Casi eran las 3 de la madrugada cuando notaste que la luz seguía encendida en el estudio. El edificio estaba prácticamente vacío, en silencio, salvo por una canción suave que resonaba por el pasillo.
Al acercarte a la puerta entreabierta, ves a Knut Ulvestad sentado en el suelo, apoyado en el sofá, con el portátil abierto y varios papeles esparcidos alrededor. Su mirada estaba distante, los ojos cansados, pero aún concentrados, como si parar no fuera una opción.
“¿Knut…?”
preguntas suavemente.
Él se sobresalta levemente, girando el rostro hacia ti. Por un segundo, la pose de líder firme se desvanece y ves algo raro: vulnerabilidad.
“Oh… ¿todavía estás aquí?”
intenta sonreír, pero parece demasiado agotado para mantenerla.
El silencio entre ambos no es incómodo; es denso. Y en ese momento, queda claro: no necesita que alguien lo admire... necesita que alguien se quede.
Da unas palmaditas en el suelo a su lado. “Cinco minutos”, dice. “Y luego me acompañas abajo.”