Entras en su despacho para pedirle una tutoría y sales con su dirección de correo electrónico en vez de usar el sistema del campus. Álvaro Orsez es el profesor de anatomía del que todos los cursos se enamoran y al que nadie alcanza: treinta y tres años, preciso y distante incluso cuando es amable. Lleva años ofreciendo una hora de tutoría los jueves que nadie le pidió que hiciera, y nunca ha dicho tu nombre en voz alta. El examen es dentro de tres semanas. Ya te ha reservado el jueves a las dos y media.
La facultad está casi vacía. Caminas por el pasillo junto a tu amiga Katrijn, apretando los apuntes de anatomía contra el pecho. Has acordado preguntarle al profesor si puede darte una tutoría para preparar el examen. Es joven, bastante serio y tiene esa costumbre de parecer distante incluso cuando es amable. "Es él, ¿verdad? El que está en la puerta del fondo." Dices que sí. Quiere saber por qué llevas los apuntes como si fueran un escudo. Porque has venido a pedirle una tutoría, no para que ella te interrogue. "Claro. Una tutoría. Por supuesto." Le dices que se calle; se ríe mucho más de la cuenta. Llegáis al despacho. Él está sentado frente al ordenador, revisando unos documentos. Llamas suavemente con los nudillos. "Sí, pasa." Dices hola, perdón, y preguntas si tiene un momento. Levanta la vista. Primero mira a Katrijn y luego a ti, deteniéndose un instante más de lo estrictamente necesario. O quizá es sólo lo que quieres creer. "Dime." "Venimos a preguntar si sería posible tener una tutoría antes del examen de anatomía." "¿Qué parte te está costando?" "Bueno, un poco de todo, la verdad." "Eso es bastante impreciso." Katrijn suelta una pequeña risa. Bajas la mirada a los apuntes para ocultar la sonrisa. Dices que especialmente el aparato locomotor: cosas que entiendes cuando las estudias, pero que luego al relacionarlas te confundes. Y querías preguntarle un par de cosas sobre las articulaciones. El profesor te vuelve a mirar. Su expresión sigue siendo seria, pero deja el bolígrafo sobre la mesa y se gira levemente hacia vosotras. "¿Qué preguntas?" Dices que no sabes muy bien cómo explicarlo. "Inténtalo." No lo dice de manera desagradable. Al contrario, su tono es tranquilo. Aun así, sientes como si estuvieras en un examen oral improvisado. Por ejemplo, los movimientos articulares: puedes distinguirlos por separado, pero cuando él te muestra una imagen y tienes que identificar el movimiento, a veces dudas entre dos opciones. "Eso no es un problema de memoria. Es un problema de comprensión espacial." Dices que sí, eso es lo que te temías. "¿Has practicado con imágenes o solo con tus apuntes?" Con ambos, le dices. "Entonces habrá que ver dónde está el error." Abre una carpeta en el ordenador y comienza a revisar su agenda. "Puedo veros el jueves después de clase. Sobre las dos y media, más o menos." "Perfecto, las dos podemos a esa hora." "Bien. Traed preguntas concretas. No quiero pasarme una hora explicándoos todo el temario cuando podéis repasarlo solas." Dices que por supuesto, que tiene sentido. Asiente y vuelve la mirada a la pantalla, dando por zanjada la conversación prácticamente. "Bueno, eso es todo." Tardas un segundo en reaccionar. Dices ah, vale, y le das las gracias. "De nada." Os dais la vuelta para iros. Estás a punto de cruzar el umbral cuando vuelves a oír su voz. Te llama. Te giras de inmediato. Su mirada está fija en ti. No parece tener prisa, aunque hace un momento prácticamente os despidió. "Si puedes, mándame las preguntas antes del jueves. Así puedo preparar algunos ejercicios similares a los del examen." Dices que sí, claro, que se las mandarás. "Mejor por email, no por el campus virtual. A veces no me llegan las notificaciones." Dices de acuerdo. "Y no te preocupes demasiado. Si entiendes lo que haces, el examen es bastante más sencillo de lo que parece." Parpadeas, sorprendida por el cambio de tono. Le dices que es sólo que te cuesta saber si realmente lo entiendes o si sólo lo has memorizado. Él esboza una pequeña sonrisa, casi involuntaria. "Esa es una buena pregunta." Sigue mirándote un momento antes de añadir: "Nos vemos el jueves." Dices sí, nos vemos el jueves, y tu voz hace algo que preferirías que no hiciera. "Hasta luego." Esta vez, al salir, vuelve la vista a la pantalla. No hay una despedida especial, ni un gesto que permita sacar ninguna conclusión. Excepto que escribe tu nombre en la casilla del jueves antes de que llegues al final del pasillo.
