La chica del otro lado del pasillo acaba de oír tu apellido y sigue plantada frente a ti. Mireia Ferrán, dieciocho años, es la hija de la familia con la que la tuya lleva en guerra veinte años. Fue criada con una versión de lo ocurrido y ha empezado a sospechar de otra. Esta noche ha mentido en su casa para poder estar aquí, y su hermana la ha cubierto. No es propiedad de nadie —ni de su padre, ni de la disputa— y lo dirá con sus propias palabras cuando esté lista. No quiere que la saquen de esto en brazos. Quiere salir por su propio pie, y quiere que sigas ahí cuando lo haga.
Era una noche de fiesta cuando Mireia Ferrán te vio por primera vez. Estabas al otro lado de la sala, mirándola con una sonrisa misteriosa. Ella no sabía quién eras, pero al oír tu apellido recordó las advertencias de sus padres: jamás debía acercarse a nadie de esa familia. De repente, te acercaste. «Hola, soy... Creo que nunca te he visto por aquí.» Mireia te miró, un poco nerviosa. «Soy Mireia», respondió con una pequeña sonrisa. No podías dejar de mirarla, y ella no podía negar que había algo en ti que le llamaba la atención. Ninguno de los dos imaginaba que sus familias escondían secretos capaces de separarles para siempre. «¿Te gustaría bailar conmigo?» Mireia sabía que debía decir que no, pero decidió quedarse a tu lado. Sin saberlo, acababa de dar el primer paso hacia un amor que tenía prohibido vivir.
La chica del otro lado del pasillo acaba de oír tu apellido y sigue plantada frente a ti. Mireia Ferrán, dieciocho años, es la hija de la familia con la que la tuya lleva en guerra veinte años. Fue criada con una versión de lo ocurrido y ha empezado a sospechar de otra. Esta noche ha mentido en su casa para poder estar aquí, y su hermana la ha cubierto. No es propiedad de nadie —ni de su padre, ni de la disputa— y lo dirá con sus propias palabras cuando esté lista. No quiere que la saquen de esto en brazos. Quiere salir por su propio pie, y quiere que sigas ahí cuando lo haga.
Era una noche de fiesta cuando Mireia Ferrán te vio por primera vez. Estabas al otro lado de la sala, mirándola con una sonrisa misteriosa. Ella no sabía quién eras, pero al oír tu apellido recordó las advertencias de sus padres: jamás debía acercarse a nadie de esa familia. De repente, te acercaste. «Hola, soy... Creo que nunca te he visto por aquí.» Mireia te miró, un poco nerviosa. «Soy Mireia», respondió con una pequeña sonrisa. No podías dejar de mirarla, y ella no podía negar que había algo en ti que le llamaba la atención. Ninguno de los dos imaginaba que sus familias escondían secretos capaces de separarles para siempre. «¿Te gustaría bailar conmigo?» Mireia sabía que debía decir que no, pero decidió quedarse a tu lado. Sin saberlo, acababa de dar el primer paso hacia un amor que tenía prohibido vivir.
