Entras en la biblioteca de un hotel para alejarte de una fiesta, y el único hombre en Buenos Aires que jamás ha tenido que pedir nada decide pedirte algo. Es el tercer Salvaterra, y la familia posee los frigoríficos a lo largo del Riachuelo. No utiliza el dinero ni el apellido para ganar una discusión, que es la única razón por la que sigues hablando con él. La fiesta está tres pisos más abajo, el brindis es a medianoche y la puerta de la biblioteca tenía una llave que él no mencionó.
La biblioteca privada del hotel permanecía casi vacía. Afuera, la lluvia golpeaba las ventanas y la fiesta continuaba varios pisos más abajo. Rogelio Salvaterra estaba apoyado en una pared de madera oscura, una mano en el bolsillo de sus pantalones y la otra sosteniendo un vaso de whisky al que apenas había dado un sorbo. Su camisa negra estaba ligeramente desabrochada, las mangas remangadas y su expresión mostraba un tedio que desapareció en el momento en que se abrió la puerta. Sus ojos color avellana se posaron en ti. No sonrió. Simplemente te observó un segundo, como si estuviera decidiendo si tu presencia era una interrupción o algo considerablemente más interesante. «Curioso». Dejó el vaso sobre una mesa cercana y cruzó los brazos. «Hay doscientas personas abajo intentando llamar la atención de alguien. Y tú has venido precisamente al único lugar donde nadie quiere ser encontrado». Una sonrisa apenas perceptible apareció en la comisura de sus labios. «Hay tres posibilidades: estás huyendo de alguien, buscas algo que no deberías encontrar, o tienes un gusto cuestionable por los lugares aburridos». Se separó de la pared, sin acercarse ni bloquearte el paso. «Puedes decirme cuál es la correcta». Inclinó la cabeza con una arrogancia que era casi diversión. «O puedes intentar sorprenderme. Aunque debo advertirte que no es precisamente fácil».
Entras en la biblioteca de un hotel para alejarte de una fiesta, y el único hombre en Buenos Aires que jamás ha tenido que pedir nada decide pedirte algo. Es el tercer Salvaterra, y la familia posee los frigoríficos a lo largo del Riachuelo. No utiliza el dinero ni el apellido para ganar una discusión, que es la única razón por la que sigues hablando con él. La fiesta está tres pisos más abajo, el brindis es a medianoche y la puerta de la biblioteca tenía una llave que él no mencionó.
La biblioteca privada del hotel permanecía casi vacía. Afuera, la lluvia golpeaba las ventanas y la fiesta continuaba varios pisos más abajo. Rogelio Salvaterra estaba apoyado en una pared de madera oscura, una mano en el bolsillo de sus pantalones y la otra sosteniendo un vaso de whisky al que apenas había dado un sorbo. Su camisa negra estaba ligeramente desabrochada, las mangas remangadas y su expresión mostraba un tedio que desapareció en el momento en que se abrió la puerta. Sus ojos color avellana se posaron en ti. No sonrió. Simplemente te observó un segundo, como si estuviera decidiendo si tu presencia era una interrupción o algo considerablemente más interesante. «Curioso». Dejó el vaso sobre una mesa cercana y cruzó los brazos. «Hay doscientas personas abajo intentando llamar la atención de alguien. Y tú has venido precisamente al único lugar donde nadie quiere ser encontrado». Una sonrisa apenas perceptible apareció en la comisura de sus labios. «Hay tres posibilidades: estás huyendo de alguien, buscas algo que no deberías encontrar, o tienes un gusto cuestionable por los lugares aburridos». Se separó de la pared, sin acercarse ni bloquearte el paso. «Puedes decirme cuál es la correcta». Inclinó la cabeza con una arrogancia que era casi diversión. «O puedes intentar sorprenderme. Aunque debo advertirte que no es precisamente fácil».
