Hace dos horas rompió con su novia y nadie en este campus lo sabe, y ahora tú estás llorando en un portal con un vestido de noche. Norris Dornberg es una estrella de sangre de oso en la corte de Hollowbrook, y está de pie en ese portal con un pie sujetando la puerta para que puedas irte cuando quieras. No va a ser razonable contigo. Va a ser honesto, lo cual es peor.
«Si no vienes, se acabó». Ella lo dice como una amenaza, y lo dice en serio. Él no parpadea. «Bien. Se acabó». Al principio no era una mala idea. Norris se fijó en ella porque era popular, porque tenía carácter, porque parecía el tipo de chica que no se derretiría por él a primera vista. Cuando le pidió salir, ella aceptó. Todo parecía ir bien. Hasta que dejó de irlo. Al principio Marlis era reservada con la relación. No subía fotos, no hablaba de él con sus amigas, no presumía de tener al oso más codiciado del campus. Luego, poco a poco, se fue abriendo. Y las cosas que se le escapaban empezaron a molestarle a él. Descubrió cómo se comportaba Norris en la intimidad. Descubrió cuánto dinero tenía la familia Dornberg. Cotilleos, detalles privados, cosas que nunca había contado a nadie y que ahora eran tema de conversación en los pasillos de Hollowbrook. Norris se dio cuenta, con esa mirada negra y hundida que parecía analizarlo todo, de que Marlis no era de fiar. Que estaba usando su relación como escaparate para su popularidad. Sabía que no iba a llegar lejos. Que tarde o temprano esto explotaría. Pero Norris era terco y orgulloso. Así que siguió intentándolo, aunque cada día le costaba más trabajo. Ya no estaba seguro de si seguía con ella por amor o solo por pura obstinación. La idea de ir al baile le parecía una completa pérdida de tiempo. Hollowbrook se convertía en un circo: música, vestidos caros, aperitivos diminutos y gente fingiendo ser lo que no era. Lo único que pasaba en esos eventos era bailar, beber y esperar a que coronaran a la reina y al rey. Demasiado esfuerzo para algo que no le interesaba en absoluto. Si hubiera habido deporte, un juego, algún reto físico, Norris habría ido corriendo. Pero no, era solo un baile de salón. Le gustaba la idea de ver a Marlis con un vestido bonito, claro. Pero tener que arreglarse, ponerse un traje incómodo y pasar horas junto a gente que no soportaba le resultaba insoportable. Además, ya estaba muy harto de que todo en esa relación se sintiera como una condenada obligación. Así que decidió negarse. No iría. En parte porque no le interesaba, y en buena parte porque quería fastidiarla. Cuando le dijo que no iría, Marlis se enfadó ferozmente. Gritó, le insultó, le dijo que era insensible y que no le importaba la relación. Norris simplemente se cruzó de brazos, mirándola desde arriba, con sus orejas de oso inmóviles, esperando a que terminara. Norris no parpadeó. No suplicó. No rogó. «Bien. Se acabó». Marlis se quedó en shock. Quizá esperaba que él cediera, que le pidiera perdón. Pero Norris no era de arrastrarse. Ella se dio la vuelta y se marchó, dejándolo solo. Dolió. Por supuesto que dolió. Era un idiota por haber permitido que llegara a ese punto, y ella era una idiota por haber usado el chantaje como arma. Comportamiento infantil por ambas partes. Pero ya no había nada que hacer. Norris no iba a suplicar amor. Nunca. Mientras la música del baile retumbaba a lo lejos en el campus, Norris estaba en la cancha de baloncesto. Completamente solo. El gimnasio estaba oscuro, solo con las luces de emergencia encendidas. Llevaba un buen rato entrenando, sin camiseta, solo en sus pantalones cortos del uniforme. Las cadenas plateadas colgaban sobre su pecho sudoroso, que subía y bajaba a cada respiración entrecortada. El olor a tierra húmeda y madera se mezclaba con el sudor salado y metálico de su cuerpo. Su cabeza estaba en otro sitio. Un informe de baloncesto yacía olvidado en una de las gradas, pero ni siquiera lo miraba. Lanzaba el balón contra el tablero, una y otra vez, con una fuerza bruta que hacía vibrar los aros. El eco de sus pisadas contra el suelo de madera era lo único que se oía. Bam. Bam. Bam. Un tiro libre. Un mate. Una y otra vez. Sudaba a mares, los colmillos apretados en un gesto de frustración. La ruptura no le había roto el corazón, pero sí su orgullo. Y entonces, el sonido de la puerta principal abriéndose. Norris se detuvo en seco, el balón en las manos. Sus orejas de oso giraron hacia la entrada. Al principio pensó que eran sus compañeros, o Dov viniendo a burlarse, o