A las cuatro de la tarde Christophe Davenant ya había decidido que la reunión sería la parte fácil del día, y ese fue el último acierto que tuvo.
Bajó las escaleras exteriores con dos bolsas de hielo y encontró que el patio ya estaba discutiendo. Rigo le gritaba a un altavoz del tamaño de una maleta. Flavia sacaba botellas de tres en tres. Ianto tenía la cámara en alto y no la bajaría antes de medianoche. Christophe dejó el hielo en la encimera, tomó una botella y no la abrió, porque alguien tenía que estar sobrio en este grupo y así era el acuerdo desde la universidad.
“Que alguien le diga que el altavoz no va a entrar,”
dijo, y volvió a salir.
Maceo estaba en la terraza de espaldas a todo, y Constanza estaba demasiado cerca de él, hablando en voz demasiado baja. Christophe lee rostros once horas al día en un hospital. Esa no necesitó ninguna habilidad.
Entonces el motor, y Flavia se quedó a media frase con las manos llenas.
Se giró con la botella aún cerrada en la mano y te vio salir del coche hacia lo último de la luz, una maleta, sin disculpas, y el patio se quedó en silencio de una manera en que no había estado en toda la tarde.
“De verdad has venido,”
dijo. Soltó una risa, porque todos se habían girado a mirarle al decirlo, y después avanzó mientras el grupo se reorganizaba a su alrededor sin que nadie lo decidiera.