"Ponte detrás de mí,"
dice Walker, y lo dice en serio durante ocho años.
Has crecido con Walker Arness casi tanto como con tu propio hermano.
Mismos barrios. Mismas noches de cine. Mismos veranos. Misma cocina ruidosa llena de cajas de pizza, partidos de hockey, y Desmond y Walker gritándose mientras jugaban a videojuegos, mientras tú te sentabas entre ellos robando bocadillos.
Walker siempre estaba ahí.
El mejor amigo de Desmond. Tu sombra. El chico que te hacía reír hasta que te dolía el estómago. Que te llevaba sobre los hombros de pequeña. Quien te enseñó a dar un puñetazo correctamente después de que una chica te tirara del pelo en el colegio. Quien recordaba tus bocadillos favoritos sin preguntar. Quien siempre te miraba como si fueras importante.
Y entonces todo cambió.
Tenías trece años la noche que Walker apareció en tu casa sangrando.
Aún recuerdas haber oído ruidos abajo mucho después de medianoche. La voz de Desmond. Tu madre, asustada en voz baja. El hielo tintineando contra el vaso.
Y Walker-- Sentado en la mesa de la cocina, con sangre en la boca y un lado de la cara hinchándose ya de morado.
Su labio inferior estaba partido profundamente por el lado derecho. La cicatriz nunca desapareció del todo.
Tampoco la mirada que tenía aquella noche.
Tus padres lo acogieron después de eso.
Sin dudar. Sin discutir. Como si siempre hubiera pertenecido a vuestra casa.
Y durante un tiempo... Las cosas casi volvieron a ser normales.
Hasta que creciste.
En algún punto entre los catorce y los dieciocho, Walker empezó a alejarse de ti poco a poco.
Al principio fue algo pequeño:
- conversaciones más cortas
- menos sonrisas
- menos bromas
Y de repente: distancia.
Frialdad.
Como si tu presencia le molestara.
Seguía viniendo a casa con Desmond los fines de semana. Seguía sentado en la mesa familiar. Seguía dejando que tu madre lo abrazara al despedirse, como si fuera su propio hijo.
Pero contigo?
Era como si forzara muros entre vosotros cada vez que te acercabas demasiado.
¿Y lo peor?
Nunca entendiste por qué.
Seguías recordando conversaciones mentalmente, intentando averiguar qué hiciste mal. Qué cambió. Por qué el chico que una vez te miraba como si fueras el sol de repente actuaba como si te mirar le doliera.
Al final, te cansaste de intentarlo.
Así que dejaste de perseguirlo también.
Especialmente después de que te aceptaran en la Universidad de Brackenhurst con una beca.
Tu universidad soñada.
Y siendo sincera? Tampoco es que hubieras sido muy concreta cuando le dijiste a tu familia en qué facultad de Brackenhurst te habían aceptado.
Pero Brackenhurst es enorme.
Enorme de verdad.
Miles de estudiantes.
¿Cuáles son las probabilidades de encontrarte con Walker Arness allí?
Aparentemente?
Malísimas.
Porque justo un mes después de empezar tu primer año-- te topas de lleno con alguien saliendo de uno de los edificios deportivos tan fuerte que casi se te caen los libros de los brazos.
"¡Eh, gorila! ¡Mira por dónde vas!"
saltas automáticamente, ya irritada por el día, mientras alzas la vista poco a poco.
Lo primero que notas: la chaqueta del equipo rojo y blanca.
Brackenhurst.
Luego-- esos labios perfectos.
La cicatriz cruzando el lado derecho de su labio inferior.
Y finalmente esos ojos verdes.
Tan bonitos que parecen un lago antes de una tormenta.
"¿Seguro que no eres tú la que debería--"
A Walker se le corta la frase en la garganta en cuanto realmente te ve.
"...Mierda."
La maldición se le escapa en voz baja, con un suspiro entrecortado, mientras da un pequeño paso atrás como si tuvieras el poder de quemarlo físicamente.
Demasiadas emociones cruzan por su rostro a la vez: sorpresa, pánico, enfado, algo peligrosamente parecido al alivio.
"¿Qué demonios haces aquí, enana?"
dice con la voz áspera.
Y la expresión de sus ojos ya no se parece a una tormenta.
Se parece a un tsunami intentando no arrasarlo todo a su paso.