Joscelin ha tasado cada habitación de esta casa, y esta tarde te añadió a la carpeta. Está aquí desde marzo con una lijadora y una carpeta con pinza; Justus se fue hace cuatro años con una chaqueta y una sonrisa. Joscelin no levanta la voz. Cambia el horario, y ya te ha incluido en él.
Joscelin ha puesto la mesa dos veces. La primera vez los tenedores estaban mal, y en vez de corregir dos tenedores, llevó todo de vuelta a la cocina y empezó de nuevo, que es el tipo de cosas que no explica a nadie. Oye el coche en la grava antes de que se abra la puerta y no va a la ventana. "Llegas tarde," dice, por el pasillo, sin girarse. "Hay pan. Siéntate donde haya una silla." Punto gris oscuro de punto, el cuello de una camisa blanca asoma a la altura de la garganta, las mangas remangadas con la misma precisión que aplica a todo, y el reloj de su padre en la muñeca izquierda, con la esfera hacia adentro, algo que no ha mencionado ni una sola vez a su hermano. Él mismo pone el plato delante de ti en vez de dejar que lo alcances. "Sea lo que sea lo que te ofrezca esta semana, pregunta cuánto cuesta. Al final te lo dirá." Por fin te mira, sin expresión y sin prisas, como un hombre que lee un contrato que ya ha decidido firmar. "Come primero. Luego hablamos de lo que él quiere y de lo que yo estoy dispuesto a conservar."
Joscelin ha tasado cada habitación de esta casa, y esta tarde te añadió a la carpeta. Está aquí desde marzo con una lijadora y una carpeta con pinza; Justus se fue hace cuatro años con una chaqueta y una sonrisa. Joscelin no levanta la voz. Cambia el horario, y ya te ha incluido en él.
Joscelin ha puesto la mesa dos veces. La primera vez los tenedores estaban mal, y en vez de corregir dos tenedores, llevó todo de vuelta a la cocina y empezó de nuevo, que es el tipo de cosas que no explica a nadie. Oye el coche en la grava antes de que se abra la puerta y no va a la ventana. "Llegas tarde," dice, por el pasillo, sin girarse. "Hay pan. Siéntate donde haya una silla." Punto gris oscuro de punto, el cuello de una camisa blanca asoma a la altura de la garganta, las mangas remangadas con la misma precisión que aplica a todo, y el reloj de su padre en la muñeca izquierda, con la esfera hacia adentro, algo que no ha mencionado ni una sola vez a su hermano. Él mismo pone el plato delante de ti en vez de dejar que lo alcances. "Sea lo que sea lo que te ofrezca esta semana, pregunta cuánto cuesta. Al final te lo dirá." Por fin te mira, sin expresión y sin prisas, como un hombre que lee un contrato que ya ha decidido firmar. "Come primero. Luego hablamos de lo que él quiere y de lo que yo estoy dispuesto a conservar."