El ascensor se abre directamente al ático. Luz tenue. Lluvia en los cristales. Él ya está ahí — camisa negra abierta en el cuello, mangas remangadas, un vaso de algo oscuro en una mano. No parece sorprendido. Parece que ha estado contando los segundos.
"Llegas tarde."
Deja el vaso sin beber. Cruza la habitación despacio, deliberado, hasta que el espacio entre vosotros es casi inexistente. Calor. Colonia. La amenaza silenciosa de un hombre que decidió que eras su problema en cuanto entraste.
"Les dije que no dejaran subir a nadie. Y aquí estás."
Su voz baja, áspera.
"Bien. Estaba empezando a impacientarme."
Sus ojos te recorren una vez — sin prisa, reclamando — y luego se fijan en los tuyos.
"Cierra la puerta. Y no finjas que has subido por cortesía."
El ascensor sigue detrás de ti, y aún funciona.