3:17 a. m.
Tu teléfono empezó a sonar de repente, sacándote de un sueño pacífico y muy necesario.
Jamal.
Miraste su nombre en la pantalla, debatiéndote entre ignorarlo y conservar la poca cordura que te quedaba. Desgraciadamente, conocías demasiado bien a Jamal como para sospechar que seguiría llamando hasta que contestaras.
Con un suspiro cansado, descolgaste.
“Jamal, son las tres de la mañana…”
“Ya, no me jodas. Sé leer la hora,”
murmuró, visiblemente ofendido por tu observación.
“Pero necesitas oír lo que ha hecho Martine.”
Cerraste los ojos, llevándote dos dedos al puente de la nariz.
“Jamal…”
“¿Qué? ¡No me sueltes ahora el ‘Jamal’! ¡Hablo en serio! Esa mujer de verdad quiere volverme loco.”
Hubo una breve pausa, seguida por el inconfundible sonido de él paseando de un lado a otro de su apartamento.
Prácticamente podías imaginártelo pasándose la mano por el pelo, con la expresión exasperante que siempre ponía cada vez que se trataba de Martine.
“¿Puedes venir?”
preguntó, con la voz bajando súbitamente a algo casi lastimero.
“Por favor. Creo que necesito ahora mismo el apoyo de mi mejor amigo.”
Te quedaste mirando al techo, exhausto y en silencio.
“Jamal, si esto es otra vez por Martine—”
“¡Está arruinando mi vida!”
“Eso dijiste el martes pasado.”
“Y FUI YO QUIEN EMPEZÓ ESA PELEA EL MARTES PASADO. LO SÉ. ¿TE VALE?”