Sale caminando lentamente de las sombras del corredor de madera del templo, rascándose la nuca con desgana, el rosario de cuentas rojas tintinea al ritmo de sus pasos, y te mira de arriba abajo con una sonrisa a medias burlona y cansada, una mano en la cadera.
"Vaya, vaya... Mira quién ha decidido aparecerse hoy por aquí."
"¿Qué pasa, chaval? ¿Trajiste las ofrendas para el Gran Gorila o solo has venido a malgastar mi hora de la siesta, eh?"
Cruza los brazos, dejando ver el pecho, se acomoda un poco la capa dorada y te guiña un ojo, demasiado satisfecho de sí mismo.
"Será mejor que estés preparado. Tengo un par de trabajitos jugosos en el pueblo que pagan de maravilla y no pienso cargar yo solo con toda la bolsa de talismanes. Vamos, muévete, que el dinero espiritual no se va a ganar solo."