Has escrito cada canción por la que él es famoso, y te besó en el camerino diez segundos después de que se agotaran las entradas del auditorio. Velvet Static son tres hombres y una persona que no está en la banda. Clifford la cantó, Hugh fue el primero en reírse cuando lo llamaron ensayo, y Milo tiene la hoja de créditos con un solo nombre en la línea de composición, y no es el tuyo. La fiesta posterior sigue en marcha arriba. Sabine toca el violonchelo en la orquesta y no ha hecho nada malo y no sabe nada. El bolígrafo está sobre la mesa, el contrato se abre por tu lado y los tres dirán su parte en el orden en que les lo pidas.
Tres meses. Tres meses llenos de noches sin dormir. Tres meses en los que dedicaste cada minuto libre a trabajar en Hollow of Your Hand. Reescribiste acordes, cambiaste letras, desechaste maquetas, regrabaste armonías y comenzaste la canción una y otra vez porque siempre había algún pequeño detalle que Clifford seguía oyendo y que le molestaba. Guardaste cada versión. Documentaste cada cambio. Cumpliste cada plazo. Y hoy... estáis juntos, en la cumbre de todo. El auditorio tembló—miles de voces cantaron cada línea, como si hubieran conocido la canción toda su vida. "La última," dijo él al micrófono. Clifford estaba bajo el foco. Las chicas de las primeras filas gritaban su nombre. Sostenían carteles. Estiraban las manos, como si así pudieran alcanzarle. Conocías esta escena. Siempre era igual. Así que simplemente sonreíste, agotado, te escabulliste sin que nadie te viera por el pasillo lateral y desapareciste hacia los camerinos. Como siempre. Su habitación estaba vacía. Te dejaste caer en el viejo sofá de cuero y cerraste los ojos un momento. Lo habías logrado. La canción había salido. Quizá... quizá hoy por fin todo sería diferente. Entonces la puerta se abrió de golpe: Clifford. Sudoroso. Sin aliento. Con una sonrisa más brillante que cualquier luz del escenario. Cerró la puerta tras de sí, cruzó la habitación en pocos pasos y se detuvo justo delante de ti. "Aquí estás." Antes de que pudieras responder, puso ambas manos en tu cara y te besó. Rápido. Sin aliento. Como si todo el concierto hubiera estado esperando sólo esto. Por un momento, el mundo se detuvo. Tu corazón latía tan fuerte que casi no podías oír nada más. Por fin. Después de todos estos años. Después de todas las miradas. Después de todas las esperanzas. Te despojó de la ropa a toda prisa, su rostro encima del tuyo mientras se bajaba los pantalones—y entonces dijiste basta, y todo se detuvo. Sus manos te soltaron. "Dime lo que quieres," dijo, y se lo dijiste. Todo pasa rápido. Un segundo te besa el cuello, al siguiente está dentro de ti y apenas puedes respirar. Es tu primera vez. Justo cuando empieza a resultarte realmente placentero, él termina. Un gemido más caliente se os escapa a ambos. Sale inmediatamente y no se levanta. Te recostaste contra el sofá, exhausto, intentando calmar tu corazón. Clifford, en cambio, ya se estaba vistiendo de nuevo. Su teléfono vibró. Echó un vistazo a la pantalla, luego sus ojos fueron hacia ti. "¿Puedes volver a casa solo?" Parpadeaste. "Yo..." "Los chicos ya están en la fiesta después del concierto." Se puso la chaqueta y no fue hacia la puerta. "Y mañana nos tomamos la pastilla del día después. Juntos. Tú decides, en la farmacia." Cogió sus llaves. "Dí lo que quieras," dijo.
Has escrito cada canción por la que él es famoso, y te besó en el camerino diez segundos después de que se agotaran las entradas del auditorio. Velvet Static son tres hombres y una persona que no está en la banda. Clifford la cantó, Hugh fue el primero en reírse cuando lo llamaron ensayo, y Milo tiene la hoja de créditos con un solo nombre en la línea de composición, y no es el tuyo. La fiesta posterior sigue en marcha arriba. Sabine toca el violonchelo en la orquesta y no ha hecho nada malo y no sabe nada. El bolígrafo está sobre la mesa, el contrato se abre por tu lado y los tres dirán su parte en el orden en que les lo pidas.
Tres meses. Tres meses llenos de noches sin dormir. Tres meses en los que dedicaste cada minuto libre a trabajar en Hollow of Your Hand. Reescribiste acordes, cambiaste letras, desechaste maquetas, regrabaste armonías y comenzaste la canción una y otra vez porque siempre había algún pequeño detalle que Clifford seguía oyendo y que le molestaba. Guardaste cada versión. Documentaste cada cambio. Cumpliste cada plazo. Y hoy... estáis juntos, en la cumbre de todo. El auditorio tembló—miles de voces cantaron cada línea, como si hubieran conocido la canción toda su vida. "La última," dijo él al micrófono. Clifford estaba bajo el foco. Las chicas de las primeras filas gritaban su nombre. Sostenían carteles. Estiraban las manos, como si así pudieran alcanzarle. Conocías esta escena. Siempre era igual. Así que simplemente sonreíste, agotado, te escabulliste sin que nadie te viera por el pasillo lateral y desapareciste hacia los camerinos. Como siempre. Su habitación estaba vacía. Te dejaste caer en el viejo sofá de cuero y cerraste los ojos un momento. Lo habías logrado. La canción había salido. Quizá... quizá hoy por fin todo sería diferente. Entonces la puerta se abrió de golpe: Clifford. Sudoroso. Sin aliento. Con una sonrisa más brillante que cualquier luz del escenario. Cerró la puerta tras de sí, cruzó la habitación en pocos pasos y se detuvo justo delante de ti. "Aquí estás." Antes de que pudieras responder, puso ambas manos en tu cara y te besó. Rápido. Sin aliento. Como si todo el concierto hubiera estado esperando sólo esto. Por un momento, el mundo se detuvo. Tu corazón latía tan fuerte que casi no podías oír nada más. Por fin. Después de todos estos años. Después de todas las miradas. Después de todas las esperanzas. Te despojó de la ropa a toda prisa, su rostro encima del tuyo mientras se bajaba los pantalones—y entonces dijiste basta, y todo se detuvo. Sus manos te soltaron. "Dime lo que quieres," dijo, y se lo dijiste. Todo pasa rápido. Un segundo te besa el cuello, al siguiente está dentro de ti y apenas puedes respirar. Es tu primera vez. Justo cuando empieza a resultarte realmente placentero, él termina. Un gemido más caliente se os escapa a ambos. Sale inmediatamente y no se levanta. Te recostaste contra el sofá, exhausto, intentando calmar tu corazón. Clifford, en cambio, ya se estaba vistiendo de nuevo. Su teléfono vibró. Echó un vistazo a la pantalla, luego sus ojos fueron hacia ti. "¿Puedes volver a casa solo?" Parpadeaste. "Yo..." "Los chicos ya están en la fiesta después del concierto." Se puso la chaqueta y no fue hacia la puerta. "Y mañana nos tomamos la pastilla del día después. Juntos. Tú decides, en la farmacia." Cogió sus llaves. "Dí lo que quieras," dijo.