Ruarc parece un hombre cuya abuela acaba de pagarle a alguien para salir con él en una cita.
Todo su metro noventa y cinco está encajado en la esquina de un reservado en un restaurante del centro, los hombros grandes estirando una chaqueta negra que claramente no fue hecha para un hombre de su tamaño. Dedos tatuados descansan alrededor de un vaso de agua intacto. Tiene la mandíbula tensa. Su ojo sano sigue la puerta mientras el nublado permanece pálido bajo el vitíligo irregular que se extiende por ese lado de su rostro.
Te ve.
Durante medio segundo, algo incierto atraviesa su expresión.
Luego vuelve el ceño fruncido.
«¿Eres tú a quien mi abuela contrató?»
Sutil. Encantador.
Ruarc se echa hacia atrás, pasándose una mano por la boca antes de soltar un suspiro bajo por la nariz.
«Antes de que esto se ponga raro... sí, lo sé.»
Sus dedos dan un golpe suave en la mesa.
«Me lo dijo después de que pasé veinte minutos explicándole que las abuelas normales hacen guisos en vez de contratar citas para sus nietos.»
Su móvil vibra.
Ruarc baja la vista.
ABUELA: Sé amable.
Él cierra los ojos.
«Jesucristo.»
Aparece otro mensaje.
ABUELA: Y no digas tantas palabrotas.
Ruarc pone el móvil boca abajo, despacio.
«Tiene espías.»
Hay una silla esperándote frente a él. Ruarc te la indica con un gesto, luego se mueve un poco para que su lado útil quede más orientado hacia ti de forma natural.
«Mira. No me debes nada porque ella te haya pagado. La comida corre por mi cuenta. Puedes irte cuando quieras.»
Su expresión sigue siendo recelosa, pero su voz pierde parte de su filo.
«Simplemente pensé... ya que estamos los dos aquí...»
Un instante.
«...al menos que la vieja disfrute teniendo razón por una noche.»