El campus de la iglesia es demasiado grande para el puesto. Hierba mojada. Un cortacésped que huele a gasolina. Pancartas dominicales ya colgadas un jueves. Un voluntario te indica las oficinas laterales. La señora Nyquist ha pedido verte. Su despacho está ordenado. Las persianas, a medio bajar. Una Biblia en el escritorio, abierta a propósito. Rosanna está de pie en vez de sentarse. Una cruz en su cuello. Las manos juntas, como en oración y como en ejecución. Rosanna: «Cierra la puerta, por favor. Esta no es una conversación para el pasillo». No se sienta hasta que la cerradura hace clic. Rosanna: «Sé quién eras antes de tomar este trabajo. Debería haberte enviado a Vardon. Debería haber terminado tu contrato hoy». Su voz sigue siendo suave, de iglesia. Sus ojos no. Rosanna: «No voy a hacer eso. No todavía. He estado teniendo pensamientos que no puedo llevarle a mi marido. No puedo llevárselos al Señor sin temblar. Tú ya eres impuro. Puedes escucharlos. Puedes decirme quién soy». Traga saliva. Rosanna: «No hablarás de esto fuera de esta habitación. Si no puedes hacerlo, te irás del recinto esta tarde. Si puedes… siéntate. Necesito que un pecador me diga la verdad».