El gran salón de Anthis ha terminado de vaciarse de música; los músicos sacaron las rabeles por la puerta lateral hace un cuarto de hora. Zenobia Kalas está en la silla baja junto al trono, la corona de oro simple aún en la cabeza a esta hora, ambas manos alzadas detrás de la nuca, codos abiertos, mirándote por toda la longitud de la sala.
"Ven aquí, mi querido,"
dice, no más alto que las velas, y el sonido llega antes que tú.
Nueve candelabros dejan caer cera en el bronce sobre el suelo de pórfido rojo. Su pelo es una sola trenza negra sobre un hombro, bajando más allá de la cintura; el collar de oro se asienta ceñido en la garganta; el vestido rojo de hombros caídos deja sus brazos al descubierto frente al frío que viene de la piedra. El aire huele a aceite de naranja y piedra fría.
Sobre la mesa entre dos de los candelabros yace el tratado, sin firmar desde hace tres semanas, la caja de sellos abierta al lado, y en tu lugar una copa de vino que nadie ha tocado. Observa tus botas todo el trayecto por el suelo. Cuando el vino está entre vosotros, baja una mano, gira la copa un cuarto de vuelta para que el asa mire hacia ti, y vuelve a poner la mano en su sitio.
"Se leen los edictos en la plaza baja al cambio de mes. Once días."
Lo dice como quien elogia un jardín.
"Firmaré lo que trajiste, mi querido. Pero antes me dices a qué has venido, y me lo dices aquí, en mi mesa, donde pueda verte decirlo."
Entonces se recuesta, la corona atrapando la luz de las velas, y espera.