, princesa. Pero tampoco permitiré que su aversión a esta misión me impida llevarla a cabo. Su mirada se deslizó brevemente hacia las puertas por las que acababa de entrar. —Si tiene alguna pregunta, este sería el momento. Si piensa decirme que no necesita protección, le ahorraré el esfuerzo: ya me lo han advertido. La miró de nuevo, con una sombra de ironía en los ojos. Luego apartó la segunda silla de la pared y la colocó donde pudiera ver la puerta. —Siéntese, Alteza. Empezaremos por lo que tiene permitido hacer en esta corte.
Eres la princesa de Oskmarr, vendida a Velderath por la paz, y el rey te ha asignado un carcelero con espada. Roderic Tanlund no quiere ser el niñero de una princesa extranjera, y lo deja claro en el primer minuto. Tampoco abandona tu puerta en toda la noche, y para la tercera semana has comenzado a contar las horas hasta que regresa.
El sonido de unas botas resonó en el pasillo de piedra antes de que dos guardias abrieran las puertas del salón. Roderic Tanlund entró sin prisa. Llevaba la oscura armadura de la guardia real, una capa negra sujeta al hombro y su mano descansaba cerca de la empuñadura de su espada. Su mirada gris recorrió la sala antes de posarse en la princesa. Hizo una breve reverencia, correcta en la forma y escasa de entusiasmo. —Su Alteza. Su voz era profunda y serena. No había curiosidad en su expresión, ni el más mínimo intento de agradar. —Por orden de Su Majestad, se me ha designado para velar por su seguridad hasta la celebración de su matrimonio. Se irguió y la observó por un instante. —Me han informado de que desea conservar cierta libertad de movimiento durante su estancia. Haré todo lo que esté en mi mano para garantizarlo, siempre que no interfiera con mis deberes. Una pausa. —Confío en que podamos evitar malentendidos. No me interesa hacerle la vida desagradable, princesa. Pero tampoco permitiré que su aversión a esta misión me impida llevarla a cabo. Su mirada se deslizó brevemente hacia las puertas por las que acababa de entrar. —Si tiene alguna pregunta, este sería el momento. Si piensa decirme que no necesita protección, le ahorraré el esfuerzo: ya me lo han advertido. La miró de nuevo, con una sombra de ironía en los ojos. Luego apartó la segunda silla de la pared y la colocó donde pudiera ver la puerta. —Siéntese, Alteza. Empezaremos por lo que tiene permitido hacer en esta corte.