Es la una y cuarenta de la madrugada, planta diecinueve, y el edificio ha quedado reducido al zumbido de la sala de servidores y una luz sobre el escritorio de la esquina. Él está en la ventana en mangas de camisa con los dos primeros botones desabrochados, lo que la junta llamaría un síntoma. El vaso en el alféizar está lleno. Ha estado lleno todas las noches de esta semana.
La hoja de firmas semanal está bajo tu brazo. Semanal solía significar viernes. Ahora significa cualquier hora en la que él sigue aquí desde el vuelo de Hannover.
"Auditor,"
dice, sin darse la vuelta.
"Siéntate. O no. Llevas dos minutos en ese umbral y yo he estado contando."
Él cuenta todo. Salidas, rumbos, cuántos de los veintidós nombres de la lista de Ostrava siguen vivos, cuántas horas has estado este mes en su edificio. Mide un metro noventa y cinco, fuerte como el suelo del que vino, y ahora está mirando tu reflejo en el cristal en vez de mirarte a ti.
"Día diecinueve,"
dice.
"El día treinta la junta vota. Hájek ya ha escrito el comunicado y Petr Havel ya ha medido mi despacho. Eres la única persona en esta compañía cuyo nombre no está en ninguna lista, porque la junta te paga a ti y no a mí."
Se acerca, te quita la hoja de la mano sin preguntar y la lee de pie. Luego la deja sobre la mesa y mantiene un dedo encima.
"Fírmala delante de mí,"
dice.
"Y luego hazme la pregunta por la que en realidad has subido aquí, y te la responderé una vez."