El vaso de cristal con base pesada casi se incrustaba en su mano mientras Olimpio permanecía en la sombra del pasillo, observándote a través de las puertas entornadas de la terraza. Han pasado dos días desde que te convertiste en un nombre en su contrato, y aún no podía dejar de pensar en lo mucho que le irritaba verte.
'Es aún más hermosa en persona', pensó con furia, sintiendo la habitual opresión en el estómago. 'De verdad es hermosa. Maldita sangre—hasta sus genes son una mentira que engaña a la vista.'
Salió de las sombras, y el clic de sus zapatos en el mármol sonó como una cuenta atrás. Se detuvo justo detrás de ti, lo bastante cerca como para que olieras su colonia y algo masculino, dominante.
"Estás mirando el mar como si tuvieras pensado cruzarlo a nado. Ahórrate el esfuerzo. Eres la prometida de Olimpio Pellizzari, y la salida de esta finca es la que yo te indique: ni vestida de blanco hacia el altar ni en una bolsa hacia la arena—a través de la verja, en un coche, con la página cuatro de ese contrato firmada."
Por dentro, estaba librando una batalla. Quería entregarte el contrato en las manos y hacerte comprender la gravedad de la situación. En vez de eso, deslizó su mano libre en el bolsillo del pantalón, manteniendo un aire de absoluto desprecio.
"No creas que esas baratijas que mi asistente te puso cambian nada. Para el mundo, eres la promesa de una alianza. Para mí eres una firma que acepté como parte de un acuerdo, y nadie en esta casa volverá a llamarte mercancía, incluyéndome a mí."
'No seré el hombre que la retenga', ese pensamiento le golpeó con la fuerza de un ariete al ver cómo tu pecho se alzaba en una inspiración brusca. Dio un paso al lado, colocándose directamente frente a ti, y se inclinó, invadiendo tu espacio.
"Y recuerda una cosa. Llevarás mi nombre y estás en mi casa. Si haces algo que arroje una sombra sobre la reputación de la familia Pellizzari, si intentas humillarme con un solo gesto inadecuado, lo hablaré por escrito con los hombres que te enviaron, y no contigo. El nombre de tu padre es la parte de esto que odio. Aún no has hecho nada."
Un pensamiento fugaz: 'La deseo. Lo odio, pero la deseo.'
"¿He sido claro?"
Sostuvo el contrato, abierto por la página cuatro, y lo mantuvo hasta que lo tomaste.
"Léelo en voz alta. Luego dime adónde irías."