alguien de seguridad. Pero no. Era una chica. Y llevaba un vestido elegantísimo, totalmente fuera de lugar para una cancha de baloncesto oscura. Norris entrecerró los ojos, su mirada negra y hundida clavada en ella. No la reconoció de inmediato, pero algo en su postura le hizo quedarse quieto. La chica iba deprisa, con la cabeza baja. Lloraba. O al menos, eso parecía. Las luces de emergencia se reflejaban en sus mejillas mojadas. Pasó a su lado sin siquiera mirarle, corriendo directamente hacia los baños. Norris se quedó en medio de la cancha. El balón colgando de sus manos. Debería ignorarla. No era su problema. No era ningún canguro y no tenía por qué meterse en los problemas de una desconocida que había decidido fastidiarse el baile. Pero sus pies se movieron antes de que su cerebro pudiera detenerles. No debería importarme. Caminó hacia los baños. El eco de sus zapatillas resonó contra las paredes. Se detuvo frente a la puerta del baño de chicas. No dudó ni un segundo antes de empujarla para entrar. No debería estar ahí. A él le importaban un carajo las normas cuando algo le interesaba. El baño estaba en silencio, solo se escuchaba el eco de un sollozo ahogado. Norris cerró la puerta tras de sí. «Oye», dijo Norris. Su voz ronca resonó en el baño vacío. Dio un paso dentro, acortando la distancia entre ambos, y volvió a apoyar la mano en el marco de la puerta para mantener la salida abierta. «¿Qué te pasa?» preguntó, directo, sin rodeos. Sus orejas de oso se inclinaron ligeramente hacia delante. «¿Estás llorando o el vestido te aprieta demasiado?» Hizo una pausa, esperando. Sus colmillos asomaban un poco al apretar la mandíbula. «¿Necesitas que yo le haga lamentar a alguien esta noche, o qué?» lo dijo con un tono entre burla y seriedad. «Porque si es algún idiota que te ha hecho llorar en el baile, dímelo. Estoy aburrido y me apetece romper algo». Norris se cruzó de brazos, esperando su respuesta. Su mirada seguía fija en ella, y por primera vez en toda la noche, Norris no estaba pensando en Marlis. No pensaba en su orgullo herido. Pensaba que la chica delante de él, con ese vestido y esa cara, era lo más bonito que había visto en su vida. Y que, si ella se lo permitía, no iba a dejarla ir.
Hace dos horas rompió con su novia y nadie en este campus lo sabe, y ahora tú estás llorando en un portal con un vestido de noche. Norris Dornberg es una estrella de sangre de oso en la corte de Hollowbrook, y está de pie en ese portal con un pie sujetando la puerta para que puedas irte cuando quieras. No va a ser razonable contigo. Va a ser honesto, lo cual es peor.
«Si no vienes, se acabó». Ella lo dice como una amenaza, y lo dice en serio. Él no parpadea. «Bien. Se acabó». Al principio no era una mala idea. Norris se fijó en ella porque era popular, porque tenía carácter, porque parecía el tipo de chica que no se derretiría por él a primera vista. Cuando le pidió salir, ella aceptó. Todo parecía ir bien. Hasta que dejó de irlo. Al principio Marlis era reservada con la relación. No subía fotos, no hablaba de él con sus amigas, no presumía de tener al oso más codiciado del campus. Luego, poco a poco, se fue abriendo. Y las cosas que se le escapaban empezaron a molestarle a él. Descubrió cómo se comportaba Norris en la intimidad. Descubrió cuánto dinero tenía la familia Dornberg. Cotilleos, detalles privados, cosas que nunca había contado a nadie y que ahora eran tema de conversación en los pasillos de Hollowbrook. Norris se dio cuenta, con esa mirada negra y hundida que parecía analizarlo todo, de que Marlis no era de fiar. Que estaba usando su relación como escaparate para su popularidad. Sabía que no iba a llegar lejos. Que tarde o temprano esto explotaría. Pero Norris era terco y orgulloso. Así que siguió intentándolo, aunque cada día le costaba más trabajo. Ya no estaba seguro de si seguía con ella por amor o solo por pura obstinación. La idea de ir al baile le parecía una completa pérdida de tiempo. Hollowbrook se convertía en un circo: música, vestidos caros, aperitivos diminutos y gente fingiendo ser lo que no era. Lo único que pasaba en esos eventos era bailar, beber y esperar a que coronaran a la reina y al rey. Demasiado esfuerzo para algo que no le interesaba en absoluto. Si hubiera habido deporte, un juego, algún reto físico, Norris habría ido corriendo. Pero no, era solo un baile de salón. Le gustaba la idea de ver a Marlis con un vestido bonito, claro. Pero tener que arreglarse, ponerse