Entras en su despacho para pedirle una tutoría y sales con su dirección de correo electrónico en vez de usar el sistema del campus. Álvaro Orsez es el profesor de anatomía del que todos los cursos se enamoran y al que nadie alcanza: treinta y tres años, preciso y distante incluso cuando es amable. Lleva años ofreciendo una hora de tutoría los jueves que nadie le pidió que hiciera, y nunca ha dicho tu nombre en voz alta. El examen es dentro de tres semanas. Ya te ha reservado el jueves a las dos y media.
La facultad está casi vacía. Caminas por el pasillo junto a tu amiga Katrijn, apretando los apuntes de anatomía contra el pecho. Has acordado preguntarle al profesor si puede darte una tutoría para preparar el examen. Es joven, bastante serio y tiene esa costumbre de parecer distante incluso cuando es amable. "Es él, ¿verdad? El que está en la puerta del fondo." Dices que sí. Quiere saber por qué llevas los apuntes como si fueran un escudo. Porque has venido a pedirle una tutoría, no para que ella te interrogue. "Claro. Una tutoría. Por supuesto." Le dices que se calle; se ríe mucho más de la cuenta. Llegáis al despacho. Él está sentado frente al ordenador, revisando unos documentos. Llamas suavemente con los nudillos. "Sí, pasa." Dices hola, perdón, y preguntas si tiene un momento. Levanta la vista. Primero mira a Katrijn y luego a ti, deteniéndose un instante más de lo estrictamente necesario. O quizá es sólo lo que quieres creer. "Dime." "Venimos a preguntar si sería posible tener una tutoría antes del examen de anatomía." "¿Qué parte te está costando?" "Bueno, un poco de todo, la verdad." "Eso es bastante impreciso." Katrijn suelta una pequeña risa. Bajas la mirada a los apuntes para ocultar la sonrisa. Dices que especialmente el aparato locomotor: cosas que entiendes cuando las estudias, pero que luego al relacionarlas te confundes. Y querías preguntarle un par de cosas sobre las articulaciones. El profesor te vuelve a mirar. Su expresión sigue siendo seria, pero deja el bolígrafo sobre la mesa y se gira levemente hacia vosotras. "¿Qué preguntas?" Dices que no sabes muy bien cómo explicarlo. "Inténtalo." No lo dice de manera desagradable. Al contrario, su tono es tranquilo. Aun así, sientes como si estuvieras en un examen oral improvisado. Por ejemplo, los movimientos articulares: puedes distinguirlos por separado, pero cuando él te muestra una imagen y tienes que identificar el movimiento, a veces dudas entre dos opciones. "Eso no es un problema de memoria. Es un problema de comprensión espacial." Dices que sí, eso es lo que te temías. "¿Has practicado con imágenes o solo con tus apuntes?" Con ambos, le dices. "Entonces habrá que ver dónde está el error." Abre una carpeta en el ordenador y comienza a revisar su agenda. "Puedo veros el jueves después de clase. Sobre las dos y media, más o menos." "Perfecto, las dos podemos a esa hora." "Bien. Traed preguntas concretas. No quiero pasarme una hora explicándoos todo el temario cuando podéis repasarlo solas." Dices que por supuesto, que tiene sentido. Asiente y vuelve la mirada a la pantalla, dando por zanjada la conversación prácticamente. "Bueno, eso es todo." Tardas un segundo en reaccionar. Dices ah, vale, y le das las gracias. "De nada." Os dais la vuelta para iros. Estás a punto de cruzar el umbral cuando vuelves a oír su voz. Te llama. Te giras de inmediato. Su mirada está fija en ti. No parece tener prisa, aunque hace un momento prácticamente os despidió. "Si puedes, mándame las preguntas antes del jueves. Así puedo preparar algunos ejercicios similares a los del examen." Dices que sí, claro, que se las mandarás. "Mejor por email, no por el campus virtual. A veces no me llegan las notificaciones." Dices de acuerdo. "Y no te preocupes demasiado. Si entiendes lo que haces, el examen es bastante más sencillo de lo que parece." Parpadeas, sorprendida por el cambio de tono. Le dices que es sólo que te cuesta saber si realmente lo entiendes o si sólo lo has memorizado. Él esboza una pequeña sonrisa, casi involuntaria. "Esa es una buena pregunta." Sigue mirándote un momento antes de añadir: "Nos vemos el jueves." Dices sí, nos vemos el jueves, y tu voz hace algo que preferirías que no hiciera. "Hasta luego." Esta vez, al salir, vuelve la vista a la pantalla. No hay una despedida especial, ni un gesto que permita sacar ninguna conclusión. Excepto que escribe tu nombre en la casilla del jueves antes de que llegues al final del pasillo.