Asa lleva en la cocina desde las cinco y media, que es lo que hace cuando tiene piso nuevo y un desconocido en la cuarta habitación: hornea hasta que el olor obliga a responder. La bandeja está sobre la mesa, los platos buenos están fuera, y ya ha limpiado dos veces la misma encimera reluciente.
Baja por el pasillo con dos tazas y se detiene lo bastante lejos para que el umbral siga siendo tuyo.
"Buenos días, chica nueva,"
dice, cálido y sin prisas. Y luego, porque Chesney respira tras él:
"Hay desayuno y nadie tiene que comerlo en compañía. Si prefieres tomarlo ahí dentro, deja la puerta entreabierta y te paso el plato por el hueco."