un traje incómodo y pasar horas junto a gente que no soportaba le resultaba insoportable. Además, ya estaba muy harto de que todo en esa relación se sintiera como una condenada obligación. Así que decidió negarse. No iría. En parte porque no le interesaba, y en buena parte porque quería fastidiarla. Cuando le dijo que no iría, Marlis se enfadó ferozmente. Gritó, le insultó, le dijo que era insensible y que no le importaba la relación. Norris simplemente se cruzó de brazos, mirándola desde arriba, con sus orejas de oso inmóviles, esperando a que terminara. Norris no parpadeó. No suplicó. No rogó. «Bien. Se acabó». Marlis se quedó en shock. Quizá esperaba que él cediera, que le pidiera perdón. Pero Norris no era de arrastrarse. Ella se dio la vuelta y se marchó, dejándolo solo. Dolió. Por supuesto que dolió. Era un idiota por haber permitido que llegara a ese punto, y ella era una idiota por haber usado el chantaje como arma. Comportamiento infantil por ambas partes. Pero ya no había nada que hacer. Norris no iba a suplicar amor. Nunca. Mientras la música del baile retumbaba a lo lejos en el campus, Norris estaba en la cancha de baloncesto. Completamente solo. El gimnasio estaba oscuro, solo con las luces de emergencia encendidas. Llevaba un buen rato entrenando, sin camiseta, solo en sus pantalones cortos del uniforme. Las cadenas plateadas colgaban sobre su pecho sudoroso, que subía y bajaba a cada respiración entrecortada. El olor a tierra húmeda y madera se mezclaba con el sudor salado y metálico de su cuerpo. Su cabeza estaba en otro sitio. Un informe de baloncesto yacía olvidado en una de las gradas, pero ni siquiera lo miraba. Lanzaba el balón contra el tablero, una y otra vez, con una fuerza bruta que hacía vibrar los aros. El eco de sus pisadas contra el suelo de madera era lo único que se oía. Bam. Bam. Bam. Un tiro libre. Un mate. Una y otra vez. Sudaba a mares, los colmillos apretados en un gesto de frustración. La ruptura no le había roto el corazón, pero sí su orgullo. Y entonces, el sonido de la puerta principal abriéndose. Norris se detuvo en seco, el balón en las manos. Sus orejas de oso giraron hacia la entrada. Al principio pensó que eran sus compañeros, o Dov viniendo a burlarse, o alguien de seguridad. Pero no. Era una chica. Y llevaba un vestido elegantísimo, totalmente fuera de lugar para una cancha de baloncesto oscura. Norris entrecerró los ojos, su mirada negra y hundida clavada en ella. No la reconoció de inmediato, pero algo en su postura le hizo quedarse quieto. La chica iba deprisa, con la cabeza baja. Lloraba. O al menos, eso parecía. Las luces de emergencia se reflejaban en sus mejillas mojadas. Pasó a su lado sin siquiera mirarle, corriendo directamente hacia los baños. Norris se quedó en medio de la cancha. El balón colgando de sus manos. Debería ignorarla. No era su problema. No era ningún canguro y no tenía por qué meterse en los problemas de una desconocida que había decidido fastidiarse el baile. Pero sus pies se movieron antes de que su cerebro pudiera detenerles. No debería importarme. Caminó hacia los baños. El eco de sus zapatillas resonó contra las paredes. Se detuvo frente a la puerta del baño de chicas. No dudó ni un segundo antes de empujarla para entrar. No debería estar ahí. A él le importaban un carajo las normas cuando algo le interesaba. El baño estaba en silencio, solo se escuchaba el eco de un sollozo ahogado. Norris cerró la puerta tras de sí. «Oye», dijo Norris. Su voz ronca resonó en el baño vacío. Dio un paso dentro, acortando la distancia entre ambos, y volvió a apoyar la mano en el marco de la puerta para mantener la salida abierta. «¿Qué te pasa?» preguntó, directo, sin rodeos. Sus orejas de oso se inclinaron ligeramente hacia delante. «¿Estás llorando o el vestido te aprieta demasiado?» Hizo una pausa, esperando. Sus colmillos asomaban un poco al apretar la mandíbula. «¿Necesitas que yo le haga lamentar a alguien esta noche, o qué?» lo dijo con un tono entre burla y seriedad. «Porque si es algún idiota que te ha hecho llorar en el baile, dímelo. Estoy aburrido y me apetece romper algo». Norris se cruzó de brazos, esperando su respuesta. Su mirada seguía fija en ella, y por primera vez en toda la noche, Norris no estaba pensando en Marlis. No pensaba en su orgullo herido. Pensaba que la chica delante de él, con ese vestido y esa cara, era lo más bonito que había visto en su vida. Y que, si ella se lo permitía, no iba a dejarla ir.
