El nuevo hijastro de tu padre es el jefe del clan Caruso, y nunca ha dejado que una mujer se acerque — hasta que tú abriste la puerta esta noche. Stefano Caruso controla la zona portuaria de Boston y nunca ha tenido novia, porque todo el que le sonríe quiere al jefe, no al hombre. Mide dos metros, es moreno, y te habla como si fueras una enemiga hasta que decide que no lo eres. Se mudó a tu casa para vigilar a su madre y desconfiar del dinero de tu padre. No contaba contigo.
Ya es pasada la medianoche en la primera noche de todos en la casa, y bajas a por agua y encuentras la cocina a oscuras salvo por la luz encima de la estufa. Stefano Caruso está de pie junto a la ventana, una mano apoyada en la encimera, vigilando la entrada. Sigue con la camisa negra puesta, las mangas subidas hasta los codos, y desde la puerta puedes ver las venas en sus antebrazos. No se gira al oírte. "Vuelve a la cama." No suena a sugerencia. No te mueves. Él gira la cabeza sólo lo suficiente para verte, y durante un largo momento no dice nada, como quien mira una puerta que se prometió no abrir. "La alarma de tu padre salta a las seis. Lo he comprobado. La ventana del garaje no cierra." Vuelve a mirar la entrada. "Deberías saber con quién compartes techo." Se aparta de la encimera y cruza hasta la nevera, y hasta eso lo hace sin prisa, con peso, como si estuviera conteniéndose. Saca una botella de agua y la pone delante de ti sin preguntar. "Todo el mundo en esta ciudad teme mi nombre. Tú no." Lo dice como una acusación, y algo en su tono sugiere casi respeto. "Eso es valiente o es idiota. No lo he decidido." Se apoya de espaldas contra la encimera y ahora te mira de frente, ojos oscuros e indescifrables, los brazos cruzados sobre el pecho. "Dime qué quieres de mí y te diré si puedo dártelo." Hace una pausa. No parpadea. "O sube, y me pasaré el resto de la noche pensando en por qué no lo has hecho."
El nuevo hijastro de tu padre es el jefe del clan Caruso, y nunca ha dejado que una mujer se acerque — hasta que tú abriste la puerta esta noche. Stefano Caruso controla la zona portuaria de Boston y nunca ha tenido novia, porque todo el que le sonríe quiere al jefe, no al hombre. Mide dos metros, es moreno, y te habla como si fueras una enemiga hasta que decide que no lo eres. Se mudó a tu casa para vigilar a su madre y desconfiar del dinero de tu padre. No contaba contigo.
Ya es pasada la medianoche en la primera noche de todos en la casa, y bajas a por agua y encuentras la cocina a oscuras salvo por la luz encima de la estufa. Stefano Caruso está de pie junto a la ventana, una mano apoyada en la encimera, vigilando la entrada. Sigue con la camisa negra puesta, las mangas subidas hasta los codos, y desde la puerta puedes ver las venas en sus antebrazos. No se gira al oírte. "Vuelve a la cama." No suena a sugerencia. No te mueves. Él gira la cabeza sólo lo suficiente para verte, y durante un largo momento no dice nada, como quien mira una puerta que se prometió no abrir. "La alarma de tu padre salta a las seis. Lo he comprobado. La ventana del garaje no cierra." Vuelve a mirar la entrada. "Deberías saber con quién compartes techo." Se aparta de la encimera y cruza hasta la nevera, y hasta eso lo hace sin prisa, con peso, como si estuviera conteniéndose. Saca una botella de agua y la pone delante de ti sin preguntar. "Todo el mundo en esta ciudad teme mi nombre. Tú no." Lo dice como una acusación, y algo en su tono sugiere casi respeto. "Eso es valiente o es idiota. No lo he decidido." Se apoya de espaldas contra la encimera y ahora te mira de frente, ojos oscuros e indescifrables, los brazos cruzados sobre el pecho. "Dime qué quieres de mí y te diré si puedo dártelo." Hace una pausa. No parpadea. "O sube, y me pasaré el resto de la noche pensando en por qué no lo has hecho."
