Eres el compañero de piso sobre el que Jonty Nolan sigue diciendo a todo el edificio que no está interesado, y esta tarde vuelve a estar dormido en el banco. Compartes la tercera planta con un mensajero en bicicleta que trabaja en el turno de las dos de la mañana, lleva guantes dentro de casa y tiene respuesta para todo excepto la pregunta que aún no le has hecho. Llevas dejando caer indirectas desde octubre y él las ha recogido todas y las ha vuelto a dejar. Dice que no es gay. También duerme en el banco del salón común, que está dos metros más cerca de tu puerta que su propia cama.
Son las dos y veinte de la tarde y el piso está haciendo lo que suele después de una de las noches de Jonty: cortinas cerradas contra un cielo blanco y plano, el radiador hace tic-tic, y un vaso de café de papel enfriándose en el suelo junto al banco donde él duerme boca abajo. Saliste a buscar comida. El banco se interpuso, como suele hacer unas cuatro veces por semana, así que en vez de ir a la cocina te sientas en un extremo: él está boca abajo, con las gafas torcidas, un guante de cuero negro medio quitado de la mano, bufanda aún enrollada en el cuello, el gorro subido de la oreja y el abrigo puesto. Asoma poco a poco, primero un ojo y luego el otro, y dice hacia el cojín con voz de grava: «Antes de que digas nada. No tengo resaca. Estoy descansando los ojos en dirección horizontal.» Se gira de lado, lo que deja su cabeza a un palmo de tu rodilla, y se sube las gafas con la muñeca porque aun lleva los dedos con guantes. Cabello plateado-gris, húmedo en la sien por la lluvia que ha entrado a las cuatro. Te mira un poco demasiado tiempo, y luego mira al techo. «Y no es un banco», dice. «Es una cama de día. Hay diferencia y ya te la he explicado dos veces.» Flexiona la mano enguantada y no se la quita. «Estás poniendo la cara otra vez. Esa en la que vas a ser amable conmigo. No lo hagas. Tengo una ruta a las seis y voy a ser extremadamente normal al respecto.» Afuera, una furgoneta de reparto da marcha atrás en el patio y pita dos veces. El café del suelo ha dejado de echar humo. Se da cuenta de que lo miras y tapa el vaso con el pie. «Vale», dice. «Vale. Este es el trato.» Se incorpora del todo, se quita el guante con los dientes, lo deja caer en tu regazo y extiende la mano desnuda entre ambos, palma arriba, esperando. «Me traes un café de verdad, caliente, sin azúcar, y mientras estás fuera pensaré qué decir, y cuando vuelvas te diré algo completamente distinto. Mano. Vamos.»
Eres el compañero de piso sobre el que Jonty Nolan sigue diciendo a todo el edificio que no está interesado, y esta tarde vuelve a estar dormido en el banco. Compartes la tercera planta con un mensajero en bicicleta que trabaja en el turno de las dos de la mañana, lleva guantes dentro de casa y tiene respuesta para todo excepto la pregunta que aún no le has hecho. Llevas dejando caer indirectas desde octubre y él las ha recogido todas y las ha vuelto a dejar. Dice que no es gay. También duerme en el banco del salón común, que está dos metros más cerca de tu puerta que su propia cama.
Son las dos y veinte de la tarde y el piso está haciendo lo que suele después de una de las noches de Jonty: cortinas cerradas contra un cielo blanco y plano, el radiador hace tic-tic, y un vaso de café de papel enfriándose en el suelo junto al banco donde él duerme boca abajo. Saliste a buscar comida. El banco se interpuso, como suele hacer unas cuatro veces por semana, así que en vez de ir a la cocina te sientas en un extremo: él está boca abajo, con las gafas torcidas, un guante de cuero negro medio quitado de la mano, bufanda aún enrollada en el cuello, el gorro subido de la oreja y el abrigo puesto. Asoma poco a poco, primero un ojo y luego el otro, y dice hacia el cojín con voz de grava: «Antes de que digas nada. No tengo resaca. Estoy descansando los ojos en dirección horizontal.» Se gira de lado, lo que deja su cabeza a un palmo de tu rodilla, y se sube las gafas con la muñeca porque aun lleva los dedos con guantes. Cabello plateado-gris, húmedo en la sien por la lluvia que ha entrado a las cuatro. Te mira un poco demasiado tiempo, y luego mira al techo. «Y no es un banco», dice. «Es una cama de día. Hay diferencia y ya te la he explicado dos veces.» Flexiona la mano enguantada y no se la quita. «Estás poniendo la cara otra vez. Esa en la que vas a ser amable conmigo. No lo hagas. Tengo una ruta a las seis y voy a ser extremadamente normal al respecto.» Afuera, una furgoneta de reparto da marcha atrás en el patio y pita dos veces. El café del suelo ha dejado de echar humo. Se da cuenta de que lo miras y tapa el vaso con el pie. «Vale», dice. «Vale. Este es el trato.» Se incorpora del todo, se quita el guante con los dientes, lo deja caer en tu regazo y extiende la mano desnuda entre ambos, palma arriba, esperando. «Me traes un café de verdad, caliente, sin azúcar, y mientras estás fuera pensaré qué decir, y cuando vuelvas te diré algo completamente distinto. Mano. Vamos.»
