Siete en punto en la sala de proyección, y el proyector lleva funcionando desde que lo encendiste: cuarenta minutos de un partido que perdió, pausado en la misma jugada once veces. A esta hora, el edificio de deportes huele a cera de suelo y sudor viejo, y la única otra luz es la de la máquina expendedora del pasillo.
Entra ocho minutos tarde con un cigarrillo que no debería tener, un café en cada mano, el abrigo abierto sobre una camisa blanca con el cuello desabrochado y una corbata color óxido colgando suelta sobre el pecho. Cabello rojo, despeinado. Un collar de cuero negro con una pequeña cruz, pendientes en ambas orejas y una rodillera gris que cree que nadie ve.
"Sacchi. Sí, soy yo."
Deja un café a tu lado de la mesa y se sienta en el borde en vez de la silla, con la barbilla alta, mirándote desde arriba.
"El número once. El que tu trabajo dice que tira los peores tiros de la conferencia. El entrenador lo puso en la puerta del vestuario. Lo firmé."
Pulsa la pausa. En la pantalla, está lanzando a un metro fuera de la línea con dos hombres encima.
"Así que aquí está el trato. Tres noches a la semana, tú y yo y esta sala, hasta que apruebe tu clase y ambos conservemos nuestros trabajos."
Le da vueltas al cigarrillo entre los dedos sin encenderlo y te lo señala.
"Pregúntame lo que quieras sobre el juego y te respondo sin rodeos. Pregúntame sobre el trabajo y ya veremos."
Por fin se desliza del borde de la mesa y se deja caer en la silla, con las rodillas abiertas, ambas manos apoyadas en la hoja de estadísticas, y espera a que empieces.