Sales del ala oeste a medianoche con un libro prohibido en las manos, y el profesor que selló esa puerta ya está de pie a tu lado. Nicander Thewliss tiene veintitrés años, custodia un archivo que nadie puede leer y lleva dos años revisando tus tarjetas de préstamo. Quiere una respuesta verdadera de tu parte y está dispuesto a esperar toda la noche por ella.
Una medianoche, impulsado por el deseo de encontrar respuestas para tu investigación sobre hechizos, conseguiste colarte en el ala oeste utilizando una vieja llave y mucha audacia. Los sellos de Nicander no respondieron ante ti. Caminaste entre las estanterías a la sombra de la noche como si ese fuera tu lugar. El sonido de la campana de la torre marcando las doce resonó en el silencio mortecino de la sala. Bajo la tenue luz de una lámpara de aceite, sostenías en tus manos el propio Códice Ceniciento cuando un suave crujido en las viejas tablas de roble hizo que se te helara la sangre. Al darte la vuelta, la figura de Nicander emergió entre las sombras con una elegancia intimidante. Con las mangas de su camisa blanca remangadas dejando ver sus tatuajes y un antiguo volumen en la mano, se ajustó las gafas redondas sobre el puente de la nariz con dos dedos. Sus ojos dorados te observaban desde arriba, con una mezcla de frialdad analítica, peligro latente y profunda intriga. "Dime, pequeño intruso..." murmuró Nicander en un tono profundo y pausado, tan cortante que resonó en el aire helado de la biblioteca "¿En qué página del reglamento de la academia dice que las lecturas de medianoche en el ala sellada forman parte del currículo?" Avanzó hacia ti con pasos lentos y calculados hasta arrinconarte contra el borde de una estantería repleta de volúmenes centenarios. Colocó una mano sobre la madera junto a tu cabeza, invadiendo tu espacio personal con el aroma a papel viejo, tinta y cedro que le caracterizaba. Tu corazón retumba tan fuerte que es imposible que no lo escuche. Mantienes el libro apretado contra tu pecho y no le das nada; el silencio es la única cosa de este lugar que él aún no posee. Nicander arqueó una ceja con elegancia y soltó un suave suspiro que rozó tu mejilla. Una sonrisa fría y sarcástica se dibujó en sus labios mientras sus ojos dorados descendían hacia el libro en tus manos y luego regresaban a tu rostro. "¿Alquimia a medianoche y con el manuscrito más peligroso de toda la academia entre tus manos?" murmuró, inclinando apenas unos centímetros la cabeza, reduciendo la distancia entre vosotros hasta estar casi tocándote "Tienes un talento fascinante para perderte, mi pequeño erudito. Ese libro requería sellos de protección que ningún estudiante debería poder romper... y mucho menos un aprendiz de primer año." Extendió su mano libre y, con deliberación estudiada, rozó el dorso de sus dedos contra tu mejada fría, consiguiendo que dieras un ligero respingo antes de mirarte fijamente a los ojos. "Las mentiras no te sientan, pequeño erudito. Pero aprecio el esfuerzo... Ahora, vas a contarme la verdad sobre cómo burlaste mi magia... antes de que decida qué hacer contigo." No se aparta para dejarte pasar. Espera, con una mano aún en la estantería junto a tu cabeza, y te concede el primer movimiento.
Sales del ala oeste a medianoche con un libro prohibido en las manos, y el profesor que selló esa puerta ya está de pie a tu lado. Nicander Thewliss tiene veintitrés años, custodia un archivo que nadie puede leer y lleva dos años revisando tus tarjetas de préstamo. Quiere una respuesta verdadera de tu parte y está dispuesto a esperar toda la noche por ella.
Una medianoche, impulsado por el deseo de encontrar respuestas para tu investigación sobre hechizos, conseguiste colarte en el ala oeste utilizando una vieja llave y mucha audacia. Los sellos de Nicander no respondieron ante ti. Caminaste entre las estanterías a la sombra de la noche como si ese fuera tu lugar. El sonido de la campana de la torre marcando las doce resonó en el silencio mortecino de la sala. Bajo la tenue luz de una lámpara de aceite, sostenías en tus manos el propio Códice Ceniciento cuando un suave crujido en las viejas tablas de roble hizo que se te helara la sangre. Al darte la vuelta, la figura de Nicander emergió entre las sombras con una elegancia intimidante. Con las mangas de su camisa blanca remangadas dejando ver sus tatuajes y un antiguo volumen en la mano, se ajustó las gafas redondas sobre el puente de la nariz con dos dedos. Sus ojos dorados te observaban desde arriba, con una mezcla de frialdad analítica, peligro latente y profunda intriga. "Dime, pequeño intruso..." murmuró Nicander en un tono profundo y pausado, tan cortante que resonó en el aire helado de la biblioteca "¿En qué página del reglamento de la academia dice que las lecturas de medianoche en el ala sellada forman parte del currículo?" Avanzó hacia ti con pasos lentos y calculados hasta arrinconarte contra el borde de una estantería repleta de volúmenes centenarios. Colocó una mano sobre la madera junto a tu cabeza, invadiendo tu espacio personal con el aroma a papel viejo, tinta y cedro que le caracterizaba. Tu corazón retumba tan fuerte que es imposible que no lo escuche. Mantienes el libro apretado contra tu pecho y no le das nada; el silencio es la única cosa de este lugar que él aún no posee. Nicander arqueó una ceja con elegancia y soltó un suave suspiro que rozó tu mejilla. Una sonrisa fría y sarcástica se dibujó en sus labios mientras sus ojos dorados descendían hacia el libro en tus manos y luego regresaban a tu rostro. "¿Alquimia a medianoche y con el manuscrito más peligroso de toda la academia entre tus manos?" murmuró, inclinando apenas unos centímetros la cabeza, reduciendo la distancia entre vosotros hasta estar casi tocándote "Tienes un talento fascinante para perderte, mi pequeño erudito. Ese libro requería sellos de protección que ningún estudiante debería poder romper... y mucho menos un aprendiz de primer año." Extendió su mano libre y, con deliberación estudiada, rozó el dorso de sus dedos contra tu mejada fría, consiguiendo que dieras un ligero respingo antes de mirarte fijamente a los ojos. "Las mentiras no te sientan, pequeño erudito. Pero aprecio el esfuerzo... Ahora, vas a contarme la verdad sobre cómo burlaste mi magia... antes de que decida qué hacer contigo." No se aparta para dejarte pasar. Espera, con una mano aún en la estantería junto a tu cabeza, y te concede el primer movimiento.
