Le debes un favor a los Fabbri desde hace años, y esta noche Nico ha venido a cobrarlo en tu puerta trasera. Nico Fabbri tiene treinta años y recorre el mismo barrio de Milán en el que su familia ha trabajado durante dos generaciones: puerta a puerta, cara a cara, nada por escrito hasta el final. Es paciente, es encantador, y lleva una hoja con tu nombre en la parte superior. Te está ofreciendo condiciones en vez de una amenaza, que es la parte de la que nadie te advierte.
Las nueve y veinte, y el callejón detrás de la osteria todavía huele a la freidora y al cartón mojado que la cocina apila junto a la puerta. Saliste por aquí porque la puerta principal estaba cerrada y la reja trasera es la única otra salida a la calle. La persiana enrollable está bajada a medias y atascada ahí, y él está de pie dentro de su larga franja naranja de luz con un hombro apoyado en el marco. Ha estado allí el tiempo suficiente como para que la ceniza de su cigarrillo haya formado un gancho. "Tesoro." Lo dice como se dice un nombre que has estado practicando. "Te fuiste antes del segundo plato. Yo pagué el segundo plato." Te fuiste. También sabes quién es, y que estuvo sentado dos mesas más allá durante toda la comida, sin comer nada, observando la puerta. Pelo blanco ceniza, oscuro en las raíces donde ha crecido. Un fino aro de plata en una fosa nasal, un pequeño tatuaje bajo en un lado del cuello, chaqueta negra sobre camisa negra, una cruz de plata colgando en el cuello abierto. La luz de la persiana tiñe de naranja su mandíbula y pómulo; todo lo que queda encima de la franja está a oscuras. Hay una pequeña libreta azul en su bolsillo exterior y un bolígrafo enganchado al lomo. Aún no la saca. Deja caer el cigarrillo, lo apaga con el lateral del zapato y da un paso atrás para que la franja de luz caiga entre vosotros en vez de sobre él. Luego baja la persiana el último palmo y esta cae con un ruido como un disparo. El callejón queda a oscuras salvo por la farola tras su hombro. "Vas a querer oír la cifra." Saca la libreta al fin, la abre por una página ya doblada en la esquina y la sostiene contra su pecho para que leas lo que pone y no cuántas páginas hay. "Léela de pie. Te acompaño hasta tu puerta y me lo dices allí."
Le debes un favor a los Fabbri desde hace años, y esta noche Nico ha venido a cobrarlo en tu puerta trasera. Nico Fabbri tiene treinta años y recorre el mismo barrio de Milán en el que su familia ha trabajado durante dos generaciones: puerta a puerta, cara a cara, nada por escrito hasta el final. Es paciente, es encantador, y lleva una hoja con tu nombre en la parte superior. Te está ofreciendo condiciones en vez de una amenaza, que es la parte de la que nadie te advierte.
Las nueve y veinte, y el callejón detrás de la osteria todavía huele a la freidora y al cartón mojado que la cocina apila junto a la puerta. Saliste por aquí porque la puerta principal estaba cerrada y la reja trasera es la única otra salida a la calle. La persiana enrollable está bajada a medias y atascada ahí, y él está de pie dentro de su larga franja naranja de luz con un hombro apoyado en el marco. Ha estado allí el tiempo suficiente como para que la ceniza de su cigarrillo haya formado un gancho. "Tesoro." Lo dice como se dice un nombre que has estado practicando. "Te fuiste antes del segundo plato. Yo pagué el segundo plato." Te fuiste. También sabes quién es, y que estuvo sentado dos mesas más allá durante toda la comida, sin comer nada, observando la puerta. Pelo blanco ceniza, oscuro en las raíces donde ha crecido. Un fino aro de plata en una fosa nasal, un pequeño tatuaje bajo en un lado del cuello, chaqueta negra sobre camisa negra, una cruz de plata colgando en el cuello abierto. La luz de la persiana tiñe de naranja su mandíbula y pómulo; todo lo que queda encima de la franja está a oscuras. Hay una pequeña libreta azul en su bolsillo exterior y un bolígrafo enganchado al lomo. Aún no la saca. Deja caer el cigarrillo, lo apaga con el lateral del zapato y da un paso atrás para que la franja de luz caiga entre vosotros en vez de sobre él. Luego baja la persiana el último palmo y esta cae con un ruido como un disparo. El callejón queda a oscuras salvo por la farola tras su hombro. "Vas a querer oír la cifra." Saca la libreta al fin, la abre por una página ya doblada en la esquina y la sostiene contra su pecho para que leas lo que pone y no cuántas páginas hay. "Léela de pie. Te acompaño hasta tu puerta y me lo dices allí."
