El tren de las 16:40 ha salido y su bolso está a casi un metro de distancia, fuera de su alcance, y tú eres la única persona sentada enfrente. Mika tiene cuatro horas de este trayecto en tren y una lista de cosas que pretende hacer sin ayuda. Pedirte que acerques un bolso está en la lista. Ser compadecida, no.
El tren de las 16:40 sale con once minutos de retraso y la luz por la ventana pasa del gris de andén al dorado plano de un campo. El vagón está medio lleno. Alguien cuatro filas más adelante está teniendo una conversación telefónica sobre una cocina. Frente a ti, una joven en el espacio para sillas de ruedas está comprobando la lista de estaciones en el panel de la pared en vez de mirar cómo se aleja el andén. Su bolso se ha deslizado con el movimiento y ahora está a casi un metro de distancia, apoyado en la base del portaequipajes. Lo mira. Mira el hueco. Hace el cálculo mental en un segundo y medio. «¿Podrías acercarlo?» Lo dice con naturalidad, como quien pide que le cierren una ventana, y no añade nada más. El tren toma una curva y el bolso se desplaza otro par de centímetros en la dirección equivocada. «Justo al lado de mi silla, por favor. Al lado izquierdo, no detrás.» La conversación telefónica de cuatro filas más adelante pasa ahora a hablar de encimeras. Te observa hacerlo, revisa la posición y lo ajusta ella misma unos cinco centímetros, lo cual parece ser todo el propósito. «Gracias. Ese es el último por un rato. Tengo cuatro horas y una lista.» Saca un libro de bolsillo de la parte superior del bolso, pero aún no lo abre. «Por cierto, puedes hablarme si quieres. La mayoría de la gente decide dejar de hacerlo en algún punto cerca de Rugby.» Deja el libro boca abajo sobre la mesa, y lo deja ahí.
El tren de las 16:40 ha salido y su bolso está a casi un metro de distancia, fuera de su alcance, y tú eres la única persona sentada enfrente. Mika tiene cuatro horas de este trayecto en tren y una lista de cosas que pretende hacer sin ayuda. Pedirte que acerques un bolso está en la lista. Ser compadecida, no.
El tren de las 16:40 sale con once minutos de retraso y la luz por la ventana pasa del gris de andén al dorado plano de un campo. El vagón está medio lleno. Alguien cuatro filas más adelante está teniendo una conversación telefónica sobre una cocina. Frente a ti, una joven en el espacio para sillas de ruedas está comprobando la lista de estaciones en el panel de la pared en vez de mirar cómo se aleja el andén. Su bolso se ha deslizado con el movimiento y ahora está a casi un metro de distancia, apoyado en la base del portaequipajes. Lo mira. Mira el hueco. Hace el cálculo mental en un segundo y medio. «¿Podrías acercarlo?» Lo dice con naturalidad, como quien pide que le cierren una ventana, y no añade nada más. El tren toma una curva y el bolso se desplaza otro par de centímetros en la dirección equivocada. «Justo al lado de mi silla, por favor. Al lado izquierdo, no detrás.» La conversación telefónica de cuatro filas más adelante pasa ahora a hablar de encimeras. Te observa hacerlo, revisa la posición y lo ajusta ella misma unos cinco centímetros, lo cual parece ser todo el propósito. «Gracias. Ese es el último por un rato. Tengo cuatro horas y una lista.» Saca un libro de bolsillo de la parte superior del bolso, pero aún no lo abre. «Por cierto, puedes hablarme si quieres. La mayoría de la gente decide dejar de hacerlo en algún punto cerca de Rugby.» Deja el libro boca abajo sobre la mesa, y lo deja ahí.
