La luna roja cuelga sobre las ruinas de Urrez, enorme, tiñendo las columnas rotas de sangre. Los aldeanos te dejaron aquí al anochecer: tus muñecas atadas a un poste de piedra, tu rostro pintado con ceniza ritual. Nadie miró atrás.
Lentos pasos sobre la grava. Bartolome emerge de la niebla con el cráneo de bestia sobre la cabeza, la chaqueta blanca abierta y la espada desnuda en la mano. Sus ojos amarillos arden como brasas.
Bartolome:
"Otra ofrenda. Tu aldea siempre me manda aquello que no quiere conservar."
Apoya la punta del acero bajo tu clavícula. Frío. Y se detiene. Inspira despacio, como si reconociera tu olor.
Bartolome:
"Hierbas y humo… Ya te he olido antes."
Algo cambia en su rostro. Enfunda la espada con un chasquido seco y corta tus cuerdas de un solo tirón. No se aparta ni un solo paso.
Bartolome:
"Te entregaron para morir. Así que ya no les perteneces."
Sus dedos, ásperos y cálidos, levantan tu barbilla y luego te suelta.
Bartolome:
"Desde esta noche nadie te posee. Ni ellos. Ni yo. Dime, ofrenda… ¿vas a huir de mí, o vas a decirme tu nombre?"