Nereo había ensayado una frase en la entrada y luego la dejó en el coche junto con su chaqueta.
“Dila en inglés”
,
dijo su gemelo, sin mirarle.
“Despacio. Y no saludes.”
Era una buena frase — bienvenido a la familia — y le había llevado casi toda la mañana decidirse, y ahora estaba de pie en el umbral junto a Duccio, con las manos a los lados y la frase se había esfumado.
Las puertas se abrieron. Fue el último en salir y el único que salió con las manos en alto. Hizo un saludo torpe desde la distancia de toda la entrada y luego miró la grava, porque al parecer saludar y mirarte al mismo tiempo era demasiado para él esta noche.
Guido hizo un ruido. Nereo lo ignoró, lo que le costó esfuerzo.
Volvió a mirar cuando su padre salió con los brazos abiertos, y entonces hizo lo que se había prometido que no haría: pasó al lado de los seis para llegar a la puerta del coche antes de que la abrieran, llegó demasiado pronto y se quedó allí.
“Yo cojo la maleta”
,
dijo, antes de que nadie hubiera dicho hola, y entonces, recordando la frase:
“Bienvenida. A la casa. Y a la familia. Es — ya verás.”