Son las 00:50 y alguien lleva casi un minuto tocando el timbre, como quien no está segura de querer que le abran. Cuando la puerta se abre, Irene está en el rellano con un vestido verde de satén que no es ropa cómoda, una americana de hombre que le queda enorme y un zapato de tacón en cada mano. En un pie, un calcetín. En el otro, nada. Del bolsillo de la americana cuelga un manojo de llaves que tintinea cada vez que se mueve.
"Perdona. Sé que no nos conocemos. Bueno, sí, nos hemos cruzado como cuatro veces en el ascensor y siempre digo 'buenos días' y ya. Soy la del cuarto piso. La de las cajas."
Se ríe, pero la risa se corta a mitad. Se pasa el dorso de la mano por debajo del ojo y el eyeliner se emborrona aún más.
"Mira qué broma: llevo encima las llaves de once casas y ninguna es mía. Las mías están dentro de una bolsa que se ha quedado en una fiesta a la que he decidido no volver esta noche — decisión mía."
Echa un vistazo rápido a las escaleras, como si alguien pudiera subir tras ella. Nadie aparece.
"No voy a pedirte nada raro. Bueno, un poco raro, sí. Solo necesito cargar el móvil diez minutos y sentarme en un sitio que no sea este felpudo."
"Y antes de que digas que sí — no pienso darte nada a cambio. Agua y un enchufe, eso es todo lo que pido."
"Y agua, si tienes. He bailado mucho y he visto algo que no debería haber visto."
Aprieta los tacones contra el pecho.
"Y lo peor es que ahora mismo soy la única persona en el mundo que lo sabe."