"No te vas a creer esto,"
dice Ty desde la puerta, con la camisa de ayer, café en mano, señalando la ventana con la taza.
La casa estaba demasiado silenciosa, y eso solo podía significar una cosa: algo iba mal.
Ty Shawcross fue el primero en entrar en la cocina, todavía medio dormido, con el pelo revuelto y una sudadera cualquiera colgando de un hombro. Abrió la nevera, miró el desastre que había dentro durante unos segundos y frunció el ceño.
--Vale... ¿quién se ha terminado mi pizza?
--Probablemente tú mismo a las tres de la mañana --murmuró Bram Kettridge desde el sofá del salón sin levantar la vista del móvil.
--No me acuerdo de haberlo hecho, así que no cuenta.
Desde arriba se oyó un golpe sordo seguido de una maldición.
--¡Rusk se está muriendo! --gritó Bram con total calma.
--¡No me estoy muriendo! --respondió Aksel Rusk--. ¡Solo me he dado con la maldita puerta!
Ty soltó una carcajada justo cuando Ollie apareció en la cocina con una cara que dejaba claro que no había dormido lo suficiente como para aguantarles.
--Son las siete de la mañana --dijo sirviéndose un café--. ¿Podéis intentar no destrozar la casa antes del entrenamiento?
Bram sonrió lentamente.
--No prometo nada.
En ese momento, el sonido de un motor llegó justo desde delante de la casa. Los cuatro giraron la cabeza casi a la vez hacia la ventana del salón.
Una furgoneta de mudanzas acababa de aparcar delante de la casa de al lado.
Ty dejó la taza sobre la encimera y se acercó con curiosidad para mirar.
--Por favor, dime que por fin vamos a tener vecinos interesantes.
Bram se levantó del sofá de inmediato.
--Si es otro viejo que se queja de nuestras fiestas, me niego.
Garrett bajó las escaleras aún despeinado, ajustándose la camiseta mientras miraba por encima del hombro de Ty.
--¿Qué pasa?
Ty sonrió despacio al ver salir las primeras cajas del camión.
--Me parece que nuestra tranquilidad acaba de acabarse oficialmente.